El 26 de abril de 2025, en la Plaza de San Pedro, más de doscientas mil personas asistieron al funeral de Francisco. Ciento setenta delegaciones nacionales. Jefes de Estado y primeros ministros de todo el mundo. Trump y Biden sentados a cuatro filas de distancia. Zelensky y Trump se encontraron al margen de la ceremonia y mantuvieron lo que la Casa Blanca describió como una "discusión muy productiva", su primer intercambio desde la desastrosa reunión en Washington en febrero. En la muerte, Francisco logró lo que no había podido en vida: sentar en la misma sala a las partes de un conflicto que él había intentado mediar durante tres años.
Ningún otro funeral en el mundo produce ese efecto. Ninguna otra institución tiene la capacidad de convocar a adversarios geopolíticos bajo un mismo techo, suspender las hostilidades retóricas por unas horas, y crear un espacio donde un apretón de manos es posible. No lo consigue la ONU, que es una mera burocracia donde los actores repiten posiciones conocidas ante cámaras. No lo consigue ningún Estado individual, porque todo Estado tiene intereses que lo descalifican como mediador neutral. Lo consigue la Santa Sede, y lo consigue precisamente porque es lo que es: una institución sin ejército, sin economía relevante, sin territorio significativo, pero con algo que ningún otro actor del sistema internacional posee, que es autoridad moral reconocida por mil cuatrocientos millones de católicos y respetada, incluso a regañadientes, por prácticamente todo el resto.
Una diplomacia de dos mil años
La Santa Sede es la institución, y actor diplomático, más antigua del mundo. Mantiene relaciones diplomáticas con más de ciento ochenta países, y opera una red de nuncios apostólicos que funciona como un servicio exterior paralelo, muchas veces con acceso a interlocutores que los diplomáticos convencionales no alcanzan. El nuncio en un país africano en crisis habla con el presidente y con el obispo local, con el jefe guerrillero y con la madre superiora del convento que dirige el único hospital de la zona. Esa capilaridad es única.
La diplomacia vaticana no opera como la de un Estado convencional porque la Santa Sede no es un Estado convencional. No tiene intereses territoriales, no compite por recursos, no busca ventajas comerciales. Lo que busca, y esto es importante entenderlo sin cinismo, es crear condiciones para la paz y proteger la libertad religiosa de las comunidades católicas en el mundo. Esos dos objetivos, que pueden parecer ingenuos en el lenguaje de la realpolitik, le dan al Vaticano una libertad de maniobra que otros actores no tienen. Puede hablar con todos porque no amenaza a nadie. Puede mediar porque no tiene nada que ganar territorialmente. La debilidad material es, paradójicamente, la fuente de su fuerza diplomática.
Hay una tradición en la diplomacia vaticana que se remonta al menos al Congreso de Viena de 1815, donde la Santa Sede participó activamente en la reconstrucción del orden europeo después de las guerras napoleónicas. A lo largo de los siglos XIX y XX, la diplomacia papal intervino en conflictos de maneras que la historia secular suele olvidar. León XIII arbitró la disputa entre Alemania y España por las Islas Carolinas en 1885. Benedicto XV intentó mediar en la Primera Guerra Mundial con una nota de paz en 1917 que fue rechazada por ambos bandos. Juan XXIII desempeñó un papel en la resolución de la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962, ofreciendo un canal de comunicación discreto entre Kennedy y Jruschov. Juan Pablo II, cuyo rol en la caída del comunismo en Europa del Este es ampliamente reconocido, utilizó la diplomacia vaticana como instrumento de presión moral contra regímenes que no podían ignorarlo sin costo.
Esta historia importa porque establece un patrón: el Vaticano interviene no cuando tiene poder para imponer soluciones, sino cuando tiene credibilidad para facilitar conversaciones que otros actores no pueden iniciar.
Francisco: la diplomacia del gesto
Jorge Mario Bergoglio llegó al papado en 2013 sin experiencia diplomática formal pero con algo quizás más útil: una intuición política afinada en las complejidades de la Argentina y de la Compañía de Jesús, dos escuelas que enseñan a navegar la ambigüedad como pocas. Francisco transformó la diplomacia vaticana de maneras que sus predecesores no habían intentado, llevándola de los salones a la plaza pública, del comunicado al gesto.
El gesto más célebre fue en Sudán del Sur. En abril de 2019, durante un retiro en el Vaticano con los líderes enfrentados de la guerra civil sudanesa, Francisco, con sus problemas crónicos en las piernas, se arrodilló y besó los pies del presidente Salva Kiir y del líder opositor Riek Machar, implorándoles que mantuvieran la paz. La imagen recorrió el mundo. Fue un acto de humildad que ningún otro líder mundial podría realizar sin parecer ridículo, y que Francisco ejecutó con la autoridad natural de quien representa una tradición de dos mil años. No resolvió la guerra civil de Sudán del Sur, que continúa en diferentes formas. Pero creó un momento de presión moral que ningún comunicado diplomático podría haber producido.
El logro diplomático más concreto de Francisco fue la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos en 2014. El Vaticano facilitó dieciocho meses de negociaciones secretas entre Washington y La Habana, proporcionando un espacio neutral y un intermediario confiable para ambas partes. Francisco escribió cartas personales a Obama y a Raúl Castro instándolos a resolver la cuestión de los prisioneros políticos y a avanzar hacia el restablecimiento de relaciones diplomáticas. En diciembre de 2014, ambos gobiernos anunciaron simultáneamente la normalización. Obama reconoció públicamente el papel del Papa. Fue la mediación vaticana más exitosa desde la intervención de Juan Pablo II en el conflicto del Canal de Beagle entre Argentina y Chile en 1978.
En Colombia, cuando las negociaciones de paz entre el gobierno de Santos y las FARC estaban al borde del colapso en 2016, en parte porque el presidente Santos y el expresidente Uribe estaban enfrentados, Francisco convocó a ambos a Roma y usó su autoridad moral para presionarlos hacia el acuerdo. Seis meses después, se firmaron los acuerdos de paz. Francisco visitó Colombia tres meses más tarde. No fue el único factor, ni siquiera el principal, pero fue un factor que nadie más podía aportar.
Con Venezuela, la intervención fue menos exitosa pero igualmente reveladora. El Vaticano facilitó un diálogo entre el gobierno de Maduro y la oposición en 2016 que no llegó a ningún resultado concreto, en buena medida porque Maduro usó las negociaciones como herramienta dilatoria mientras consolidaba su poder. Los críticos señalaron que la mediación vaticana fue ingenua. Puede ser. Pero la alternativa, la ausencia total de canal de diálogo, no era mejor.
Ucrania: el caso más difícil
La guerra en Ucrania fue el mayor desafío diplomático del pontificado de Francisco, y también su mayor frustración. El Papa intentó posicionarse como mediador desde el primer día de la invasión rusa en febrero de 2022, rompiendo protocolo al presentarse personalmente en la embajada rusa ante la Santa Sede. Pero las condiciones para una mediación nunca se dieron, porque ninguna de las partes estaba dispuesta a ceder lo necesario para que un proceso de paz tuviera sentido.
Francisco mantuvo una posición que le granjeó críticas de todos lados, lo cual, en diplomacia vaticana, suele ser señal de que se está haciendo algo correcto. Se negó a condenar a Rusia por su nombre en los términos que Ucrania y Occidente demandaban, porque entendía que hacerlo destruiría cualquier posibilidad de mediación. Si el Papa condena a una de las partes, pierde la capacidad de hablar con ella. Esto es diplomacia elemental, pero fue interpretado por muchos como complicidad o indiferencia.
Al mismo tiempo, Francisco desplegó una actividad diplomática intensa detrás de escena. En mayo de 2023 nombró al cardenal Matteo Zuppi como enviado especial para la paz, una misión que lo llevó a Kiev, Moscú, Washington y Beijing. Zuppi se concentró en dos objetivos humanitarios concretos: la repatriación de prisioneros de guerra y, crucialmente, el retorno de los miles de niños ucranianos deportados a Rusia. En junio de 2024, Rusia liberó a diez prisioneros, incluidos dos sacerdotes, y Zelenskyy reconoció públicamente la intervención vaticana.
El comentario más polémico de Francisco sobre Ucrania fue su declaración de marzo de 2024 sugiriendo que Ucrania debería tener "el coraje de la bandera blanca" y negociar. La reacción fue furibunda. Kiev convocó al nuncio vaticano. Los líderes europeos criticaron al Papa. El Vaticano aclaró que Francisco se refería a que ambas partes depusieran las armas, no a que Ucrania se rindiera unilateralmente. Pero el daño estaba hecho.
Sin embargo, hay que leer esa declaración con más cuidado. Francisco no estaba diciendo que Ucrania debería aceptar la conquista rusa. Estaba diciendo algo que muchos pensaban pero nadie en posiciones de poder se atrevía a decir en voz alta: que la guerra no tenía una solución militar viable para ninguna de las dos partes, que la continuación indefinida del conflicto producía un sufrimiento desproporcionado respecto de cualquier objetivo político alcanzable, y que la negociación no es rendición sino realismo. Era, en el fondo, un argumento clausewitziano: si la guerra es la continuación de la política, y la política no puede lograr sus objetivos por medios militares, entonces hay que volver a la política. Francisco lo dijo con torpeza. Pero no estaba equivocado.
El hecho de que el propio funeral de Francisco se convirtiera en el escenario de la reunión entre Trump y Zelenskyy fue, quizás, la vindicación póstuma más elocuente de su diplomacia. No logró la paz en Ucrania. Pero mantuvo abierto un canal que otros habían cerrado, y al final, ese canal fue el que permitió que dos líderes enfrentados se sentaran a hablar.
La lógica de la potencia blanda
Joseph Nye acuñó el concepto de soft power para describir la capacidad de un actor de influir en otros no por coacción o incentivos económicos sino por atracción. El Vaticano es, probablemente, el ejemplo más puro de soft power que existe en el sistema internacional.
No tiene hard power en ningún sentido relevante. La Guardia Suiza es una reliquia ceremonial. El presupuesto del Vaticano es insignificante en términos geopolíticos. El territorio es de cuarenta y cuatro hectáreas. Pero la Santa Sede tiene algo que ningún ejército puede comprar: una red global de lealtades espirituales, una tradición institucional de dos milenios, y la capacidad de hablar en un registro, el moral, que los Estados no pueden usar sin sonar hipócritas.
Cuando Francisco hablaba de la paz, no hablaba como un diplomático que calcula intereses. Hablaba como el representante de una tradición que considera la paz un imperativo moral, no un equilibrio de fuerzas. Esto puede parecer ingenuo, y a veces lo es. Pero también tiene una eficacia que el realismo puro no alcanza, porque toca una dimensión de la experiencia humana que la diplomacia convencional ignora. Los líderes pueden rechazar la presión de otro Estado. Les resulta más difícil rechazar la presión de su propia conciencia, especialmente cuando esa presión viene articulada por una institución que reclama autoridad sobre la conciencia misma.
Hay una tentación, frecuente en el análisis secular, de tratar al Vaticano como un actor menor o como una reliquia pintoresca. Es un error. La Santa Sede tiene acceso a información que otros actores no tienen, a través de su red de nuncios y de comunidades católicas locales en prácticamente todos los países del mundo. Tiene una capacidad de mediación que otros actores no tienen, porque su neutralidad es más creíble. Y tiene una continuidad institucional que ningún gobierno puede igualar: la Santa Sede piensa en décadas y siglos, no en ciclos electorales. Cuando el Vaticano negoció con China el acuerdo sobre el nombramiento de obispos en 2018, los críticos lo acusaron de ceder demasiado. El Vaticano respondió, con razón, que su horizonte temporal es distinto. La relación con China no se resuelve en un pontificado. Se construye a lo largo de generaciones.
León XIV y el futuro
Con la muerte de Francisco el 21 de abril de 2025 y la elección de León XIV el 8 de mayo, la diplomacia vaticana entra en una nueva fase. El nuevo Papa, Robert Francis Prevost, norteamericano, ha señalado que el Vaticano está dispuesto a actuar como sede de negociaciones para el conflicto en Ucrania. El cardenal Parolin, que permanece como secretario de Estado y fue el arquitecto operativo de buena parte de la diplomacia de Francisco, asegura continuidad.
Pero más allá de la coyuntura, lo que importa es la estructura. El Vaticano como actor diplomático no depende de un Papa en particular, aunque un Papa excepcional como Francisco amplifica enormemente su eficacia. Depende de una red institucional, de una tradición de mediación, y de una fuente de legitimidad, la fe de más de mil millones de personas, que no tiene equivalente secular.
En un mundo donde las instituciones multilaterales pierden credibilidad a velocidad alarmante, donde la ONU es irrelevante en los conflictos que más importan, donde la diplomacia se ha reducido en muchos casos a comunicados de prensa y sanciones económicas, la existencia de un actor que opera por fuera de la lógica del poder convencional no es un anacronismo. Es una necesidad.
Se puede ser escéptico sobre la eficacia de la diplomacia vaticana en casos específicos. Cuba se renormalizó y después se volvió a complicar. Venezuela sigue bajo Maduro. La paz en Sudán del Sur no se consolidó. Ucrania sigue en guerra. Pero la eficacia de la mediación no se mide solo por los resultados inmediatos. Se mide por la preservación de canales de comunicación cuando todos los demás se cierran, por la capacidad de mantener conversaciones que de otra manera no existirían, por la disposición a hablar con todas las partes cuando el consenso moral exige que solo se hable con una.
Francisco entendió algo que el mundo secular tiene dificultades para aceptar: que la paz no es un producto del equilibrio de poder, aunque el equilibrio de poder sea necesario para sostenerla. La paz es también, y quizás fundamentalmente, un acto de voluntad moral. Y no hay institución en el mundo mejor posicionada para recordar eso que la Iglesia Católica, con sus dos mil años de historia, sus errores innumerables, su capacidad inagotable de renovación, y su insistencia, obstinada y muchas veces incomprendida, en que el ser humano es más que un agente racional que calcula intereses.
Eso no va a cambiar con León XIV. No va a cambiar en el siglo XXI. No cambió en dos mil años. Y esa permanencia, en un mundo que se transforma con una velocidad que marea, es en sí misma una forma de poder.