Nicolás Maquiavelo escribió que un príncipe debe aprender a no ser bueno. Thomas Hobbes argumentó que sin un soberano absoluto la vida humana es brutal y corta. Orwell imaginó un sistema donde el poder existe por el poder mismo, sin otro fin que su propia perpetuación. Kissinger construyó una carrera entera sobre la premisa de que el poder es un hecho que se administra, no un problema moral que se resuelve. Son pensadores brillantes, todos. Y ninguno de ellos llegó tan lejos como un filólogo católico de Birmingham que escribía cuentos sobre hobbits.
Lo que Tolkien entendió sobre el poder, y lo puso en un anillo de oro en una novela que la academia literaria miró con desprecio durante décadas, es algo que la teoría política occidental suele esquivar: el problema del poder absoluto no es que lo usen los malvados. El problema es que corrompe a los buenos. Y no eventualmente, no bajo ciertas condiciones, no si se dan ciertos factores agravantes. Siempre. Sin excepción. Esa es la premisa de El Señor de los Anillos, y es una premisa que ningún tratado político tuvo la honestidad o el coraje de sostener hasta las últimas consecuencias.
Lo que el Anillo no es
Hay que empezar por lo que el Anillo no es, porque las malas lecturas abundan.
El Anillo no es una alegoría de la bomba atómica. Tolkien lo dijo explícitamente y lo dijo irritado, porque se lo preguntaron muchas veces. La novela fue concebida en los años treinta, mucho antes de Hiroshima, y Tolkien detestaba la alegoría como forma literaria. El Anillo no es "la tecnología", ni "el capitalismo", ni "el totalitarismo", ni ninguna otra abstracción que uno quiera enchufar. El Anillo es el poder. No una forma particular de poder. El poder como tal, como cosa, como fuerza que existe en el mundo y que deforma todo lo que toca.
La diferencia es importante. Si el Anillo fuera una alegoría, su significado estaría cerrado: representaría X, y una vez descifrada la ecuación no habría mucho más que decir. Pero el Anillo funciona como símbolo, que es otra cosa. Un símbolo no se traduce, se habita. Y el Anillo como símbolo del poder es inagotable porque el poder es inagotable, porque cada generación y cada persona descubre sus mecanismos de nuevo, como si fuera la primera vez.
Tolkien lo explicó en una carta de 1951 a Milton Waldman, su editor, con una claridad que no siempre tenía cuando hablaba de su propia obra: el Anillo es la voluntad de dominio hecha objeto. No es un arma. No sirve para destruir ejércitos ni para conquistar territorios, al menos no directamente. Lo que hace es amplificar la voluntad del portador hasta que esa voluntad se convierte en dominio sobre otros. Y ahí está la trampa: cuanto más poderoso es el portador, más útil le resulta el Anillo, y más rápido lo corrompe. Un hobbit puede cargarlo durante años porque un hobbit no tiene voluntad de dominio. Un mago o un rey caería en días.
Gandalf y la tentación rechazada
La primera gran escena política de El Señor de los Anillos no es una batalla ni un discurso. Es una conversación en la Comarca, en la sala de Bolsón Cerrado, donde Frodo le ofrece el Anillo a Gandalf.
La respuesta de Gandalf es la cosa más inteligente que se dijo jamás sobre el poder en una obra de ficción. No dice "no lo quiero". Dice todo lo contrario. Dice que lo querría demasiado. Dice que con el Anillo tendría un poder terrible, y que el deseo de usarlo para hacer el bien sería demasiado fuerte para resistirlo. "No me lo ofrezcas", le dice a Frodo. "No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para guardarlo. A través de mí ejercería un poder demasiado grande y terrible."
Lo que Gandalf entiende, y lo que lo hace sabio en el sentido más profundo de la palabra, es que la peligrosidad del Anillo no está en proporción a la maldad del portador sino a su bondad. Un ser malvado con el Anillo simplemente haría lo que ya quería hacer, con más eficiencia. Un ser bueno con el Anillo empezaría por querer curar el mundo y terminaría por esclavizarlo, porque la distancia entre "quiero que el mundo sea mejor" y "quiero que el mundo sea como yo digo" es mucho más corta de lo que cualquiera admite.
Hay algo profundamente anti-moderno en esta idea. La modernidad política, desde la Revolución Francesa en adelante, está construida sobre la premisa de que el poder en las manos correctas produce resultados correctos. Que el problema no es el poder sino quién lo ejerce. Tolkien dice que no. Dice que el poder corrompe las manos correctas exactamente igual que las incorrectas, solo que por un camino distinto. Las manos incorrectas usan el poder por crueldad o codicia. Las manos correctas lo usan por compasión o justicia, y el resultado es el mismo: dominio. Porque una vez que decidís que sabés lo que es mejor para los demás, ya no necesitás su consentimiento. Y ahí se acabó la diferencia entre el tirano y el salvador.
Galadriel y el margen mínimo
La escena de Galadriel en Lothlórien es, en cierto sentido, la más aterradora de la novela. Más que Mordor, más que los Nazgûl, más que Shelob.
Frodo le ofrece el Anillo. Y Galadriel, que es uno de los seres más antiguos y poderosos de la Tierra Media, que vivió en Valinor y vio la luz de los Árboles, que lleva miles de años resistiendo a Sauron con sabiduría y paciencia, Galadriel vacila. Por un momento, se imagina con el Anillo. Y lo que se imagina no es un reino de terror. Se imagina una reina hermosa y terrible, adorada por todos, no temida sino amada. Un poder que es pura benevolencia, pura luz, pura belleza. Y eso es exactamente lo que la hace retroceder: la perfección de la fantasía. "En lugar de un Señor Oscuro tendrías una Reina, no oscura sino hermosa y terrible como la mañana."
Galadriel pasa la prueba, pero por un margen que se siente mínimo. Lo dice ella misma: "Pasé la prueba. Me haré pequeña, iré al Oeste, y permaneceré Galadriel." Y en esa frase hay una renuncia enorme, una aceptación de la disminución, del envejecimiento, de la pérdida, que es el precio de no tomar el poder cuando el poder se ofrece.
Lo que Tolkien hace con Galadriel es mostrar algo que los realistas políticos no quieren ver: que la virtud no es ausencia de tentación sino resistencia a la tentación, y que la resistencia tiene un costo. Galadriel no sale de esa escena intacta. Sale disminuida, más vieja, más cerca del final. Dice que no al Anillo y el precio es aceptar que su tiempo en la Tierra Media se termina. El precio de no tomar el poder es perder el poder que ya tenés. Eso es algo que cualquier político honesto reconocería: retirarse a tiempo es la decisión más difícil que existe, porque retirarse es aceptar la irrelevancia, y la irrelevancia se siente como la muerte.
Boromir y la justificación
Si Gandalf es la tentación rechazada y Galadriel es la tentación resistida por un margen, Boromir es la tentación consumada. Y lo que hace que Boromir sea un personaje tan bueno es que sus argumentos son impecables.
Boromir no quiere el Anillo para sí mismo. Lo quiere para Gondor. Lo quiere para defender a su pueblo, para ganar la guerra, para salvar vidas. Cada argumento que Boromir da a favor de usar el Anillo es un argumento que cualquier persona razonable aceptaría en una sala de situación. ¿Tenemos un arma que puede derrotar al enemigo y salvar miles de vidas, y la vamos a destruir por escrúpulos morales? ¿En serio? ¿Con Sauron marchando hacia nuestras ciudades?
El realismo de Boromir es el realismo de la necesidad, que es el argumento más poderoso que existe en política. No hay lujo más caro que los principios cuando el enemigo está en la puerta. Kissinger lo habría entendido perfectamente. Boromir es, en muchos sentidos, un kissingeriano: un hombre práctico que mira el mundo como es y no como debería ser, y que está dispuesto a usar las herramientas disponibles para resolver el problema inmediato.
El problema es que el problema inmediato no es el problema real. El problema real no es Sauron. El problema real es el Anillo. Y usar el Anillo para derrotar a Sauron es como tomar prestada la lógica del enemigo para derrotarlo: funciona en el corto plazo y te destruye en el largo. Boromir no puede ver eso, no porque sea tonto sino porque es valiente, y el coraje a veces ciega más que la cobardía. El cobarde al menos desconfía de las soluciones fáciles.
La muerte de Boromir, defendiendo a Merry y Pippin después de haber intentado quitarle el Anillo a Frodo, es la redención más limpia de la novela. Boromir no muere corrupto. Muere arrepentido. Muere siendo lo que siempre fue, un hombre bueno que cometió un error terrible por las razones más comprensibles del mundo. Y eso es más triste que si hubiera muerto como villano, porque confirma la tesis de Tolkien: el Anillo no busca a los malvados. Busca a los buenos que tienen buenas razones para usarlo.
El fracaso de Frodo
Y llegamos al centro. Al hecho que mucha gente prefiere no mirar de frente.
Frodo fracasa. En el momento decisivo, en la Grieta del Destino, después de haber cargado el Anillo a través de medio mundo, después del sufrimiento, después de todo, Frodo no puede tirarlo. Se lo pone en el dedo y lo reclama. "El Anillo es mío", dice. Y en ese instante la misión fracasa. El héroe pierde.
Lo que salva al mundo no es el heroísmo de Frodo. Es un accidente. Gollum, enloquecido, le arranca el Anillo mordiéndole el dedo, y en su éxtasis cae al fuego. La misión se cumple no por virtud sino por lo que Tolkien, siendo católico, entendería como providencia: una intervención que excede la voluntad de los personajes y que retroactivamente da sentido a decisiones que parecían inexplicables. La misericordia de Bilbo con Gollum en las cuevas de las Montañas Nubladas, la insistencia de Frodo y Gandalf en no matar a Gollum cuando pudieron, todo eso converge en un momento que ninguno de ellos planeó ni podía planear.
Esto es teología antes que narrativa. Es la idea, específicamente católica, de que la gracia opera a través de la historia de maneras que los actores individuales no pueden comprender ni controlar. Que la misericordia no es debilidad sino inversión a largo plazo, una inversión cuyo retorno no se puede calcular porque depende de un orden que excede el cálculo humano.
Para un realista, esto es inaceptable. El realismo político no admite providencia. No admite que la misericordia sea una estrategia viable, porque en el corto plazo casi nunca lo es. Perdonar a Gollum fue, en términos de realpolitik, una estupidez. Un riesgo innecesario. Y sin embargo, sin esa estupidez, el mundo se habría perdido. Tolkien no dice que el realismo esté equivocado. Dice algo más sutil: que el realismo es incompleto. Que hay fuerzas en juego que el análisis estratégico no puede capturar, y que la sabiduría consiste en actuar como si esas fuerzas existieran aunque no puedas demostrarlas.
Lo que Tolkien entendió
El genio político de Tolkien, y uso la palabra "genio" con cuidado, es haber diagnosticado un problema que la teoría política no resuelve y que la práctica política confirma en cada generación: el poder absoluto no puede ser administrado. No por los malos ni por los buenos. No con instituciones ni sin ellas. No con controles ni sin controles. El único destino del poder absoluto es la destrucción, preferiblemente la suya propia.
Esto no es ingenuidad. Es lo contrario de la ingenuidad. La respuesta ingenua al poder absoluto es creer que puede ser usado para el bien si las personas correctas lo manejan. Eso es lo que creen Boromir, y Saruman, y Denethor, y todos los que fracasan en la novela. La respuesta sabia, que es la de Gandalf y Galadriel y finalmente la del Concilio de Elrond, es que no hay personas correctas. Que el instrumento deforma al usuario, siempre, inevitablemente. Que la única respuesta al poder absoluto es destruirlo.
Maquiavelo habría encontrado esta posición absurda. Si tenés un arma que te da ventaja, la usás, y las consecuencias morales se manejan después. Kissinger habría estado de acuerdo: la política es el arte de lo posible, y lo posible incluye usar las herramientas que el mundo te da. Y no están equivocados, dentro de su marco. Pero Tolkien opera en un marco más amplio, un marco que incluye la dimensión que el realismo excluye por definición: la posibilidad de que exista un orden moral que funcione a una escala de tiempo que los estrategas no pueden medir.
Tolkien no era un idealista. Peleó en el Somme. Vio lo que el poder hace cuando se desata sin restricciones. No creía que el mundo fuera bueno ni que la gente fuera buena. Creía que el mundo era un lugar caído donde la bondad era posible pero costosa, donde la misericordia era arriesgada pero necesaria, y donde el poder era la tentación más peligrosa precisamente porque se presentaba siempre como solución y nunca como problema.
Eso es lo que el Anillo enseña. No una lección sobre la política del poder, que es el terreno de Maquiavelo y Kissinger. Una lección sobre la metafísica del poder, que es un terreno donde solo los santos y los novelistas se atreven a entrar. Y de los dos, los novelistas suelen ser más honestos.