El Concilio de Elrond es uno de los capítulos más largos de El Señor de los Anillos y también uno de los más estáticos. No pasa casi nada en términos de acción. Un grupo de personas se sienta en un patio en Rivendel y habla durante horas. Cuentan historias, discuten, se acusan mutuamente, proponen planes que otros descartan. Es, básicamente, una reunión. Y como todas las reuniones donde se decide algo importante, lo que importa no es lo que se dice sino el momento en que alguien dice lo que nadie quiere decir.

Ese momento llega casi al final, después de que todos los grandes, los elfos, los magos, los hombres, los enanos, agotaron sus argumentos y sus opciones. Nadie quiere llevar el Anillo a Mordor. Nadie se ofrece. Hay un silencio que Tolkien describe con precisión de dramaturgo, un silencio donde todos miran el piso o miran a otro lado, y en ese silencio Frodo dice: "I will take the Ring, though I do not know the way."

No grita. No se levanta de un salto. Tolkien escribe que habló con una voz pequeña, como sorprendido de estar hablando. Y eso es todo. Ese es el acto fundacional de toda la novela. Un hobbit de un metro veinte que no sabe pelear, que nunca salió de su comarca, que hace unas semanas estaba pensando en su cumpleaños, acepta una misión que con toda probabilidad lo va a matar. Y la acepta no porque tenga un plan, no porque tenga confianza, no porque crea que puede lograrlo, sino porque se dio cuenta de que si él no lo hace, nadie lo va a hacer. O peor: lo va a hacer alguien más poderoso, y el poder es exactamente el problema.

Lo que me interesa de esta escena es lo que dice sobre el heroísmo, que es un concepto que la ficción moderna arruinó bastante. Estamos acostumbrados a héroes que son elegidos. Harry Potter es el elegido. Luke Skywalker tiene la Fuerza en la sangre. Neo es el uno. En todas esas historias, el héroe tiene algo especial, algo innato que lo distingue del resto y que justifica que sea él y no otro el que salve al mundo. Es un modelo de heroísmo aristocrático, si uno lo piensa: el héroe es héroe porque nació héroe, del mismo modo que un rey es rey porque nació rey.

Frodo no tiene nada de eso. Frodo no es el elegido. Nadie lo eligió. Gandalf no lo señaló con el dedo ni una profecía lo nombró. Lo que pasó es que el Anillo llegó a él por una cadena de accidentes, Bilbo lo encontró en una cueva, Bilbo se lo dio a Frodo, y ahora Frodo lo tiene. Eso es todo. No hay destino. No hay linaje. No hay sangre especial. Hay un tipo que tiene una cosa y que decide hacer algo con esa cosa porque entiende que es lo correcto.

Tolkien, que era un católico serio, sabía lo que estaba haciendo. En la teología católica existe la idea de que la gracia opera a través de los medios más humildes. Dios no elige a los poderosos sino a los pequeños, no a los reyes sino a los pescadores, no a los sabios sino a los simples. Es una inversión del sentido común que aparece una y otra vez en los Evangelios: los últimos serán los primeros, los mansos heredarán la tierra, el grano de mostaza se convierte en el árbol más grande. Frodo es eso traducido a ficción narrativa, sin alegoría directa, sin que Tolkien necesite explicarlo, simplemente por la forma en que la historia funciona.

Pero hay algo más sutil todavía en la decisión de Frodo, y es la cláusula que agrega: "though I do not know the way". No sé el camino. Es una frase que podría ser debilidad y que en realidad es la forma más honesta de coraje. Frodo no dice "yo voy a destruir el Anillo". No promete resultados. No garantiza nada. Lo que dice es que va a ir. Que va a caminar en esa dirección. Que va a cargar la cosa mientras pueda. Lo que pase después está fuera de su control, y Frodo tiene la lucidez de no fingir que lo controla.

Eso es raro en la ficción y es raro en la vida. La mayoría de los héroes, reales o ficticios, necesitan creer que van a ganar. Necesitan un plan, una estrategia, al menos una ilusión de control. Frodo no tiene ninguna de esas cosas. Frodo sabe, desde el Concilio, que probablemente va a fracasar. Elrond se lo dice casi textualmente: la misión es casi imposible y posiblemente suicida. Y Frodo dice que sí igual.

Hay un nombre para eso en la tradición filosófica. Kierkegaard lo llamaría un salto de fe. No fe en el sentido de confianza en un resultado, sino fe en el sentido de actuar sin garantías, de comprometerse con algo cuyo final no podés ver. Es la estructura del acto religioso genuino: no creés porque tenés pruebas, creés a pesar de no tenerlas. Frodo no va a Mordor porque cree que va a llegar. Va porque ir es lo correcto, y lo correcto no deja de ser correcto porque las probabilidades estén en contra.

Lo otro que hace que la decisión de Frodo sea única es su relación con el poder, o más bien con la ausencia de poder. En el Concilio hay gente mucho más capacitada para la misión en términos convencionales. Aragorn es un guerrero experimentado que conoce los caminos del mundo. Gandalf es un ser semidivino con poderes que exceden los de cualquier mortal. Boromir es un general curtido en la guerra. Legolas es un elfo inmortal con sentidos sobrehumanos. Gimli es un enano fuerte y resistente. Cualquiera de ellos, en términos de capacidades, sería mejor candidato que Frodo para cruzar medio continente hasta el corazón del territorio enemigo.

Pero la misión no requiere capacidad. Requiere lo contrario. Requiere a alguien que no tenga la tentación de usar el Anillo, y la tentación de usar el Anillo está en proporción directa al poder del portador. Gandalf no puede llevarlo porque lo usaría para hacer el bien, y el bien hecho con poder absoluto se convierte en tiranía. Aragorn no puede llevarlo porque es el heredero de Isildur, que ya falló una vez ante el Anillo. Boromir no puede llevarlo, como la novela demuestra con dolorosa claridad. Frodo puede llevarlo porque es pequeño, porque es débil, porque no tiene ambición de dominio, porque su mayor deseo es volver a su casa y vivir en paz. Eso, que en cualquier otro contexto sería insuficiencia, es aquí la cualificación perfecta.

Hay una paradoja política ahí que Tolkien nunca articula en términos explícitos pero que la novela encarna en cada página: los mejores portadores del poder son los que no lo quieren. Es una idea que tiene ecos en Platón, que en La República argumenta que los más aptos para gobernar son los filósofos, precisamente porque gobernar no les interesa. Es una idea que tiene ecos en Cincinato, el cónsul romano que dejó el arado para salvar a Roma y después volvió al arado. Y es una idea que la política real confirma de maneras incómodas: los líderes más peligrosos suelen ser los que más quieren el poder, y los más decentes suelen ser los que aceptan el poder como carga y no como premio.

Frodo acepta el Anillo como carga. Nunca, en toda la novela, lo ve como una oportunidad. Nunca piensa en lo que podría hacer con él, en el poder que le daría, en las cosas que podría cambiar. Lo ve como una cosa que hay que destruir, un problema que hay que resolver, un peso que hay que llevar hasta un lugar donde se pueda soltar. Y el hecho de que al final no pueda soltarlo, de que en la Grieta del Destino el peso lo venza y reclame el Anillo como suyo, no invalida el heroísmo del camino. Lo completa. Porque lo que Tolkien muestra es que el heroísmo no es éxito. El heroísmo es el camino. Es la decisión de ir sabiendo que probablemente no vas a poder terminar. Es la aceptación de que tu voluntad tiene límites, de que hay fuerzas en el mundo que exceden la capacidad humana de resistencia, y de que la respuesta correcta a eso no es no intentar sino intentar sabiendo que vas a necesitar ayuda, gracia, misericordia, algo que no depende de vos.

Hay una frase de Gandalf que lo resume. Cuando Frodo, al principio de la novela, se lamenta de que el Anillo haya llegado a él, cuando dice que desearía que nada de esto hubiera pasado, Gandalf le responde: "So do all who live to see such times. But that is not for them to decide. All we have to decide is what to do with the time that is given us."

Es una de esas frases que la gente comparte en internet vaciada de contexto, pero en contexto es demoledora. Lo que Gandalf le dice a Frodo es, en esencia, la respuesta de Tolkien a la pregunta más vieja de la filosofía moral: ¿qué hago cuando el mundo me pone en una situación que no elegí y que no puedo controlar? La respuesta no es controlar la situación. La respuesta es decidir qué hacés con ella. No elegiste las circunstancias, pero elegís la respuesta. Y la respuesta de Frodo, en el Concilio, con voz pequeña, sin plan, sin mapa, sin capacidades especiales, es la mejor respuesta que la literatura inventó: voy. No sé cómo, pero voy.

Tolkien peleó en la Batalla del Somme en 1916. Tenía veinticuatro años. Vio morir a la mayoría de sus amigos. No hablaba mucho de la guerra, pero una vez dijo que su experiencia en las trincheras le enseñó que los verdaderos héroes no eran los oficiales sino los soldados rasos, los tipos comunes que hacían lo que había que hacer sin esperar gloria ni reconocimiento. Los hobbits son esos soldados. Frodo es ese soldado. Un tipo chico, común, asustado, que se levanta y camina hacia lo que probablemente lo va a destruir, no porque sea excepcional sino porque entendió que no hace falta ser excepcional para hacer lo que es correcto. Solo hace falta decidir ir.