El 20 de marzo de 2003, alrededor de 170.000 soldados de la coalición liderada por Estados Unidos cruzaron la frontera de Kuwait hacia Irak. Veintiún días después, Bagdad había caído. El ejército iraquí, que sobre el papel tenía unos 400.000 efectivos, se desintegró casi sin presentar batalla. Las bajas estadounidenses en la fase de combate fueron aproximadamente 155 muertos. Como operación militar pura, la invasión de Irak fue una obra maestra. Como proyecto político, fue un desastre que todavía resuena.

La historia de Irak 2003 es, en el fondo, la historia de una contradicción que Estados Unidos no termina de resolver: su capacidad militar no tiene rival en el planeta, pero esa misma potencia de fuego no alcanza para construir naciones. Es una lección que Washington ya debería haber aprendido, y que sin embargo parece condenado a repetir.

Shock and Awe: cuando la máquina funciona

Para entender lo que salió mal hay que empezar por lo que salió bien, porque fue impresionante.

La doctrina Shock and Awe, desarrollada por Harlan Ullman y James Wade en los noventa, proponía algo distinto a la guerra de desgaste clásica. La idea era someter al enemigo mediante una demostración tan abrumadora de poder y velocidad que su voluntad de resistir colapsara antes de que pudiera organizar una defensa coherente. En la primera Guerra del Golfo de 1991, la coalición había reunido casi 750.000 soldados y había conducido una campaña aérea de cinco semanas antes de lanzar la ofensiva terrestre. En 2003, con menos de la cuarta parte de esas tropas, Estados Unidos decidió hacer ambas cosas al mismo tiempo.

El resultado fue espectacular. La ofensiva terrestre y la campaña aérea arrancaron de forma simultánea. Las fuerzas de la coalición atravesaron las bermas de arena en la frontera kuwaití y avanzaron hacia el norte mientras los bombardeos de precisión destruían centros de comando, infraestructura militar y nodos de comunicación. El ejército iraquí, debilitado por una década de sanciones y con un equipamiento obsoleto, no supo qué lo golpeaba ni desde dónde. Unidades enteras abandonaron sus posiciones sin combatir. Los conscriptos, que no tenían ningún apego sentimental al régimen de Saddam, simplemente se fueron a sus casas.

Una operación de desinformación previa había convencido al mando iraquí de que el ataque vendría desde Turquía o Jordania, lo que llevó a Bagdad a desplegar fuerzas importantes en el norte y el oeste, lejos de donde realmente se produjo la invasión. Cuando la 3ra División de Infantería y los Marines avanzaron desde el sur, encontraron una resistencia fragmentada. La Guardia Republicana, la fuerza de élite de Saddam, intentó un contraataque que fue aniquilado por la aviación de la coalición. El 9 de abril, la famosa estatua de Saddam cayó en la plaza Firdos de Bagdad, transmitida en vivo a todo el mundo.

El 1 de mayo, Bush pronunció su discurso de "Mission Accomplished" desde la cubierta del portaaviones USS Abraham Lincoln. Las operaciones de combate mayores habían terminado. La guerra, según la Casa Blanca, estaba ganada.

Era, por supuesto, apenas el comienzo.

El plan que nunca existió

El problema fundamental de Irak 2003 no fue militar sino conceptual. La administración Bush tenía un plan de guerra excelente y prácticamente ningún plan para lo que venía después. Esto no fue un accidente: fue una decisión deliberada.

Donald Rumsfeld, el Secretario de Defensa, era un apóstol de la transformación militar. Creía que las guerras modernas se podían ganar con fuerzas pequeñas, ágiles, tecnológicamente superiores. Y tenía razón, si uno define "ganar" como derrotar al ejército enemigo en el campo de batalla. Rumsfeld desestimó sistemáticamente las advertencias del Estado Mayor sobre la necesidad de más tropas para la fase de ocupación. El general Eric Shinseki, jefe del Estado Mayor del Ejército, testificó ante el Congreso que se necesitarían "varios cientos de miles" de soldados para estabilizar Irak. Paul Wolfowitz, el subsecretario de Defensa, calificó esa estimación de "absurdamente alta". A Shinseki lo marginaron.

La suposición de la administración era casi ingenua: que una vez derrocado Saddam, el Estado iraquí seguiría funcionando con normalidad, que la burocracia y los servicios de seguridad se mantendrían en pie, que la población recibiría a los estadounidenses como libertadores y que la transición a la democracia sería rápida y relativamente indolora. El organismo creado para gestionar la posguerra se llamaba, reveladoramente, Oficina de Reconstrucción y Asistencia Humanitaria. No era un nombre que sugiriera una ocupación prolongada.

La realidad fue distinta desde el primer día. Cuando Bagdad cayó, el saqueo fue inmediato y masivo. Hospitales, museos, ministerios, infraestructura eléctrica, todo fue saqueado mientras los soldados estadounidenses, con órdenes de no intervenir en asuntos civiles, miraban. Rumsfeld descartó el caos con su célebre frase: "Stuff happens". Mientras tanto, los iraquíes descubrían que sus nuevos "libertadores" no tenían plan alguno para mantener el orden.

La orden que cambió todo

El 11 de mayo de 2003, el embajador L. Paul Bremer llegó a Bagdad para reemplazar al teniente general Jay Garner como jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición. Garner, un militar pragmático que ya estaba negociando con generales iraquíes para reconstruir las fuerzas de seguridad, fue retirado después de apenas un mes. Bremer, un diplomático sin experiencia en Medio Oriente, llegó con una agenda radicalmente diferente.

En sus primeras dos semanas, Bremer emitió dos órdenes que transformaron la ocupación y, en buena medida, determinaron el futuro de Irak.

La Orden Nº1, del 16 de mayo, inició el proceso de "des-baathificación": la purga de todos los miembros del Partido Baath de la administración pública. El Baath era el partido de Saddam, sí, pero también era el vehículo a través del cual funcionaba el Estado iraquí. Maestros, médicos, ingenieros, administradores, todo el que quisiera progresar profesionalmente tenía que afiliarse. La des-baathificación no distinguía entre los verdugos del régimen y los funcionarios que simplemente habían tenido que afilarse para poder trabajar. De un plumazo, el Estado iraquí perdió buena parte de su capacidad técnica.

La Orden Nº2, del 23 de mayo, fue peor. Bremer disolvió formalmente el ejército iraquí, las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia. Unos 400.000 soldados y oficiales quedaron, de la noche a la mañana, sin empleo, sin ingreso y sin futuro.

La justificación oficial tenía una lógica interna: el ejército iraquí era un instrumento de opresión, dominado por la minoría sunita, y mantenerlo habría sido una señal inaceptable para la mayoría chiita y los kurdos. Bremer y su asesor Walter Slocombe argumentaron además que el ejército se había "autodesmovilizado" durante la invasión: los soldados habían abandonado sus puestos y no iban a volver. En la jerga del Pentágono, era un hecho consumado.

El argumento tenía con pinzas algo de cierto. El ejército, efectivamente, se había desbandado durante la invasión. Pero una cosa era que los conscriptos abandonaran sus cuarteles y otra muy distinta declararles formalmente que ya no tenían trabajo ni institución. Antes de la orden de Bremer, un coronel del ejército estadounidense llamado Paul Hughes había estado negociando con oficiales iraquíes: 137.000 habían registrado su voluntad de reincorporarse. El plan original del Consejo de Seguridad Nacional, aprobado por el propio Bush apenas diez días antes de la invasión, era mantener al ejército iraquí y purgarlo selectivamente, como se había hecho con la desnazificación en Alemania. Bremer revirtió esa decisión sin que mediara una deliberación formal del NSC. Colin Powell, el Secretario de Estado, se enteró por los diarios.

Quién tomó realmente la decisión sigue siendo tema de debate. Bush dijo después que la política había sido mantener el ejército intacto y que "no sucedió". Bremer sostuvo que actuaba bajo instrucciones de Washington. Douglas Feith, subsecretario de Defensa para Políticas, negó haberle dado la orden pero admitió que le entregó los borradores. Rumsfeld dijo que "rara vez" habló con Bremer. Un artículo de Foreign Affairs de 2023 rastreó el origen del borrador hasta la Oficina de Planes Especiales de Abram Shulsky en el Pentágono, y concluyó que no hubo un proceso interagencial formal. Cuando Bremer presentó el plan por videoconferencia al presidente y al Consejo de Seguridad Nacional el 22 de mayo, nadie objetó, y después de un largo silencio Bush le dijo: "You're the guy on the ground". Bremer firmó la orden al día siguiente.

El resultado fue predecible. Cientos de miles de hombres entrenados en el uso de armas, familiarizados con tácticas militares, con acceso a los depósitos de armamento que nadie había asegurado, y ahora sin nada que perder, quedaron en la calle. Las protestas empezaron de inmediato. El 18 de junio, soldados estadounidenses mataron a dos ex militares iraquíes durante una manifestación en Bagdad. La insurgencia tenía su cantera de reclutas.

De libertadores a ocupantes

La transición fue más rápida de lo que nadie hubiera imaginado. Durante las primeras semanas después de la caída de Bagdad, muchos iraquíes efectivamente recibieron a los estadounidenses con alivio, cuando no con entusiasmo. Treinta años de dictadura, tres guerras, una década de sanciones que habían devastado a la clase media: había razones genuinas para dar la bienvenida a quien sacara a Saddam del poder.

Pero el alivio se evaporó con una velocidad que los planificadores en Washington no habían previsto, principalmente porque no habían previsto nada. La ausencia de servicios básicos, la falta de electricidad y agua potable, el saqueo generalizado que nadie detenía, la humillación de los checkpoints y los allanamientos nocturnos, la sensación creciente de que los invasores no tenían la menor idea de lo que estaban haciendo: todo eso fue erosionando la buena voluntad inicial.

La des-baathificación, además, fue ejecutada de una manera que maximizó el daño. La tarea fue delegada en gran parte a exiliados iraquíes como Ahmed Chalabi, que la usaron como herramienta de ajuste de cuentas sectario. Funcionarios competentes que jamás habían torturado a nadie perdieron sus puestos. La administración pública se desintegró. Los chiitas, largamente oprimidos por el régimen sunita de Saddam, no se limitaron a ocupar los espacios vacantes sino que en muchos casos buscaron revancha. Los sunitas, que habían sido la élite dominante, se encontraron de repente marginados, desposeídos y demonizados.

Para el otoño de 2003, la insurgencia estaba en pleno desarrollo. No era un movimiento unificado sino una constelación de actores con motivaciones distintas: ex militares baathistas que querían recuperar su posición, nacionalistas iraquíes que rechazaban la ocupación extranjera, yihadistas que veían una oportunidad para abrir un nuevo frente contra Occidente, y milicias sectarias de todo tipo. Abu Musab al-Zarqawi, un jordano que operaba al frente de lo que pronto sería Al Qaeda en Irak, empezó a ejecutar atentados con coches bomba diseñados específicamente para provocar una guerra civil entre sunitas y chiitas.

Rumsfeld, que meses antes había desestimado a los insurgentes como "dead-enders", descubrió que la guerra que había planificado tan brillantemente se había convertido en algo completamente distinto: una ocupación contrainsurgente para la cual no tenía ni las tropas, ni la doctrina, ni el interés.

La cadena de consecuencias

Lo que siguió es conocido. La insurgencia se intensificó a lo largo de 2004 y 2005. Las dos batallas de Faluya se convirtieron en símbolos de la brutalidad del conflicto. El escándalo de Abu Ghraib, donde soldados estadounidenses habían torturado y humillado a prisioneros iraquíes, destruyó cualquier pretensión moral que pudiera quedar. La violencia sectaria escaló hasta el borde de la guerra civil, especialmente después de la voladura de la mezquita de Al-Askari en Samarra en febrero de 2006, uno de los sitios más sagrados del chiismo. Para ese año, las cifras de muertos civiles iraquíes eran catastróficas.

En enero de 2007, Bush anunció el "surge": un despliegue adicional de más de 20.000 soldados. Combinado con la estrategia del general David Petraeus de aliarse con las tribus sunitas del "Despertar de Anbar" que se habían hartado de la brutalidad de Al Qaeda en Irak, el surge logró reducir los niveles de violencia. Fue, probablemente, la única corrección estratégica genuinamente exitosa de toda la guerra. Pero llegó cuatro años tarde, costó miles de vidas adicionales, y sus logros resultaron frágiles.

Cuando Obama retiró las tropas en diciembre de 2011, el gobierno chiita de Nouri al-Maliki procedió a hacer exactamente lo que todos temían: marginó a los sunitas, incumplió las promesas de integrar a los combatientes del Despertar, purgó al ejército de oficiales competentes para reemplazarlos con leales, y dejó pudrir las tensiones sectarias que el surge había logrado contener temporalmente.

El resultado fue ISIS.

La historia de cómo el Estado Islámico llegó a controlar un tercio de Irak en 2014, capturando Mosul, la segunda ciudad del país, y declarando un califato, es inseparable de las decisiones de mayo de 2003. Los ex oficiales baathistas, entrenados en inteligencia y tácticas militares, proveyeron la columna vertebral organizativa de ISIS. Haji Bakr, un ex coronel de la Guardia Republicana, fue el arquitecto de la estructura de inteligencia del califato. Abu Bakr al-Baghdadi, el futuro "califa", se había radicalizado en Camp Bucca, la prisión estadounidense donde jihadistas y ex baathistas convivieron durante años, forjando las alianzas que después resultarían letales. Los lugartenientes de Baghdadi incluían a varios ex oficiales de las fuerzas especiales y la inteligencia militar de Saddam. La organización que planificó la toma de Mosul no era obra de fanáticos improvisados sino de profesionales militares que conocían Irak mejor que nadie.

Lo que ISIS logró entre 2014 y 2017, incluyendo genocidio contra los yazidíes, esclavización sistemática, destrucción de patrimonio milenario y una ola de atentados que llegó hasta París y Bruselas, tiene una línea directa que se remonta a la Orden Nº2 de la Autoridad Provisional de la Coalición.

Lecciones de una guerra que no se quiere aprender

¿Qué nos dice Irak 2003 sobre el poder estadounidense?

En primer lugar, confirma lo obvio: que el poder militar de Estados Unidos no tiene comparación. La campaña de marzo-abril de 2003 demostró que el Pentágono puede proyectar fuerza a una escala y velocidad que ningún otro actor estatal puede igualar. Eso sigue siendo cierto hoy y es, en última instancia, la garantía de estabilidad del orden internacional. Sin el poder bélico estadounidense no hay equilibrio global, no hay libre navegación de los mares, no hay disuasión creíble contra las ambiciones revisionistas de China, Rusia o Irán. Eso es un dato de la realidad.

Pero Irak también demuestra que la fuerza militar, por aplastante que sea, no alcanza para imponer un orden político duradero. Estados Unidos pudo destruir al ejército iraquí en tres semanas. No pudo construir un Estado iraquí funcional en ocho años. No es que haya fallado en la ejecución, aunque falló en muchas cosas: es que el proyecto mismo era irrealizable. No se puede construir una democracia liberal de inspiración occidental en una sociedad tribal y sectaria mediante la ocupación militar extranjera. Esto no es una observación progresista ni una crítica antimperialista. Es puro realismo político, Kissinger básico.

En segundo lugar, Irak muestra los límites de la arrogancia tecnocrática. La administración Bush estaba poblada de personas inteligentes que creyeron que la historia del mundo podía reiniciarse con suficiente voluntad política y poder de fuego. Los neoconservadores, con su proyecto de reconfigurar el Medio Oriente a imagen y semejanza de las democracias occidentales, subestimaron la densidad de la historia, la fuerza de las identidades religiosas y tribales, la complejidad de sociedades que no se dejan rediseñar en un PowerPoint del Pentágono. Hicieron, en el fondo, un error profundamente moderno: creyeron que la ingeniería social era posible a escala civilizacional.

En tercer lugar, la guerra de Irak fue un regalo estratégico para Irán. Antes de 2003, Teherán estaba flanqueado por dos enemigos: el Afganistán talibán al este y el Irak de Saddam al oeste. Estados Unidos eliminó a ambos. El Irak postsadamista, gobernado por una mayoría chiita con profundas conexiones con Irán, se convirtió en un activo estratégico de Teherán. Las milicias chiitas respaldadas por Irán, los mismos grupos que después combatieron a ISIS, son hoy actores políticos y militares de primer orden en Irak. Irán ganó la guerra de Irak sin disparar un tiro. Si hay un ganador estratégico claro del conflicto, es la República Islámica.

En cuarto lugar, Irak debería haber inoculado a Occidente contra la tentación de la intervención transformadora. No lo hizo: ocho años después, la OTAN intervino en Libia con resultados igualmente catastróficos. La lección se resiste a ser aprendida, quizás porque admitirla implica aceptar que hay problemas que no tienen solución, al menos no una solución que pueda imponerse desde afuera. Eso es incómodo para una civilización que cree en el progreso como artículo de fe secular.

A modo de conclusión

La invasión de Irak le costó a Estados Unidos más de 4.400 muertos, decenas de miles de heridos, y algo así como dos billones de dólares según las estimaciones más conservadoras. Le costó a Irak cientos de miles de vidas civiles. Desestabilizó una región entera, fortaleció a Irán, creó las condiciones para el surgimiento de ISIS, erosionó la credibilidad internacional de Washington y distrajo recursos de Afganistán en el momento exacto en que el Talibán estaba reagrupándose.

Las armas de destrucción masiva que justificaron la invasión nunca existieron.

Todo eso es cierto. Y sin embargo, la capacidad militar que Estados Unidos desplegó en marzo de 2003 sigue siendo el dato fundamental de la geopolítica global. La lección de Irak no es que el poder estadounidense sea ilusorio. La lección es más sutil, y por eso más difícil de metabolizar: que el poder militar sin sabiduría política es una herramienta peligrosa, capaz de ganar cualquier guerra y perder cualquier paz.

Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de la política por otros medios. El corolario que Irak nos enseña es que cuando los medios militares se desacoplan de fines políticos alcanzables, el resultado no es la victoria sino el caos. Y el caos, una vez desatado, tiene su propia lógica, su propia inercia, y sus propios beneficiarios, que rara vez son los que encendieron la mecha.