"La muralla y los libros" ocupa cuatro páginas en Otras inquisiciones, publicado en 1952. Es, creo, el ensayo más perfecto que Borges escribió. Y como Borges escribió docenas de ensayos que podrían reclamar ese título, la afirmación no es menor.
Empieza con un dato histórico que Borges presenta como lo que es: un dato que lo inquieta. El emperador Shih Huang Ti, el que unificó China en el siglo III antes de Cristo, el que ordenó construir la Gran Muralla, fue también el que ordenó quemar todos los libros anteriores a su reinado. El mismo hombre. El mismo acto de voluntad. La construcción más vasta de la historia humana y la destrucción más vasta de la memoria escrita, ejecutadas por la misma persona, casi al mismo tiempo.
Borges no pretende ser historiador. Le importa poco si los detalles son exactos, si la quema fue total o parcial, si la muralla se construyó de cero o sobre fortificaciones anteriores. Lo que le importa es otra cosa: la conjunción. El hecho de que edificar y destruir coexistan en un solo acto de poder, y que esa coexistencia signifique algo, aunque no sepa qué.
El ensayo es el intento de averiguarlo. Y lo extraordinario es que no lo averigua. Borges propone hipótesis, las examina, las descarta, propone otras, y al final no llega a una conclusión. Llega a algo mejor.
Las hipótesis
Borges es honesto con sus hipótesis. Las pone sobre la mesa una por una, les da unas vueltas, y las deja ir.
Primera hipótesis: Shih Huang Ti quemó los libros porque los libros contenían el pasado, y el pasado era una amenaza. Quien controla el pasado controla el presente. Quemar los libros era borrar toda historia anterior para que la historia empezara con él. Es una hipótesis política, razonable, y Borges la acepta como plausible pero insuficiente. No explica la muralla.
Segunda hipótesis: la muralla y la quema son operaciones complementarias. La muralla cierra el espacio. La quema cierra el tiempo. Shih Huang Ti quiso fundar un orden que fuera absoluto en ambas dimensiones: nada de afuera puede entrar, nada de antes puede sobrevivir. Es una hipótesis más elegante, y a Borges le gusta más, pero tampoco lo satisface del todo. Es demasiado simétrica, demasiado limpia. La realidad no suele ser tan elegante.
Tercera hipótesis: Shih Huang Ti sabía que la muralla y la quema eran empresas imposibles. Ninguna muralla detiene a los bárbaros para siempre. Ninguna quema elimina todos los libros. Y quizás eso era el punto: no lograr el objetivo sino intentarlo. La grandeza del gesto, no su eficacia. Es una hipótesis que le interesa a Borges porque convierte a Shih Huang Ti en una especie de artista: alguien que emprende algo desmesurado sabiendo que va a fracasar, y que encuentra en el fracaso una forma de la magnificencia.
Borges no elige ninguna. Las deja coexistir, como capas de una misma perplejidad. Y después, en los últimos párrafos, hace algo que es típicamente borgeano: abandona las hipótesis y cambia de registro. Deja de analizar y empieza a sentir. O más exactamente: reconoce que lo que sentía desde el principio, la emoción que lo llevó a escribir el ensayo, no era de naturaleza analítica sino estética. No quería explicar a Shih Huang Ti. Quería entender por qué la imagen de Shih Huang Ti lo conmovía.
La frase
"La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético."
Hay que leerla despacio. Hay que leerla más de una vez. Porque lo que dice es simple y lo que implica es enorme.
Dice que el arte no es la revelación. No es el momento de entender. Es el momento antes de entender. Es la sensación de que algo está por ser dicho, de que un significado está ahí, casi al alcance, casi visible, y que no termina de aparecer. Esa inminencia, ese casi, es el hecho estético. No lo que se entiende. Lo que casi se entiende. No la respuesta. La pregunta que se siente como si estuviera a punto de tener respuesta.
Es una definición que contradice casi todo lo que la estética occidental dijo antes. Para Aristóteles, el arte es imitación que produce placer por el reconocimiento. Para Kant, es la experiencia de lo bello como finalidad sin fin. Para Hegel, es la manifestación sensible de la idea. En todos esos casos, el arte llega a algún lado. Produce algo: placer, conocimiento, revelación. Borges dice que no. Dice que el arte es el estado de no llegar. Es la puerta que no se abre. Es la frase que está en la punta de la lengua y no sale.
Y lo notable es que esa definición, que suena a frustración, no es frustrante. Es exactamente lo contrario. Borges está describiendo una experiencia que todos reconocemos: el momento en que escuchás una pieza de música que te conmueve sin que puedas decir por qué, el momento en que ves un atardecer que parece significar algo sin que puedas decir qué, el momento en que leés una línea de poesía que te detiene y no podés explicar qué te detuvo. Esa experiencia no es un fracaso de la comprensión. Es una forma de la comprensión que excede lo que el lenguaje conceptual puede capturar. Y Borges, con esa frase, le da nombre.
La clave
"La muralla y los libros" funciona como clave de lectura de toda la obra de Borges. No porque todos sus textos hablen de lo mismo, que no lo hacen. Sino porque todos sus textos practican lo que este ensayo describe: la inminencia de una revelación que no se produce.
"El Aleph" muestra un punto que contiene todos los puntos del universo. Borges lo describe, lo enumera con una lista que es famosa por su acumulación vertiginosa, y después dice que el lenguaje es sucesivo y que lo que vio era simultáneo, y que por lo tanto no puede transmitirlo. La revelación ocurrió pero no se puede comunicar. El cuento es la inminencia de esa comunicación: sentimos que algo enorme fue visto, pero lo que leemos es solo la sombra del Aleph, no el Aleph mismo.
"Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" describe un mundo inventado por una sociedad secreta que empieza a reemplazar al mundo real. Es una idea que parece estar diciéndonos algo fundamental sobre la relación entre la ficción y la realidad, entre el lenguaje y el mundo, y cada vez que creés que lo entendiste el cuento se mueve un poco y la comprensión se deshace. No porque sea confuso. Porque es preciso sobre algo que es, por naturaleza, impreciso.
"Las ruinas circulares" cuenta la historia de un hombre que sueña a otro hombre y descubre al final que él también es soñado. Es una imagen que quiere decir algo sobre la realidad, sobre la identidad, sobre la naturaleza del yo, y lo que quiere decir está siempre un paso más allá de lo que el cuento dice. El cuento señala. No llega. Y en ese señalar está su perfección.
En todos los casos, lo que Borges produce es exactamente lo que describe en "La muralla y los libros": la sensación de que un significado está ahí, casi accesible, casi formulable, y que no se deja formular. No porque Borges no pueda. Porque el significado es de esa naturaleza. Es un significado que existe solo como inminencia, que se destruiría si se concretara, como un sueño que se desvanece cuando intentás contarlo.
Por qué es la mejor definición
Hay muchas definiciones del arte. Algunas son útiles, algunas son ingeniosas, algunas son profundas. La de Borges es la mejor por una razón que me parece decisiva: es la única que explica por qué el arte no se agota.
Si el arte fuera revelación, si una obra de arte te dijera algo y vos lo entendieras, no habría razón para volver a ella. Entendiste. Ya está. Pasás a otra cosa. Pero no es así como funciona. Volvés a Bach, volvés a Shakespeare, volvés a Borges, y cada vez encontrás algo nuevo, no porque la obra haya cambiado sino porque vos cambiaste, y la inminencia de la revelación se reconfigura en función de quién sos ahora. La puerta sigue sin abrirse, pero lo que imaginás del otro lado es distinto cada vez.
Eso es lo que las otras definiciones no capturan. Aristóteles explica por qué el arte produce placer pero no por qué el placer se renueva. Kant explica por qué el arte es universal pero no por qué es inagotable. Hegel explica por qué el arte tiene contenido pero no por qué el contenido se resiste a la paráfrasis. Borges, con una sola frase, explica todo eso: el arte es inagotable porque lo que ofrece no es un significado sino la promesa de un significado, y la promesa, a diferencia del significado, no se cumple nunca, y por eso nunca deja de operar.
Es una idea que tiene algo de triste y algo de consolador. Triste porque implica que nunca vamos a llegar, que el entendimiento completo es una ilusión, que la puerta no se abre. Consolador porque implica que siempre va a haber algo más, que la obra de arte no se vacía, que el asombro es renovable. Es, si uno quiere leerlo en clave teológica, la versión estética de la esperanza cristiana: no llegás, pero el camino es infinito, y la infinitud del camino es, en sí misma, una forma de la gracia.
Borges cerró "La muralla y los libros" con esa frase y cerró, sin saberlo o sabiéndolo perfectamente, toda su estética. Todo lo que escribió antes y después es una variación sobre esa idea. Una inminencia de revelación que no se produce. Un significado que está siempre a punto de aparecer. Un emperador que construye una muralla y quema los libros, y que al hacerlo dice algo que doscientos siglos después seguimos tratando de escuchar.