De noche, en la calle principal de un pueblo llamado Shinbone, un abogado que nunca disparó un arma levanta del suelo el revólver que se le acaba de caer. Sangra de un brazo. Enfrente, un pistolero le apunta y le avisa que el próximo tiro va entre los ojos. Suenan dos disparos tan pegados que parecen uno, y el pistolero cae. El abogado se llama Ransom Stoddard y desde esa noche, para el territorio entero, va a ser el hombre que mató a Liberty Valance.
Pero la película empieza veinticinco años después, con un tren que entra a Shinbone. Baja un senador con su mujer. Vienen del Este a un velorio que no le importa a nadie, el de Tom Doniphon, un ranchero del que el pueblo ya se olvidó y al que van a enterrar en un cajón barato y sin las botas, hasta que el senador pide que se las pongan. El diario local manda a preguntar qué hace un senador en el entierro de un don nadie. Mientras él atiende a los periodistas, su mujer se va en un carro con el viejo comisario hasta una casa quemada en las afueras, y vuelve con una rosa de cactus. Para entonces Stoddard ya empezó a contar.
Ford la filmó en 1962, en blanco y negro y casi sin salir de los estudios de Paramount, lejos del Monument Valley de sus westerns clásicos. Él mismo decía que era una película de primeros planos. A esa altura lo que le interesaba era la mentira, y la mentira se filma de cerca. El cuento original, de Dorothy M. Johnson, había salido en 1949 en Cosmopolitan, cuando Cosmopolitan todavía publicaba cuentos del Oeste. Sergio Leone decía que fue la única película en la que Ford aprendió algo llamado pesimismo.
Lo que Stoddard cuenta arranca con un asalto a la diligencia. Es un abogado recién recibido que viaja al Oeste con sus libros de derecho en el equipaje, y Liberty Valance, el mismo que después va a caer en esa calle, lo muele a latigazos mientras le grita que le va a enseñar la ley del Oeste. En esa escena hay dos leyes, la de los libros y la del látigo. Ford se toma dos horas para mostrar cómo se pasa de una a la otra y lo hace de la manera menos tranquilizadora posible.
Al abogado apaleado lo trae al pueblo Tom Doniphon, en su carreta. Es John Wayne en su versión más seca, un ranchero que resulta ser el único hombre de Shinbone al que Valance prefiere no tocar, y lo sabe. Para Doniphon la ley es un lujo, algo que se puede dar la gente que tiene cerca a alguien como él. Cuando Stoddard, todavía vendado, anuncia que va a meter preso a Valance con el código en la mano, Doniphon le da la única lección de derecho que sirve en Shinbone: acá cada uno arregla sus propios problemas.
Entre los dos está Hallie, que atiende las mesas en el restaurante de los Ericson y no sabe leer. Doniphon la corteja a su manera, o sea, le trae de vez en cuando una rosa de cactus y le va agregando cuartos al rancho para un casamiento que da por hecho. Stoddard le enseña las letras. Después viene lo del bife. Stoddard sirve mesas con delantal para pagarse la pensión, Valance le hace una zancadilla y el plato que vuela es el de Doniphon, que se para y le exige a Valance que lo levante. Ahí quedan, dos hombres grandes midiéndose por un pedazo de carne con la mano cerca del revólver, hasta que Stoddard, furioso con los dos, lo levanta él. Tiene razón y no entiende nada, porque en Shinbone un bife en el piso puede terminar a los tiros.
Stewart traía veinte años de hombre decente de las instituciones, el que se quedaba afónico defendiendo una causa perdida en el Senado de Capra. Wayne era el Oeste, y lo era porque Ford lo había inventado. Nunca habían filmado juntos. Ford los pone a mirarse por encima de un bife y lo que se mide ahí son dos mitologías norteamericanas enteras, fabricadas por la misma industria. Años después le dijo a Bogdanovich que el protagonista verdadero era Wayne, por más que Stewart tuviera casi todo el diálogo.
Y está la escuela. Stoddard junta en un aula a los chicos del pueblo, a un par de adultos y a Hallie, y escribe en el pizarrón que la educación es la base de la ley y el orden. Pompey, el peón de Doniphon, recita la Declaración de la Independencia y se olvida de la parte que dice que todos los hombres son creados iguales. Mucha gente se olvida de esa parte, lo consuela Stoddard. Ford era demasiado viejo y demasiado irlandés para dejar pasar la ironía de que en el aula donde se enseña la igualdad el único negro sea el sirviente armado del hombre que sostiene el pueblo.
Los grandes ganaderos quieren que el territorio siga siendo campo abierto y le pagan a Valance para que la elección salga como tiene que salir. No sale. Doniphon rechaza la candidatura en la asamblea y los delegados a la convención territorial terminan siendo Stoddard y Dutton Peabody, el director borracho y elocuente del Shinbone Star. Valance pierde el conteo y desafía a Stoddard a duelo. Esa noche sus hombres destrozan la imprenta y dejan medio muerto a Peabody por haber publicado que Valance mató a un granjero. Stoddard agarra el revólver y sale a buscar al hombre que le enseñó la ley del Oeste a latigazos. Todo lo que sabe de tiro es una clase en el rancho de Doniphon que terminó con el traje salpicado de pintura y una trompada.
Ford filma el duelo con la frialdad de una ejecución. Valance juega con su presa, le pega un tiro en el brazo, la obliga a agacharse a buscar el revólver y le anuncia el próximo entre los ojos. Otra vez los dos disparos que parecen uno. Valance cae con cara de sorpresa, el pueblo abraza al abogado y Hallie lo elige esa misma noche, mientras le venda el brazo. Doniphon entra, ve la escena y entiende. La leyenda queda impresa antes de que ningún diario la imprima.
En la convención, un orador de los ganaderos acusa a Stoddard de hacer carrera sobre un muerto, y Stoddard, que piensa lo mismo, se baja de la nominación. Doniphon, borracho, lo encuentra en un cuarto aparte y le cuenta lo que pasó. Ford vuelve a filmar el duelo entero, esta vez desde la otra vereda, y desde ahí se ve lo que la primera versión escondía. En un callejón a oscuras está Doniphon con el rifle de Pompey, y dispara en el mismo instante en que Stoddard aprieta el gatillo. Asesinato a sangre fría, dice, pero puede vivir con eso porque Hallie quería vivo al abogado. Le ordena aceptar la nominación con un argumento que no figura en ningún código (le enseñó a leer a Hallie, que ahora le dé algo para leer) y se va sin decir nada más.
Durante media película Ford nos deja creer la primera versión, y es tiempo suficiente para volverse un vecino más de Shinbone y votar, uno también, por Stoddard. Cuando la cámara cruza la calle ya es tarde. Leyenda y hecho son la misma escena tomada desde dos veredas, y la legalidad depende de dónde se pare la cámara.
Doniphon se queda sin nada. La noche del duelo había vuelto borracho al rancho y le había prendido fuego a la casa con el cuarto nuevo adentro, el que construía para casarse con Hallie, y se quedó a esperar las llamas. Pompey lo sacó a la rastra. Ahí desaparece de la historia, y vuelve veinticinco años más tarde en ese cajón barato al que el de la funeraria le había sacado hasta las botas.
Stoddard termina de confesar. La gobernación, el Senado, la embajada en Londres, la candidatura a vicepresidente que le ofrecen ahora, todo descansa sobre un tiro que disparó otro. Maxwell Scott, el director del diario, agarra las notas de su cronista y las tira al fuego. Esto es el Oeste, señor, dice. Cuando la leyenda se convierte en hecho, se imprime la leyenda. Con esa frase la película entró al idioma, y casi siempre se la cita como una muestra de cinismo periodístico. A mí me parece otra cosa, la constitución no escrita de cualquier orden político. Shinbone pasó de territorio a Estado, y de desierto a jardín, gracias a un crimen cometido una noche en un callejón, un crimen que el orden nuevo no puede reconocer sin deshacerse.
Cualquier orden que se crea hecho solamente de derecho (tratados, tribunales, parlamentos, papel) tiene su propio callejón, y en general lo administra como Stoddard administró el suyo, con gratitud en privado y amnesia en público. El orden que Occidente da por sentado desde 1945 es el caso más grande, y el que tiene el rifle en ese callejón no despacha desde Bruselas. La Biblia lo dijo antes que Ford y más seco. La primera ciudad de la Escritura la funda Caín. Que haya un crimen en el origen no invalida a la ciudad; el problema empieza cuando la ciudad se olvida y se convence de que se fundó sola, que es la forma más peligrosa de la inocencia.
Falta el tren de vuelta a Washington. Stoddard propone dejar todo y volver a vivir a Shinbone, y a Hallie se le ilumina la cara como no se le iluminó en toda la película. Entonces él pregunta lo que venía rumiando desde el velorio, quién puso la rosa de cactus sobre el cajón de Tom. Yo, dice ella, y nada más. Stoddard le agradece al guarda las atenciones del ferrocarril y el guarda le contesta con la última línea de la película: nada es demasiado bueno para el hombre que mató a Liberty Valance. Stoddard no contesta. La frase queda flotando en el vagón, exacta y falsa a la vez, como todos los órdenes que funcionan.