Solo existen diecinueve. Cada uno tiene nombre propio, como los barcos. Spirit of Missouri, Spirit of Texas, Spirit of Georgia. Diecinueve bombarderos furtivos que operan desde una única base, Whiteman Air Force Base en Missouri, tripulados por dos personas cada uno, capaces de volar desde el centro de Estados Unidos hasta cualquier punto del planeta, lanzar dieciocho mil kilos de armamento nuclear o convencional, y volver sin repostar. Diecinueve aviones que cuestan más (bastante mas, classified info) de dos mil millones de dólares la unidad. Diecinueve aviones que, juntos, le dan a un solo país la capacidad de destruir cualquier objetivo en la Tierra sin ser detectado.
El B-2 Spirit es, posiblemente, la máquina de guerra más extraordinaria que existe.
Un ala que vuela
Lo primero que llama la atención del B-2 es que no se parece a ningún otro avión. No tiene fuselaje en el sentido convencional, no tiene cola, no tiene superficies verticales. Es un ala volante pura, una forma que parece más biológica que mecánica, como una manta raya de cincuenta y dos metros de envergadura. La razón de esa forma es la furtividad: cada ángulo, cada superficie, cada curva del B-2 está diseñada para absorber o deflectar las ondas de radar. El avión no es invisible, pero su sección transversal de radar es tan pequeña que los sistemas de defensa aérea lo confunden con un pájaro o directamente no lo registran.
Northrop Grumman desarrolló el B-2 a partir de finales de los años setenta, bajo un programa clasificado llamado Advanced Technology Bomber. La idea era construir un bombardero capaz de penetrar las defensas aéreas soviéticas, las más densas y sofisticadas del mundo, y entregar armas nucleares sobre objetivos estratégicos. Jack Northrop, el fundador de la compañía, había experimentado con alas volantes desde los años cuarenta, pero la tecnología de la época no permitía resolver los problemas de estabilidad que esa configuración presentaba. Fueron las computadoras de control de vuelo de los años ochenta las que hicieron posible lo que la aerodinámica sola no podía: un ala volante estable y controlable.
El primer vuelo fue el 17 de julio de 1989. La Guerra Fría terminó dos años después.
Demasiado caro para existir
El plan original era construir ciento treinta y dos B-2. Con la desintegración de la Unión Soviética, el Congreso decidió que ya no hacía falta un bombardero de penetración nuclear a semejante escala. La producción se cortó a veintiún unidades. Pero como los costos de desarrollo ya estaban hundidos, el precio por unidad se disparó a cifras que parecen inventadas: más de dos mil millones de dólares cada avión, en dólares de la época. Es el avión más caro jamás construido, por un margen enorme.
La decisión de cortar la producción fue racional en su momento, pero tuvo consecuencias que resuenan hasta hoy. Con solo veintiún aviones, y luego veinte tras el accidente en Guam en 2008, y ahora diecinueve tras otro siniestro en 2022 que se consideró antieconómico reparar, cada B-2 perdido es irremplazable. La línea de producción se cerró hace más de veinte años. Las herramientas se destruyeron o se reasignaron. Reconstruirla llevaría años y costaría miles de millones. Cuando el Spirit of Georgia sufrió un colapso del tren de aterrizaje en 2021, la Fuerza Aérea tardó cuatro años y gastó veintitrés millones de dólares en repararlo, porque la alternativa era perder otro avión de un total que ya se puede contar con los dedos de las manos.
Diecinueve aviones para cubrir el planeta entero. Es una flota de "alto valor, baja densidad", en la jerga del Pentágono, lo que es una manera elegante de decir que hay muy pocos y cada uno importa demasiado.
Operación Midnight Hammer
Durante años, los críticos del B-2 cuestionaron si un bombardero diseñado para la Guerra Fría seguía siendo relevante. El avión había participado en Kosovo en 1999, en Afganistán en 2001 y en Libia en 2011, pero siempre contra adversarios con defensas aéreas rudimentarias. La pregunta era si el B-2 podía hacer lo que se suponía que debía hacer: penetrar defensas serias y destruir objetivos fortificados.
En junio de 2025, la pregunta quedó respondida.
La Operación Midnight Hammer, el ataque norteamericano contra las instalaciones nucleares iraníes de Fordow, Natanz e Isfahán, fue la mayor operación de combate en la historia del B-2. Siete bombarderos participaron en la misión, con otros seis como señuelo volando en la dirección opuesta. Las tripulaciones volaron durante treinta y siete horas, con múltiples reabastecimientos aéreos, desde Whiteman y posiblemente desde Diego García. Los B-2 utilizaron municiones de penetración diseñadas para destruir instalaciones subterráneas reforzadas, exactamente el tipo de objetivo para el que fueron concebidos cuarenta años antes.
El resultado fue la degradación significativa del programa nuclear iraní. El presidente Trump describió la operación ante el Knesset israelí como prueba de la vigencia del bombardero, y anunció planes para ampliar la flota, aunque el Pentágono no confirmó ningún programa de producción nuevo. Lo más probable es que se refiriera a modernizaciones de los aviones existentes o, quizás, al programa B-21 Raider, el sucesor del B-2 que Northrop Grumman está desarrollando.
Pero más allá de los resultados militares, Midnight Hammer demostró algo que los planificadores del Pentágono siempre supieron y que los escépticos subestimaban: la combinación de furtividad, alcance global y capacidad de carga del B-2 no tiene equivalente. Ningún otro sistema de armas puede hacer lo que el B-2 hace. Un misil de crucero puede destruir un blanco individual. Un caza puede dominar un espacio aéreo. Pero solo un bombardero furtivo puede volar desde el territorio continental de Estados Unidos, penetrar las defensas aéreas más sofisticadas del mundo, destruir múltiples objetivos fortificados con municiones de precisión, y volver a casa. Todo sin poner un solo soldado norteamericano en territorio enemigo.
Lo que significa
El B-2 Spirit es una ilustración casi perfecta de una verdad incómoda sobre el mundo contemporáneo: el poder militar norteamericano no tiene par, y esa asimetría es, en buena medida, lo que mantiene un orden global funcional.
Hay exactamente un país que puede, en cuestión de horas, proyectar fuerza destructiva de precisión contra cualquier objetivo en cualquier punto del planeta. Es el mismo país que garantiza la seguridad de Europa a través de la OTAN, que disuade la agresión china en el Pacífico occidental, que mantiene abiertas las rutas marítimas globales y que, cuando un Estado decide desarrollar armas nucleares en violación de los acuerdos internacionales, tiene la capacidad de impedirlo.
Esto no es triunfalismo. Es una descripción de la realidad. La paz global, en la medida en que existe, no se sostiene sobre resoluciones de la ONU ni sobre buenas intenciones multilaterales. Se sostiene sobre la capacidad y la voluntad de Estados Unidos de usar la fuerza, y sobre la percepción de sus adversarios de que esa capacidad es real. Diecinueve aviones estacionados en Missouri son una parte pequeña pero fundamental de esa ecuación.
El B-2 va a ser reemplazado, eventualmente, por el B-21 Raider, que promete ser más barato de operar, más fácil de producir en cantidades mayores y adaptado a las amenazas del siglo XXI. Northrop Grumman realizó el primer vuelo del B-21 en 2023 y la Fuerza Aérea planea que alcance plena capacidad operativa hacia 2032. Cuando eso ocurra, los B-2 sobrevivientes se retirarán después de casi cuatro décadas de servicio.
Pero durante esas cuatro décadas, diecinueve aviones con nombre de espíritu mantuvieron una capacidad que ningún adversario pudo igualar y que ningún aliado pudo replicar. Esa es la definición de supremacía. Y es, también, la definición del poder norteamericano en su expresión más pura: silencioso, invisible, absolutamente devastador, y con base en un campo de maíz del medio oeste. International Law.