Hay una frase de Kissinger que es bueno tener presente antes de hablar de Ucrania: "La historia no es un menú a la carta" Se elige lo que se puede, no lo que se quiere. Y lo que Occidente eligió durante treinta años fue no elegir: postergar decisiones difíciles, desmantelar capacidades militares, expandir alianzas sin expandir compromisos reales, y confiar en que la globalización iba a domesticar a Rusia como había domesticado, presuntamente, a todos los demás. No funcionó. Y el 24 de febrero de 2022, cuando las columnas rusas cruzaron la frontera ucraniana desde tres flancos simultáneos, la factura llegó.

Nadie esperaba lo que siguió. Ni Moscú, que planeaba una operación quirúrgica de días. Ni Washington, que evacuó su embajada anticipando la caída de Kiev. Ni Europa, que descubrió en tiempo real que había tercerizado su seguridad a un país del otro lado del Atlántico y que sus propios ejércitos eran, en muchos casos, poco más que una formalidad burocrática con uniforme.

Esta guerra, la más grande en suelo europeo desde 1945, terminó siendo algo que nadie planeó: un laboratorio bélico a cielo abierto, una guerra de desgaste industrial del siglo XXI, y el catalizador de una reconfiguración geopolítica que todavía no termina.

La provocación que nadie quiere discutir

Decir que Rusia invadió Ucrania es una descripción factual. Decir que la invasión ocurrió en un vacío geopolítico es una fantasía. Y sin embargo, durante años, esa fue la narrativa dominante en la mayor parte del establishment occidental: Rusia como potencia revanchista irracional, sin motivaciones legítimas, movida puramente por el expansionismo imperial de Putin.

La realidad, como suele pasar, es más incómoda. La expansión de la OTAN hacia el este, que arrancó en 1999 con la incorporación de Polonia, Hungría y la República Checa, y siguió en 2004 con los países bálticos y otros siete miembros, fue un proceso que ignoró sistemáticamente las advertencias rusas. George Kennan, el arquitecto de la política de contención durante la Guerra Fría, lo dijo en 1998 con una claridad que hoy resulta profética: la expansión de la OTAN sería "el error más fatídico de la política estadounidense en la era post-Guerra Fría." William Burns, que luego sería director de la CIA, escribió un cable diplomático en 2008 desde Moscú con un asunto que no dejaba lugar a interpretaciones: "Nyet means nyet." Rusia no iba a tolerar la incorporación de Georgia y Ucrania a la alianza.

La cumbre de Bucarest de 2008, donde la OTAN declaró que Ucrania y Georgia "serán miembros" sin ofrecer un calendario ni un mecanismo concreto, fue probablemente el peor resultado posible: una provocación sin respaldo. Le dijo a Rusia que sus vecinos iban a entrar en una alianza militar hostil, y le dijo a Ucrania y Georgia que contaban con un paraguas de seguridad que en la práctica no existía.

Quizás esto no justifica la invasión. Pero explicar no es justificar, y la geopolítica no opera en el terreno de la moral sino en el del poder. Rusia actuó como cualquier gran potencia actúa cuando percibe que su esfera de influencia está siendo erosionada. Estados Unidos hizo lo mismo en Cuba en 1962, en Centroamérica durante décadas, y lo haría sin pestañear si China instalara bases militares en México. El doble estándar no invalida la regla; la confirma.

El fracaso del plan ruso

Lo primero que falló fue la premisa. Moscú diseñó la invasión como una operación especial, no como una guerra. La idea era que una demostración de fuerza contundente, con asaltos aerotransportados sobre Hostomel, columnas blindadas avanzando hacia Kiev desde Bielorrusia y presión simultánea desde el sur y el este, iba a provocar el colapso del gobierno de Zelenski en cuestión de días, tal vez horas.

La comparación implícita era Afganistán en 1979 o Crimea en 2014: operaciones rápidas donde la resistencia local fue mínima o inexistente. Pero Ucrania en 2022 no era ni una cosa ni la otra. El ejército ucraniano llevaba ocho años reformándose con asistencia occidental, particularmente británica y estadounidense, después del shock de 2014. Las fuerzas especiales y las unidades de infantería habían adoptado doctrina OTAN. Y el factor más subestimado: la moral. Resulta que invadir un país con un sentido nacional consolidado es distinto a ocupar un territorio cuya población es indiferente.

El asalto aerotransportado a Hostomel fracasó el primer día. La columna blindada de 60 kilómetros al norte de Kiev se empantanó, literalmente, por una combinación de logística deficiente, terreno blando y emboscadas ucranianas con misiles antitanque Javelin y NLAW. Para fines de marzo, Rusia se retiró del norte de Ucrania. El plan relámpago había durado un mes y había terminado en humillación.

Lo que vino después fue una transición forzada a una guerra de desgaste que, paradójicamente, favorecía más las fortalezas rusas: masa, artillería, disposición a absorber bajas. Pero incluso ahí, la ejecución fue despareja. La batalla de Bajmut, que duró casi un año, consumió una cantidad obscena de recursos de ambos lados para una ciudad que, en términos operacionales, tenía un valor discutible. La contraofensiva ucraniana de 2023, por su parte, demostró los límites de intentar una guerra de maniobra contra un enemigo atrincherado con campos minados densos y superioridad en artillería.

Drones, artillería, guerra electrónica

Si hay algo que esta guerra va a dejar como legado para la doctrina militar global, es la confirmación de tres cosas que muchos analistas ya sospechaban.

Primero: los drones cambiaron todo. No los drones de alta gama tipo Predator o Reaper, que cuestan millones, sino los drones comerciales baratos, modificados con granadas o municiones improvisadas, que un operador puede manejar con un control de videojuegos. Los drones FPV, que cuestan unos cientos de dólares, se convirtieron en la artillería de precisión del soldado de infantería. Ucrania los adoptó masivamente, creando unidades enteras dedicadas a la producción y operación de estos aparatos. Rusia tardó más, pero eventualmente hizo lo mismo. El resultado es un campo de batalla donde esconderse es casi imposible y donde un tanque de varios millones de dólares puede ser destruido por un drone que cuesta lo que un televisor.

Segundo: la artillería sigue siendo la reina de la batalla. A pesar de toda la tecnología, esta guerra se parece más a la Primera Guerra Mundial que a la Guerra del Golfo. El consumo de municiones de artillería alcanzó niveles que nadie en Occidente había previsto. Ucrania llegó a disparar varios miles de proyectiles por día en los momentos de mayor intensidad, y la capacidad industrial de Occidente simplemente no estaba preparada para sostener ese ritmo. Europa descubrió, con algo de vergüenza, que su producción combinada de municiones de 155mm era una fracción de lo que un solo frente demandaba.

Tercero: la guerra electrónica se convirtió en un dominio decisivo. Los sistemas rusos de jamming demostraron ser capaces de degradar significativamente la efectividad de municiones guiadas occidentales, incluido el GPS de los proyectiles Excalibur y los HIMARS en ciertos contextos. La carrera entre medidas y contramedidas electrónicas se convirtió en uno de los aspectos menos visibles pero más importantes del conflicto.

El rol de la inteligencia occidental

Si la guerra probó algo más allá de cualquier duda, es que la inteligencia estadounidense opera en un nivel que el resto del mundo simplemente no puede igualar. La decisión de Washington de desclasificar y compartir inteligencia en tiempo real con Ucrania, tanto antes como durante la invasión, fue probablemente el factor individual más importante en la supervivencia de Kiev en las primeras semanas.

Antes de la invasión, la inteligencia estadounidense publicó los planes rusos con un detalle que descolocó al Kremlin. Durante la guerra, la combinación de inteligencia satelital, de señales y humana permitió a Ucrania golpear objetivos de alto valor con una precisión que sus propias capacidades no habrían permitido. El hundimiento del crucero Moskva en abril de 2022, la serie de ataques contra depósitos de municiones rusos a lo largo de 2022 y 2023, y la efectividad general de los HIMARS contra la logística rusa son incomprensibles sin el flujo constante de inteligencia occidental.

Los sistemas de armas occidentales, por su parte, tuvieron un desempeño mixto pero revelador. Los Javelin y NLAW fueron devastadores en la fase inicial. Los HIMARS cambiaron la dinámica de la guerra de artillería al permitir golpes precisos a distancia. Los tanques Leopard 2 y Abrams, entregados con tanta fanfarria, tuvieron un impacto más modesto: útiles, pero lejos de ser decisivos en un campo de batalla dominado por drones, minas y artillería. La lección no es que estos sistemas sean malos, sino que la guerra moderna degrada cualquier plataforma que no opere dentro de un sistema integrado de defensa aérea, guerra electrónica y vigilancia constante.

Ucrania como laboratorio bélico

Cada guerra importante produce lecciones que reconfiguran las doctrinas militares de las décadas siguientes. La Guerra de Corea consolidó la guerra limitada como concepto. Vietnam enseñó los límites de la contrainsurgencia tecnológica. La Guerra del Golfo inauguró la era de la guerra de precisión. Ucrania está haciendo algo similar, y los que más están tomando nota son, previsiblemente, los que más tienen en juego: Estados Unidos y China.

El Pentágono está procesando la información que sale de Ucrania con una voracidad que no se veía desde hace décadas. La guerra validó inversiones como las que hace Anduril en sistemas autónomos y drones de bajo costo. Confirmó que la producción industrial de municiones convencionales sigue siendo un factor estratégico de primer orden, algo que la obsesión con la tecnología de punta había hecho olvidar. Y demostró que la guerra electrónica necesita una inversión y una atención que Occidente le había retirado tras la caída de la Unión Soviética.

Para la industria de defensa, Ucrania fue una vitrina y una advertencia. Vitrina porque los sistemas que funcionaron, como el HIMARS o los drones Switchblade y similares, generaron contratos y demanda global. Advertencia porque la guerra expuso carencias sistémicas en la cadena de suministro militar occidental: falta de capacidad de producción, dependencia de proveedores únicos, tiempos de entrega incompatibles con las demandas de un conflicto de alta intensidad.

China, por su parte, está mirando todo esto con la atención de quien tiene planes propios. Taiwán no es Ucrania, ni geográfica ni estratégicamente, pero las lecciones sobre guerra de drones, defensa costera, resiliencia industrial y guerra electrónica son directamente aplicables. Beijing no va a repetir los errores de Moscú, y eso debería preocupar a Washington más que cualquier otra cosa.

Europa: el continente que delegó su soberanía

Si hay un actor que sale peor parado de esta guerra, no es Rusia, que al menos sabía que estaba entrando en una pelea. Es Europa, que descubrió que no podía pelear aunque quisiera.

La desmilitarización europea de las últimas tres décadas no fue un accidente. Fue una decisión política deliberada, basada en la convicción de que la integración económica había hecho obsoleta la guerra en el continente y que Estados Unidos siempre iba a estar ahí para cubrir la diferencia. Los "dividendos de la paz" post-1991 se gastaron en estados de bienestar crecientes y en la expansión burocrática de la Unión Europea, mientras los presupuestos de defensa se reducían a niveles que habrían sido cómicos si no fueran trágicos.

Alemania es el caso más emblemático. La Bundeswehr, otrora uno de los ejércitos más capaces de la OTAN, llegó a 2022 con tanques que no arrancaban, aviones que no volaban y soldados que entrenaban con escobas en lugar de ametralladoras. No es una metáfora: la prensa alemana documentó estos casos con detalle. Cuando Scholz anunció el Zeitenwende, el giro histórico en política de defensa con 100.000 millones de euros para rearme, la reacción fue de entusiasmo. Pero reconstruir una capacidad militar que se desmanteló durante tres décadas no se hace con un cheque. Se necesitan años, cadenas industriales, personal entrenado y, sobre todo, voluntad política sostenida. No está claro que Europa tenga ninguna de esas cosas en cantidad suficiente.

La ironía es amarga: al desarmarse, Europa no eliminó la guerra. La hizo más probable. Un continente con capacidad disuasoria creíble habría hecho que el cálculo ruso fuera distinto. Pero Rusia miró a una Europa que dependía del gas ruso para calefaccionarse, que tenía ejércitos de juguete y que llevaba años demostrando que su política exterior era, en el mejor de los casos, reactiva y declarativa, y sacó una conclusión razonable: no iban a hacer nada serio.

¿Negociación inevitable o conflicto congelado?

Toda guerra termina. La pregunta es cómo y cuándo. Y en el caso de Ucrania, la respuesta pasa inevitablemente por Washington.

Es una verdad incómoda pero inescapable: Estados Unidos es la única potencia con la capacidad de sostener o terminar este conflicto. El apoyo militar y financiero a Ucrania depende fundamentalmente de la voluntad política estadounidense, y esa voluntad no es infinita ni incondicional. Europa puede aportar, y aporta, pero no tiene ni la capacidad industrial ni la cohesión política para sostener a Ucrania por sí sola.

La dinámica interna estadounidense es, por lo tanto, el factor decisivo. Y esa dinámica ha oscilado considerablemente entre el entusiasmo inicial bipartidista de 2022 y el creciente escepticismo que se fue instalando en sectores del electorado y de la clase política.

El espectro de resultados posibles es limitado. Una victoria militar total de cualquiera de los dos lados parece improbable a esta altura. Ucrania no tiene la capacidad de expulsar a Rusia de todo el territorio que ocupa, incluyendo Crimea. Rusia no tiene la capacidad de conquistar Ucrania entera sin una movilización de escala que el Kremlin ha evitado hasta ahora por razones de estabilidad interna. Lo que queda son variantes de negociación o de conflicto congelado.

Un conflicto congelado, al estilo de Corea o del propio Donbás entre 2014 y 2022, es posible pero inestable. Una negociación real requeriría concesiones que hoy ninguna de las partes puede aceptar públicamente: para Ucrania, algún tipo de reconocimiento de la realidad territorial; para Rusia, alguna forma de garantía de seguridad que no implique la OTAN en su frontera.

Kissinger, antes de morir, sugirió algo parecido: una Ucrania que mantenga su soberanía pero acepte una forma de neutralidad militar, con garantías de seguridad internacionales. No es una solución elegante. Es una solución realista. Y en geopolítica, las soluciones realistas son las únicas que duran.

La guerra que nadie planeó

Cuatro años después de su inicio, Ucrania es muchas cosas a la vez. Es una tragedia humana de proporciones enormes, con cientos de miles de muertos y heridos, millones de desplazados, ciudades destruidas. Es un fracaso diplomático colectivo, resultado de décadas de decisiones que priorizaron la comodidad sobre la previsión. Es un laboratorio militar que está redefiniendo cómo se pelearán las guerras del siglo XXI. Y es, sobre todo, una demostración de algo que la clase política occidental prefiere no reconocer: que el poder militar sigue siendo el fundamento último del orden internacional, que la paz no es un estado natural sino un producto de la disuasión, y que cuando esa disuasión falla, las consecuencias las pagan siempre los mismos.

Estados Unidos, como en cada crisis desde 1945, es el árbitro final. No porque quiera serlo, sino porque nadie más puede. Esa es la realidad del sistema internacional, y ninguna cantidad de resoluciones de la ONU, cumbres de la UE o declaraciones de principios va a cambiarla. El orden mundial se sostiene, en última instancia, sobre la capacidad y la voluntad de la potencia hegemónica de mantenerlo. Todo lo demás es comentario.