Napoleón lo intentó en 1812 y fracasó. Hitler lo intentó en 1941 y fracasó. La invasión de Rusia es, posiblemente, la tentación estratégica más recurrente y más letal de la historia europea. La geografía, el clima y la profundidad del territorio ruso han destruido a todos los ejércitos que intentaron conquistarla. Pero en ningún caso el fracaso fue tan costoso ni tan definitivo como en la Operación Barbarroja, la mayor ofensiva militar jamás lanzada, que abrió el frente más sangriento de la historia y selló la derrota del Tercer Reich.
El 22 de junio de 1941, más de tres millones y medio de soldados alemanes y de naciones aliadas del Eje cruzaron la frontera soviética a lo largo de un frente de casi tres mil kilómetros. Los acompañaban unos tres mil tanques, siete mil piezas de artillería y dos mil quinientos aviones. Era la fuerza de invasión más grande en la historia de la humanidad. Hitler la bautizó en honor a Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano y líder de la Tercera Cruzada, un nombre que no era casual: la guerra contra la Unión Soviética era, en la mente de Hitler, una cruzada, una guerra de civilización y de exterminio. No era solo una campaña militar. Era el proyecto central del nacionalsocialismo: conquistar el Lebensraum, el espacio vital en el este, y liquidar a quienes lo habitaban.
Blitzkrieg en su máxima expresión
Las primeras semanas de Barbarroja fueron la demostración más espectacular del poder de la guerra relámpago. La Blitzkrieg, el concepto operacional que había funcionado de manera impecable en Polonia y en Francia, alcanzó en Rusia una escala sin precedentes. Los soviéticos fueron tomados por sorpresa. Stalin, a pesar de múltiples advertencias de inteligencia, no había ordenado una movilización completa por temor a provocar a Alemania. El resultado fue catastrófico.
En la primera semana, las fuerzas alemanas avanzaron más de trescientos kilómetros en algunos sectores. La Luftwaffe destruyó alrededor de mil ochocientos aviones soviéticos en el primer día, la mayoría en tierra. Divisiones enteras del Ejército Rojo fueron cercadas y aniquiladas en gigantescas bolsas de aniquilamiento. En Bialystok y Minsk, los alemanes capturaron más de trescientos mil soldados en las primeras semanas. En Smolensk, a finales de julio, otros trescientos mil. Las cifras eran de una magnitud que no tenía antecedentes en la guerra moderna.
La fuerza invasora estaba dividida en tres Grupos de Ejércitos. El Grupo de Ejércitos Norte avanzaba hacia Leningrado. El Grupo de Ejércitos Sur, hacia Ucrania y el Cáucaso. Y el Grupo de Ejércitos Centro, el más poderoso, con dos Grupos Panzer bajo los generales Guderian y Hoth, apuntaba directamente a Moscú. Para mediados de julio, estaban a unos trescientos kilómetros de la capital soviética. Todo parecía indicar que el plan estaba funcionando.
El plan, en su concepción original, asumía que la Unión Soviética colapsaría en cuestión de semanas, como había colapsado Francia. La idea era destruir al Ejército Rojo al oeste de los ríos Dvina y Dniéper, antes de que pudiera retirarse y reorganizarse en la profundidad del territorio. Una vez eliminada la capacidad militar soviética, el régimen de Stalin se desmoronaría solo. Hitler estimaba que la campaña duraría entre tres y cinco meses. "Solo hay que patear la puerta", le dijo a su jefe del Estado Mayor, Alfred Jodl, "y toda la estructura podrida se vendrá abajo".
No se vino abajo.
Por qué el plan fracasó: logística, distancia, invierno
El problema fundamental de Barbarroja no fue militar, sino logístico. La Blitzkrieg dependía de la velocidad, y la velocidad dependía del suministro. En Francia, las distancias eran manejables, las carreteras eran buenas y la infraestructura ferroviaria estaba intacta. En Rusia, nada de eso era cierto.
Las distancias eran, literalmente, de otra escala. De la frontera polaca a Moscú hay más de mil kilómetros en línea recta. Las carreteras rusas eran caminos de tierra que se convertían en pantanos con la primera lluvia. La red ferroviaria soviética tenía un ancho de vía distinto al europeo, lo que impedía el uso directo del material rodante alemán. Los soviéticos, además, al retirarse destruían los puentes, quemaban los cultivos, desmantelaban las fábricas y evacuaban el material ferroviario. Fábricas enteras de acero y municiones fueron desmontadas, cargadas en trenes y trasladadas al este de los Urales, donde volvieron a producir.
Para agosto de 1941, las puntas de lanza blindadas alemanas estaban a cientos de kilómetros por delante de su infantería, que avanzaba a pie. Los tanques se quedaban sin combustible, las tropas sin municiones, los heridos sin evacuación. El ejército alemán había entrado a Rusia con más de seiscientos mil caballos para transporte logístico, un detalle que revela con bastante elocuencia los límites de la mecanización alemana. Las divisiones Panzer, que al inicio de la campaña tenían su dotación completa de tanques, para octubre estaban reducidas al treinta y cinco por ciento de su capacidad.
Y entonces llegó el otoño. En ruso se llama rasputitsa, la temporada del barro. Las lluvias de octubre convirtieron los caminos en ríos de lodo donde los vehículos se hundían hasta los ejes. El avance se redujo a un paso, y la logística, que ya era precaria, se volvió imposible. Cuando el barro se congeló y el invierno llegó con temperaturas de treinta o cuarenta grados bajo cero, los soldados alemanes no tenían ropa de invierno. No era un descuido menor: era el reflejo de una planificación que asumía que la guerra estaría ganada antes de diciembre.
El invierno ruso es un lugar común que oscurece un análisis más profundo. No fue solo el frío lo que detuvo a los alemanes. Fue la combinación de distancias imposibles, logística insuficiente, un enemigo que se negaba a rendirse y una planificación basada en supuestos que resultaron falsos. El supuesto central era que la Unión Soviética era un régimen frágil que se desmoronaría tras los primeros golpes. Era una subestimación ideológica disfrazada de análisis estratégico, y fue letal.
Decisiones fatales: Kiev vs. Moscú, Stalingrado
Si Barbarroja tiene un momento bisagra, está en agosto de 1941 y en la decisión más debatida de toda la guerra en el frente oriental: la desviación hacia Kiev.
A finales de julio, el Grupo de Ejércitos Centro había capturado Smolensk y estaba en posición de lanzar un ataque directo sobre Moscú. Los generales alemanes, desde Guderian hasta Halder, pasando por Bock y Brauchitsch, consideraban que la captura de la capital soviética era el objetivo decisivo. Moscú no era solo un símbolo político: era el centro de comunicaciones de la Rusia europea, el nudo ferroviario desde el cual se conectaban todos los frentes, y el punto donde el Ejército Rojo estaba concentrando sus reservas. Perder Moscú habría sido, para Stalin, un golpe posiblemente irreparable.
Hitler pensaba distinto. Para él, Moscú no tenía "gran importancia". Lo que importaba eran los recursos: el trigo de Ucrania, el carbón del Donbás, el petróleo del Cáucaso. El 21 de agosto ordenó desviar el Grupo Panzer 2 de Guderian hacia el sur, para cerrar una gigantesca pinza sobre Kiev junto con el Grupo Panzer 1 de Kleist, que avanzaba desde el Grupo de Ejércitos Sur. Cuando Brauchitsch intentó defender la opción de Moscú, Hitler lo despachó diciendo que solo "cerebros osificados" podían pensar así.
Guderian fue enviado personalmente a argumentar ante Hitler. Fracasó. Volvió a su cuartel general, según sus propias memorias, como un converso involuntario de la posición del Führer. Halder, furioso, llegó a proponerle a Brauchitsch que ambos renunciaran en protesta. Brauchitsch se negó.
El resultado táctico de la desviación fue espectacular. En septiembre de 1941, los alemanes cerraron la bolsa de Kiev, atrapando a cinco ejércitos soviéticos. Cerca de seiscientos sesenta y cinco mil soldados fueron capturados en lo que fue el mayor cerco de la historia militar. Hitler lo llamó "la mayor batalla de la historia". Tenía razón en lo táctico. Pero el costo estratégico fue enorme: la desviación consumió semanas cruciales. Cuando la Operación Tifón, el asalto sobre Moscú, finalmente se lanzó el 2 de octubre, el ejército estaba agotado, los tanques destruidos no habían sido reemplazados y el otoño ya cerraba la ventana operacional.
¿Se habría ganado la guerra con la captura de Moscú? No necesariamente. Stalin había sobrevivido a la pérdida de Kiev, Minsk y Smolensk. La Unión Soviética tenía profundidad territorial y capacidad industrial al este de los Urales que ninguna ofensiva alemana podía alcanzar. Pero la captura de Moscú habría destruido el sistema de comunicaciones soviético y habría forzado una reorganización que, combinada con la presión simultánea sobre Leningrado y Ucrania, podría haber alterado el curso de la guerra. Es una de esas preguntas contrafactuales que los historiadores militares van a seguir debatiendo para siempre.
Lo que no se debate es que después de diciembre de 1941, cuando el contraataque soviético frente a Moscú detuvo al ejército alemán y lo empujó hacia atrás por primera vez, la posibilidad de una victoria rápida desapareció. A partir de ese momento, Alemania estaba peleando la guerra que menos podía ganar: una guerra de desgaste contra un enemigo con más hombres, más recursos y más territorio.
Stalingrado, al año siguiente, fue la confirmación definitiva. Hitler, obsesionado con una ciudad que llevaba el nombre de su enemigo, desvió fuerzas del avance principal hacia el Cáucaso para capturarla. El Sexto Ejército de Paulus quedó atrapado en la ciudad, rodeado por fuerzas soviéticas, y se rindió en febrero de 1943. Fue el punto de no retorno. Después de Stalingrado, la iniciativa estratégica pasó definitivamente al lado soviético, y la pregunta dejó de ser si Alemania podía ganar la guerra para convertirse en cuánto tardaría en perderla.
Guerra ideológica y de exterminio vs. guerra convencional
Hay un aspecto de Barbarroja que transforma la operación de un fracaso militar en algo cualitativamente distinto, y es la naturaleza de la guerra que Alemania libró en el este. Barbarroja no fue una guerra convencional. Fue, desde su concepción, una guerra de aniquilamiento.
El 30 de marzo de 1941, casi tres meses antes de la invasión, Hitler emitió el Decreto Barbarroja, que eximía a los soldados alemanes de responsabilidad por crímenes contra civiles soviéticos. En paralelo, la Orden de los Comisarios establecía que los comisarios políticos del Ejército Rojo debían ser ejecutados sumariamente al ser capturados. Estas no eran directivas ambiguas: eran órdenes explícitas de que la guerra en el este se conduciría fuera de las leyes de la guerra.
Detrás de las líneas de frente, los Einsatzgruppen, los escuadrones móviles de exterminio de las SS, seguían al ejército regular ejecutando a judíos, comisarios políticos, partisanos reales o supuestos, y cualquier persona que el régimen considerara enemiga. En los primeros nueve meses de la invasión, los Einsatzgruppen fusilaron a más de medio millón de personas, la inmensa mayoría civiles judíos. Babi Yar, las afueras de Kiev, donde más de treinta y tres mil judíos fueron asesinados en dos días en septiembre de 1941, es el ejemplo más conocido, pero hubo cientos de masacres similares.
El plan más amplio era el Generalplan Ost, que contemplaba la deportación, la esclavización y el exterminio de decenas de millones de eslavos para colonizar el este con población germánica. El Hunger Plan, diseñado por el secretario de Estado Herbert Backe, preveía desviar la producción agrícola soviética hacia Alemania, aceptando conscientemente que millones de civiles morirían de hambre. Los prisioneros de guerra soviéticos fueron tratados con una brutalidad sin paralelo: de los aproximadamente cinco millones capturados durante toda la guerra en el frente oriental, unos tres millones y medio murieron en cautiverio, deliberadamente dejados morir de hambre, frío y enfermedades.
Esta dimensión ideológica de Barbarroja tuvo consecuencias militares directas. En muchas regiones de la Unión Soviética, especialmente en Ucrania y los países bálticos, la población civil recibió inicialmente a los alemanes como liberadores del yugo estalinista. Décadas de colectivización forzosa, hambrunas provocadas y terror político habían generado un odio profundo hacia Moscú. Si Alemania hubiera tratado a estas poblaciones como aliadas potenciales, el resultado de la guerra podría haber sido diferente. Pero el régimen nazi era incapaz de esa clase de cálculo. La ideología racial impedía cualquier cooperación genuina con los Untermenschen eslavos. En lugar de ganar aliados, los alemanes crearon una resistencia feroz que los obligó a desviar tropas del frente para combatir a los partisanos en la retaguardia.
La brutalidad alemana también endureció la resistencia soviética. Cuando los soldados del Ejército Rojo supieron lo que les esperaba si se rendían, dejaron de rendirse. La guerra en el este adquirió un carácter de ferocidad que no tuvo equivalente en ningún otro teatro. Para diciembre de 1941, el Ejército Rojo había sufrido unos cuatro millones de bajas. Alemania, unas setecientas cincuenta mil, incluyendo doscientos mil muertos. Por comparación, en toda la campaña de Francia en 1940, el ejército alemán había perdido treinta mil hombres. El frente oriental era una maquinaria de destrucción de una escala que no tiene paralelo en la historia.
Lecciones sobre sobreextensión imperial
Barbarroja es, ante todo, una lección sobre los límites del poder. Alemania en 1941 era el Estado militarmente más poderoso de Europa. Había derrotado a Francia en seis semanas, ocupaba la mayor parte del continente, y su ejército era, hombre por hombre, probablemente el más profesional y mejor entrenado del mundo. Y sin embargo, fue destruido en Rusia. No porque su ejército fuera malo, sino porque se le asignó una tarea imposible: conquistar un país de veintidós millones de kilómetros cuadrados con un ejército que dependía de caballos para su logística.
La primera lección es que la excelencia táctica no compensa la deficiencia estratégica. Los alemanes ganaron prácticamente todas las batallas de los primeros meses. Las bolsas de Bialystok, Minsk, Smolensk, Kiev, Viazma y Briansk produjeron millones de prisioneros y la destrucción de ejércitos enteros. Y sin embargo, la Unión Soviética seguía en pie. Porque la estrategia estaba basada en una premisa falsa, que el régimen soviético era un castillo de naipes, y ninguna cantidad de victorias tácticas podía compensar ese error.
La segunda lección es que la ideología distorsiona el juicio estratégico. Hitler invadió la Unión Soviética no solo por cálculo geopolítico sino por convicción racial. Subestimó a los eslavos porque los consideraba subhumanos. Se negó a explotar las divisiones internas de la sociedad soviética porque su ideología no le permitía tratar a los no germánicos como iguales. Y convirtió lo que podría haber sido una guerra de liberación contra el estalinismo en una guerra de exterminio que unificó a toda la Unión Soviética en su contra.
La tercera lección, la más relevante para el presente, es sobre sobreextensión. Cada imperio, cada potencia, tiene un límite geográfico y logístico más allá del cual su poder se diluye. Napoleón lo descubrió en Moscú. Hitler lo descubrió en las estepas rusas. Estados Unidos lo experimentó, en una escala mucho menor, en Vietnam y en Afganistán. Rusia misma lo está experimentando ahora en Ucrania, donde una guerra que Putin estimaba en días se convirtió en un conflicto de desgaste que ha consumido cientos de miles de soldados y ha revelado las limitaciones profundas de su aparato militar.
La tentación de la sobreextensión es particularmente aguda cuando una potencia viene de una racha de éxitos. Francia en 1940 fue tan fácil que convenció a Hitler de que Rusia también lo sería. Inchón fue tan brillante que convenció a MacArthur de que podía llegar al Yalu sin consecuencias. Cada éxito alimenta la arrogancia, y la arrogancia es el enemigo más peligroso de cualquier estratega.
Barbarroja también ofrece una lección más oscura, que tiene que ver con la naturaleza de ciertos regímenes. La guerra en el este fue tan brutal no porque la guerra sea inherentemente brutal, sino porque fue conducida por un régimen cuya ideología exigía el exterminio de poblaciones enteras. La Segunda Guerra Mundial en el frente occidental, por toda su violencia, operó dentro de ciertos límites. El frente oriental no tuvo límites, porque los nazis no reconocían a sus enemigos como seres humanos con derechos. Cuando la guerra se convierte en exterminio, el cálculo militar convencional deja de aplicar, porque la resistencia del enemigo se vuelve existencial. No pelean por territorio ni por ventaja política: pelean porque no tienen otra opción.
El frente oriental de la Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más devastador de la historia humana. Se estima que murieron entre veinticinco y treinta millones de ciudadanos soviéticos, entre civiles y militares. Alemania perdió unos cinco millones y medio de soldados solo en el este. Ciudades enteras fueron arrasadas. Poblaciones enteras, exterminadas. La escala del sufrimiento desafía la capacidad de comprensión.
Y todo empezó con una decisión tomada en diciembre de 1940, cuando Hitler firmó la Directiva 21 y lanzó a su ejército contra un enemigo al que despreciaba, en un territorio que no podía conquistar, por razones que combinaban cálculo estratégico con delirio racial. Barbarroja es la prueba definitiva de que la guerra no es un juego de ajedrez. Es una actividad humana donde las emociones, los prejuicios y la ideología pesan tanto como el poder militar. Y donde la soberbia, tarde o temprano, se paga.