Hay algo extraño en Corea del Norte, y no es lo que sale en los documentales. No son los desfiles militares ni los presentadores de televisión gritando ni las fotos satelitales de un país a oscuras. Lo extraño es que sigue existiendo. Que cada año, cada década, los analistas predicen su colapso inminente, y cada año, cada década, el régimen sobrevive. Que un Estado fundado en 1948 bajo la tutela de Stalin, que perdió a su principal protector en 1991, que sufrió una hambruna que mató a cientos de miles de personas en los años noventa, que vive bajo las sanciones más duras del sistema internacional, no solo no se desmoronó: desarrolló armas nucleares, exporta municiones a Rusia y se da el lujo de mandar un puñado de soldados a pelear en Ucrania.
Corea del Norte no debería existir. Y sin embargo existe. Entender por qué es entender algo incómodo sobre la naturaleza del poder.
La economía del absurdo
Los números, como siempre pasa con Pyongyang, hay que tomarlos con pinzas. Corea del Norte no publica estadísticas económicas. Lo que sabemos viene del Banco de Corea del Sur, de imágenes satelitales, de testimonios de desertores y de datos comerciales chinos y rusos. Con esas limitaciones, la imagen es más o menos esta: un país de unos 26 millones de habitantes con un PBI que creció un 3,7% en 2024 —el mayor crecimiento en ocho años—, pero cuyas exportaciones totales apenas superan los 360 millones de dólares. Para poner eso en perspectiva: una empresa mediana de cualquier país latinoamericano factura más.
El grueso de la economía funciona bajo un sistema de planificación centralizada que todavía se adhiere, al menos en la retórica, a la doctrina Juche —autosuficiencia—, una ideología que Kim Il-sung diseñó como respuesta al dilema de depender demasiado de Moscú o demasiado de Pekín. En la práctica, la autosuficiencia norcoreana es un eufemismo para la escasez. Desde el colapso soviético, el país nunca recuperó su capacidad productiva. La hambruna de los noventa —la llamada "Marcha Ardua"— obligó al régimen a tolerar una economía informal de mercados (jangmadang) que hoy funciona como una especie de capitalismo clandestino bajo supervisión estatal.
Kim Jong-un intentó durante una década estabilizar la moneda atando informalmente el sistema a una economía parcialmente dolarizada. Funcionó, hasta que dejó de funcionar. En la segunda mitad de 2024, el won norcoreano perdió dos tercios de su valor frente al dólar, pasando de unas 8.000 unidades por dólar a cerca de 27.000 a fin de año. Para 2025, el tipo de cambio superó las 36.000 unidades. El precio del arroz se triplicó en dos años. Las causas son múltiples: impresión de dinero para financiar aumentos salariales, reapertura parcial de la frontera con China que generó un déficit comercial, y la incapacidad estructural de un sistema que no tiene herramientas de política monetaria porque no cree en ellas.
El dato revelador del crecimiento de 2024 no es el número en sí, sino su origen. El sector de manufactura pesada creció un 10,7% —el mayor salto del que se tenga registro—, impulsado por la producción de municiones y armamento para Rusia. Es decir: Corea del Norte crece porque fabrica proyectiles de artillería que terminan en el frente ucraniano. La economía norcoreana no es una economía de subsistencia que además tiene armas nucleares; es una economía que subsiste gracias a sus armas y a su capacidad de producirlas.
El seguro de vida nuclear
Toda la lógica norcoreana converge en un punto: las armas nucleares. No como instrumento ofensivo —Pyongyang no es suicida— sino como la póliza de seguro más efectiva de la historia moderna. Kim Jong-un lo tiene claro: Saddam Hussein no tenía bomba atómica y terminó en una horca. Gadafi renunció a su programa nuclear a cambio de promesas occidentales y terminó linchado en una cuneta. Los norcoreanos estudiaron esos casos con la atención que otros reservan para los manuales de estrategia.
Las estimaciones varían, pero el consenso del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos sitúa el arsenal norcoreano en unas 50 cabezas nucleares ensambladas, con material fisible suficiente para entre 70 y 90. Analistas surcoreanos del Instituto Coreano de Análisis de Defensa (KIDA) han sido más agresivos: calculan entre 127 y 150 ojivas, con proyecciones de más de 400 para 2040. La discrepancia refleja cuánto desconocemos sobre las instalaciones de enriquecimiento de uranio que Pyongyang opera fuera de Yongbyon.
Lo que sí sabemos es que el programa no se detiene. En 2025, el reactor de 5 megavatios en Yongbyon sigue operativo, el reactor experimental de agua ligera está en pruebas finales, y el sitio de pruebas de Punggye-ri está restaurado y listo para una séptima detonación nuclear cuando Kim lo considere oportuno. La inteligencia estadounidense lo dijo sin rodeos en su evaluación de amenazas de 2025: Kim ve las armas nucleares como "garante de la seguridad del régimen" y no tiene "ninguna intención" de renunciar a ellas.
Es difícil culparlo, si uno se pone en su lugar. No es que el desarme nuclear haya sido un gran negocio para quienes lo intentaron. Y la posición rusa sobre el tema —Lavrov declaró en 2024 que la desnuclearización de Corea del Norte es un "asunto cerrado"— le da a Kim una cobertura diplomática que no tenía hace una década.
El arsenal nuclear transforma a Corea del Norte de un país pobre y aislado en un actor que nadie puede ignorar. No hay solución militar al problema norcoreano que no implique el riesgo de una catástrofe nuclear en Seúl, Tokio o incluso en territorio continental estadounidense. Los misiles balísticos intercontinentales de combustible sólido, como el Hwasong-18, están diseñados específicamente para evadir las defensas antimisiles de Estados Unidos y sus aliados. Esa capacidad —incompleta, rudimentaria si se quiere, pero real— es lo que mantiene vivo al régimen. No la ideología, no el socialismo, no el Juche: la bomba.
Rusia y China: los socios que no se eligieron
La relación de Corea del Norte con sus dos vecinos poderosos es un caso de manual de realpolitik. Ni Pekín ni Moscú sienten gran afecto por el régimen de Pyongyang. Pero ambos lo necesitan, cada uno por sus propias razones, y ambos pagan el precio de sostenerlo.
China es el socio dominante. Representa más del 90% del comercio exterior norcoreano y es el principal proveedor de alimentos, energía y bienes de consumo. Pekín tolera a Pyongyang no por solidaridad ideológica —el Partido Comunista Chino mira al Kim con una mezcla de condescendencia y fastidio— sino por una razón estratégica elemental: un colapso norcoreano significaría una Corea unificada bajo la égida de Seúl, con tropas estadounidenses en la frontera del río Yalu. Para China, eso es inaceptable. Corea del Norte es un Estado tapón, un colchón entre el mundo chino y la presencia militar estadounidense en el Pacífico. Mientras cumpla esa función, Pekín lo mantendrá con respirador artificial.
La relación con Rusia cambió radicalmente con la guerra en Ucrania. Antes de 2022, Moscú era un socio secundario. Ahora es un cliente. Corea del Norte ha proporcionado a Rusia millones de proyectiles de artillería —estimaciones ucranianas hablan de hasta el 50% de los proyectiles que Rusia dispara en el frente—, misiles balísticos de corto alcance, y sistemas de lanzamiento múltiple de cohetes. La inteligencia surcoreana calcula que Pyongyang envió más de doce millones de proyectiles de artillería en total.
Y luego están los soldados. Entre 10.000 y 12.000 tropas norcoreanas fueron desplegadas en la región de Kursk a partir de octubre de 2024, la primera participación norcoreana en un conflicto armado de envergadura desde la Guerra de Corea. Las bajas fueron significativas —el Ministerio de Defensa británico habla de más de 6.000 muertos y heridos—, pero el despliegue siguió. En abril de 2025, Corea del Norte confirmó oficialmente por primera vez que había enviado tropas. Kim habló de "aniquilar a los ocupantes neonazis ucranianos", pero la razón real era otra: experiencia de combate, tecnología militar rusa, y dinero.
Lo que Corea del Norte recibe a cambio es enorme. Estimaciones sitúan el flujo de capital ruso hacia Pyongyang entre 5.600 y 9.800 millones de dólares. Rusia está transfiriendo tecnología militar que permite a Kim modernizar un arsenal convencional que llevaba décadas estancado. En 2025, Corea del Norte botó su mayor destructor naval, probó un misil crucero supersónico que se parece sospechosamente a un modelo ruso, introdujo drones suicidas con inteligencia artificial y lanzó nuevos sistemas de defensa antiaérea. La guerra de Ucrania, que en teoría no tiene nada que ver con la Península Coreana, está financiando la mayor modernización militar norcoreana en décadas.
La ironía es visible: el sistema de sanciones internacionales diseñado para asfixiar a Pyongyang quedó esencialmente neutralizado por la complicidad activa de un miembro permanente del Consejo de Seguridad. Rusia no solo compra armas norcoreanas sino que, a través de Lavrov, declaró que "respeta las aspiraciones nucleares" de Pyongyang. El orden internacional basado en reglas, que los organismos multilaterales repiten como un mantra, se estrella contra la realidad de que sus propios arquitectos lo sabotean cuando les conviene.
El culto perfeccionado
Hay que decir algo sobre el sistema de control interno, porque sin él nada de lo anterior funciona. Corea del Norte no sobrevive solo por sus bombas y sus aliados. Sobrevive porque ha construido el aparato de vigilancia y control más completo que existe sobre la faz de la tierra.
El sistema songbun clasifica a toda la población en tres categorías —leal, vacilante, hostil— basadas en los antecedentes políticos de la familia, que se remontan a la época de la fundación del Estado. Tu destino —dónde vivís, qué comés, a qué escuela van tus hijos— queda determinado en gran medida por lo que hizo tu abuelo en 1950. Es un sistema de castas con características marxistas-leninistas, o, si se prefiere, un feudalismo disfrazado de revolución.
El culto a la personalidad de la dinastía Kim no tiene paralelo contemporáneo. Ni Mao, ni Stalin, ni el propio Castro construyeron algo tan totalizante. Es una estructura cuasi-religiosa —con su trinidad de Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un, sus escrituras sagradas, sus rituales obligatorios, su calendario propio— que funciona como un sustituto secular de la religión. Un cristiano que conozca la estructura de los credos reconocerá en el sistema Kim una inversión casi perfecta: la misma forma, vaciada de todo contenido trascendente y rellenada con el Estado. Donde debería estar Dios, está el Líder. Donde debería estar la esperanza, está el miedo.
Ese vaciamiento espiritual es, probablemente, la clave más profunda del régimen. Corea del Norte no es simplemente un Estado autoritario; es un proyecto de sustitución total de la experiencia religiosa humana por la devoción al poder político. Lo cual explica, de paso, su fragilidad oculta: un sistema que depende de una fe que no puede admitir ser fe, porque se presenta como ciencia y razón histórica, necesita un control absoluto de la información para sostenerse. Un solo contacto sostenido con el exterior bastaría para demoler la mitología entera.
El régimen lo sabe, y actúa en consecuencia. El acceso a internet está restringido a una intranet nacional. Los teléfonos celulares funcionan en una red cerrada. La posesión de medios de comunicación extranjeros es un delito que puede costar la vida. Los desertores reportan ejecuciones públicas por ver dramas surcoreanos. No es paranoia: es lucidez. El régimen comprende perfectamente que su legitimidad no sobreviviría a la competencia informativa.
¿Colapso o eternidad?
Es la pregunta que se repite desde 1991. ¿Puede esto durar? Y si puede, ¿por cuánto?
La respuesta honesta es que no sabemos. Los que predijeron el colapso llevan más de tres décadas equivocándose. Los que predicen estabilidad eterna ignoran que todos los regímenes totalitarios de la historia, sin excepción, terminaron cayendo. La cuestión es el horizonte temporal: la Unión Soviética duró 74 años, la China maoísta se transformó de manera irreconocible, la dinastía norcoreana ya lleva 77.
Hay argumentos razonables para ambas posiciones. A favor de la estabilidad: el arsenal nuclear elimina la amenaza exterior, China y Rusia garantizan un mínimo de sostenimiento económico, el aparato de control interno no muestra fisuras visibles, y la sucesión dinástica —tres generaciones ya— ha demostrado una capacidad de transferencia de poder que pocos regímenes autoritarios logran.
A favor del colapso —o al menos de una crisis existencial—: la economía es estructuralmente frágil, la devaluación monetaria de 2024-2025 sugiere problemas profundos de gobernanza económica, y el flujo de información, aunque controlado, se filtra. Los desertores cuentan que la generación joven tiene un cinismo creciente hacia la propaganda. La pregunta no es si los norcoreanos creen en el sistema; es cuántos fingen creer, y qué pasa cuando dejan de fingir.
Pero hay un tercer escenario, menos discutido y quizás más probable: ni colapso ni estabilidad, sino transformación lenta. Una especie de modelo chino invertido, donde el régimen mantiene el control político absoluto pero permite una economía de mercado cada vez más visible. Kim Jong-un ya toleró los jangmadang. Ya permitió cierta acumulación privada de capital. Ya existe una clase de nuevos ricos norcoreanos —los donju— que operan con la complicidad del Estado. Si Kim pudiera encontrar la manera de descomprimir la economía sin perder el control político, podría comprar décadas adicionales de supervivencia.
El problema, como siempre, es que las reformas económicas generan demandas políticas. Es la lección de la perestroika. Es la lección de la Primavera de Praga. Y Kim, que estudió en Suiza y no es ningún tonto, lo sabe.
Corea del Norte es, en última instancia, un recordatorio desagradable. Nos recuerda que el poder, cuando se ejerce con suficiente brutalidad y suficiente inteligencia, puede sostenerse mucho más tiempo del que la decencia quisiera. Que las armas nucleares cambian las reglas del juego de una manera que no tiene vuelta atrás. Que las sanciones internacionales funcionan hasta que dejan de funcionar. Y que el orden internacional, ese concepto tan querido por las burocracias de Bruselas y Ginebra, es exactamente tan sólido como la voluntad de sus miembros más poderosos para sostenerlo —lo cual, a la vista de los hechos, no es mucho.
El régimen de Pyongyang no es un anacronismo. Es una adaptación. Un organismo que encontró su nicho ecológico en las grietas del sistema internacional y que prospera, a su modo, precisamente porque ese sistema está demasiado fragmentado y demasiado hipócrita para eliminarlo.
La pregunta no es si Corea del Norte va a caer. La pregunta es qué dice sobre nosotros que siga en pie.