Los palantir son las piedras videntes de El Señor de los Anillos, objetos que permiten ver a grandes distancias y a través del tiempo. Peter Thiel, cofundador de PayPal y uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley, eligió ese nombre para la empresa que fundó en 2003 junto a Alex Karp, un filósofo con doctorado de la Universidad de Frankfurt que nunca había escrito una línea de código. La premisa era simple y ambiciosa: después del 11 de septiembre, las agencias de inteligencia norteamericanas estaban ahogadas en datos que no podían procesar. La CIA, la NSA, el FBI, tenían montañas de información dispersa en sistemas incompatibles. Lo que faltaba no era más información sino la capacidad de integrarla, cruzarla y encontrar patrones. Palantir se propuso construir el software que hiciera exactamente eso.

Veinte años después, Palantir factura casi tres mil millones de dólares al año, cotiza en bolsa con una valuación que desafía cualquier métrica convencional, tiene un contrato con el Ejército de Estados Unidos por diez mil millones de dólares, o algo mas, opera el sistema de inteligencia artificial más importante del Pentágono, y su CEO afirma que su software es "responsable de la mayor parte de la selección de blancos en Ucrania". Es, por lejos, la empresa más importante de la que la mayoría de la gente nunca escuchó hablar. Y representa algo que va más allá de su propio negocio: la transformación de la guerra de un asunto de hardware a un asunto de software.

De startup de Silicon Valley a contratista de defensa

Palantir nació del dinero de la CIA, literalmente. In-Q-Tel, el brazo de capital de riesgo de la agencia, fue uno de los primeros inversores. Esto no era inusual en el ecosistema de Silicon Valley, que le debe su existencia original al Departamento de Defensa y a la comunidad de inteligencia norteamericana, pero sí era inusual el grado de integración que Palantir buscaba con sus clientes gubernamentales. La empresa no vendía un producto empaquetado. Enviaba ingenieros que se sentaban junto a los analistas de inteligencia, entendían sus problemas, adaptaban el software a sus necesidades específicas y se quedaban. Era un modelo de consultoría tecnológica disfrazado de empresa de software, y resultó extraordinariamente eficaz para generar dependencia.

El primer producto fue Gotham, una plataforma diseñada para analistas de inteligencia y operadores militares. Gotham toma datos de fuentes dispares, inteligencia de señales, imágenes satelitales, información de fuentes humanas, datos financieros, redes sociales, y los integra en una interfaz donde un analista puede visualizar conexiones que de otra manera serían invisibles. Si una red terrorista mueve dinero por tres países distintos usando intermediarios que aparecen en bases de datos separadas, Gotham puede conectar los puntos. Si un convoy militar se mueve de noche y solo aparece en una imagen térmica tomada por un dron, Gotham puede cruzar esa imagen con datos de señales interceptadas y localizar el convoy en tiempo real.

Después vino Foundry, orientado al sector comercial y a agencias gubernamentales no militares. Y más recientemente, la Artificial Intelligence Platform, que integra modelos de inteligencia artificial generativa con los datos operativos de los clientes. Pero el negocio principal siempre fue el gobierno de Estados Unidos. En 2024, el cincuenta y cinco por ciento de los ingresos de Palantir provinieron de clientes gubernamentales, y la inmensa mayoría de esos clientes eran norteamericanos.

La trayectoria de crecimiento dice mucho. De setecientos millones en ingresos en 2019 a casi tres mil millones en 2024. En 2025, el Ejército le otorgó un contrato marco de hasta diez mil millones de dólares a diez años, consolidando setenta y cinco contratos previos en un solo acuerdo. El Pentágono elevó el techo del contrato del Maven Smart System a mil trescientos millones. Más de veinte mil usuarios activos en más de treinta y cinco herramientas del Departamento de Defensa. Palantir dejó de ser una startup hace mucho tiempo. Es una institución del aparato de seguridad norteamericano, tan integrada en las operaciones del Pentágono que sería extremadamente difícil de reemplazar.

La polémica: tech workers contra contratos militares

Hay un episodio que merece atención porque ilumina una tensión cultural que todavía define la relación entre Silicon Valley y el Pentágono, aunque esa tensión se esté resolviendo de manera cada vez más clara a favor de la colaboración.

En 2017, Google firmó un contrato con el Departamento de Defensa para participar en Project Maven, un programa que usaba inteligencia artificial para analizar imágenes de drones. El contrato era relativamente modesto. Pero cuando los empleados de Google se enteraron, más de cuatro mil firmaron una petición interna exigiendo que la empresa lo cancelara. Decenas renunciaron. La carta abierta al CEO Sundar Pichai decía: "Creemos que Google no debería estar en el negocio de la guerra". Google cedió. No renovó el contrato cuando expiró en 2019.

Lo que siguió fue instructivo. El contrato que Google rechazó eventualmente encontró su camino hacia Palantir. Project Maven se transformó en el Maven Smart System, y Palantir se convirtió en su principal contratista. Alex Karp, que no tiene ningún problema en declarar públicamente que su misión es "defender Occidente" y "aterrorizar a nuestros enemigos", recibió el trabajo que Google encontraba moralmente inaceptable.

El episodio reveló dos cosas. Primero, que el rechazo moral de una empresa tecnológica a trabajar con los militares es un gesto, no una política: si Google no lo hace, otro lo hará, y el Pentágono no se queda sin software por los escrúpulos de un puñado de ingenieros de Mountain View. Segundo, que la cultura interna de Silicon Valley estaba dividida entre una corriente que veía la colaboración militar como incompatible con los valores de la industria y otra que la veía como una obligación estratégica y patriótica. Siete años después, la segunda corriente ganó. Microsoft, Amazon, Google misma a través de contratos posteriores, y por supuesto Palantir y Anduril, todas trabajan con el Pentágono. La era del "Don't be evil" como política de defensa terminó.

Karp es un personaje difícil de clasificar. Un hombre con un doctorado en filosofía neokantiana que dirige una empresa de vigilancia masiva. Se define como progresista en algunos temas y como halcón en defensa. Apoyó a Kamala Harris en 2024 pero también a las políticas de Elon Musk en DOGE. Es excéntrico, vive en un granero renovado en New Hampshire, practica tai chi, y al mismo tiempo es el CEO de la empresa que proporciona las herramientas de targeting para las operaciones militares norteamericanas. La contradicción, si es que lo es, parece no molestarle.

Ucrania: el laboratorio

Si hay un lugar donde Palantir demostró lo que puede hacer, es Ucrania. Karp fue el primer CEO de una gran empresa tecnológica occidental en visitar Kiev después de la invasión rusa, y Palantir proporcionó su software al gobierno ucraniano de forma gratuita inicialmente, como una inversión estratégica cuyo retorno vendría después, en forma de datos de combate y de reputación.

Lo que el software de Palantir hace en Ucrania es, en esencia, comprimir el ciclo de targeting. El proceso que va desde la detección de un objetivo hasta su destrucción, que en un ejército convencional puede llevar horas o días, en un ejército que opera con Palantir puede llevar minutos. El software integra imágenes de drones, datos de satélites comerciales, inteligencia de señales, reportes de campo, información de fuentes abiertas como Telegram, y los cruza en tiempo real para presentarle al comandante una imagen operativa actualizada y opciones de ataque priorizadas por algoritmos. Los modelos aprenden con cada impacto: retroalimentan los resultados para refinar la identificación de blancos futuros.

Ucrania es más pequeña que Rusia, tiene menos soldados, menos tanques, menos artillería, menos aviones. Pero gracias a software como el de Palantir, y al sistema de mando y control ucraniano Delta que se integra con estas plataformas, Ucrania pelea con una ventaja cualitativa en el procesamiento de información que compensa parcialmente su inferioridad cuantitativa. Cuando Karp dice que el software de Palantir equivale a "tener armas nucleares tácticas contra un adversario que solo tiene armas convencionales", exagera, pero no tanto como parece. La asimetría informativa es una forma real de poder militar.

En enero de 2026, Palantir y el Ministerio de Defensa ucraniano lanzaron Brave1 Dataroom, un entorno seguro para entrenar modelos de inteligencia artificial con datos reales del campo de batalla. El foco inicial es la detección e intercepción de drones tipo Shahed, los drones iraníes que Rusia lanza casi todas las noches contra ciudades ucranianas. La idea es que los ingenieros ucranianos, usando la plataforma de Palantir, desarrollen algoritmos de defensa entrenados con datos de combate real, algo que ningún laboratorio puede simular.

Pero el aspecto más significativo de la presencia de Palantir en Ucrania no es técnico sino estratégico. Como señaló un análisis de Carnegie, Palantir y empresas similares están creando algo que se podría llamar una "alianza definida por software": una forma de garantía de seguridad que no requiere tratados ni tropas, sino integración tecnológica. Los países que operan con la plataforma de Palantir pelean a velocidad OTAN sin ser miembros de la OTAN. La dependencia tecnológica funciona como una alianza de facto. Es una versión actualizada de lo que Lockheed Martin hace con el F-35, pero más rápida, más barata y más difícil de ver.

El futuro de la guerra es software, no hardware

Hay una frase que circula en los círculos de defensa norteamericanos y que Palantir repite como mantra: el futuro de la guerra es software, no hardware. La idea es que la ventaja militar decisiva del siglo XXI no va a ser quién tiene más tanques o mejores aviones sino quién puede procesar información más rápido y tomar decisiones mejores en menos tiempo.

Esto no significa que el hardware deje de importar. Los tanques siguen siendo relevantes. Los aviones siguen siendo necesarios. Pero el hardware sin software es cada vez más un activo depreciado. Un tanque sin la capacidad de recibir inteligencia en tiempo real, de integrarse en una red de batalla digital, de ser dirigido por un sistema que procesa datos satelitales y de drones simultáneamente, es un tanque del siglo XX en una guerra del siglo XXI. Rusia tiene miles de tanques. La ventaja informativa que Ucrania obtiene del software hace que muchos de esos tanques sean blancos, no amenazas.

El Pentágono parece haber entendido esto. El presupuesto de inteligencia artificial del Departamento de Defensa creció un ciento setenta por ciento entre 2022 y 2024. El Maven Smart System pasó de tener un puñado de usuarios a más de veinte mil en poco más de un año. La inversión de capital de riesgo en tecnología de defensa se multiplicó desde 2021: casi ciento treinta mil millones de dólares en cuatro años.

Palantir es el beneficiario más visible de esta tendencia, pero no es el único. Anduril, fundada por Palmer Luckey, el creador de Oculus VR, construye torres de vigilancia autónomas y sistemas de drones. Shield AI desarrolla pilotos autónomos para aeronaves no tripuladas. Scale AI proporciona datos de entrenamiento para modelos militares de inteligencia artificial. Toda una generación de empresas tecnológicas de defensa está creciendo en la intersección entre Silicon Valley y el Pentágono, y esta vez sin los escrúpulos morales que caracterizaron la década anterior.

Big Tech y el Pentágono: un matrimonio inevitable

Durante años, la relación fue incómoda. El Pentágono necesitaba la tecnología de Silicon Valley pero no sabía cómo comprarla. Sus procesos de adquisición, diseñados para contratar portaaviones y cazas, no estaban preparados para comprar software que se actualiza cada semana. Silicon Valley, por su parte, encontraba al Pentágono burocrático, lento y moralmente incómodo. Los ingenieros que construían las plataformas no querían saber que su código se usaba para localizar objetivos de drones.

Todo eso cambió. Cambió porque China mostró que no tiene ningún escrúpulo en integrar su sector tecnológico con su aparato militar. Cambió porque Ucrania demostró que la tecnología comercial puede ser decisiva en un campo de batalla real. Y cambió porque el dinero es el dinero: los contratos de defensa representan una fuente de ingresos estable, predecible y creciente en un momento donde el sector tecnológico comercial atraviesa incertidumbre.

Palantir entendió esto antes que nadie, y esa es probablemente su mayor ventaja competitiva. No tiene la mejor tecnología del mundo, aunque su tecnología es muy buena. Lo que tiene es veinte años de experiencia trabajando con las agencias más exigentes y paranoicas del gobierno norteamericano, una cultura corporativa que no se avergüenza de trabajar con militares, y una capacidad demostrada de integrar sus sistemas en operaciones de combate reales. Cuando el Ejército consolidó setenta y cinco contratos en un solo acuerdo con Palantir, no estaba comprando software. Estaba reconociendo que Palantir se había vuelto parte de su infraestructura operativa.

Hay riesgos en esto, y vale la pena mencionarlos. La concentración de capacidades de inteligencia y targeting en una sola empresa privada plantea preguntas legítimas sobre supervisión, rendición de cuentas y el poder que una corporación con fines de lucro ejerce sobre decisiones de vida y muerte. Cuando Karp dice que Palantir es "responsable de la mayor parte de la selección de blancos en Ucrania", esa afirmación, si es cierta, debería generar al menos tanta reflexión como admiración. ¿Quién audita los algoritmos? ¿Quién supervisa los criterios de targeting? ¿Qué pasa cuando un modelo de inteligencia artificial optimizado para la eficiencia comete un error que un analista humano habría detectado?

Estas preguntas no tienen respuestas fáciles, y probablemente no van a frenar la tendencia. La integración entre Big Tech y el Pentágono se va a profundizar porque las alternativas son peores. Un Pentágono que no adopta inteligencia artificial es un Pentágono que pierde ventaja frente a China. Un Silicon Valley que se niega a trabajar con los militares es un Silicon Valley que cede ese terreno a competidores con menos escrúpulos y menos capacidad. La guerra, como Clausewitz habría reconocido, se adapta a los medios disponibles. Y los medios del siglo XXI son datos, algoritmos y software.

Palantir, con todas sus contradicciones, su CEO filósofo que habla de "defender Occidente", su origen en el capital de la CIA, su nombre sacado de una novela de fantasía, es la empresa que mejor encarna esta nueva realidad. El futuro de la guerra no se parece a lo que imaginábamos. No tiene el glamour de un caza furtivo ni la espectacularidad de un bombardeo. Se parece más a un ingeniero frente a una pantalla en una oficina gris, cruzando datos de un satélite con interceptaciones de señales, mientras un algoritmo sugiere coordenadas. Es menos cinematográfico. Pero es, cada vez más, lo que decide quién gana y quién pierde.