DEFENSA

Las negociaciones de Ginebra y el reloj de Putin

27 de febrero de 2026

Mientras Witkoff y Kushner se reunían ayer con la delegación ucraniana en el Hôtel des Bergues de Ginebra, Rusia lanzó 420 drones y 39 misiles contra infraestructura energética y edificios residenciales en ocho regiones de Ucrania. Once de esos misiles eran balísticos. Decenas de heridos, incluyendo chicos. La defensa aérea ucraniana interceptó la mayoría, pero el mensaje no iba dirigido a los civiles en Járkov o Zaporiyia sino a los negociadores sentados en Suiza. El Kremlin habla con misiles cuando quiere que lo escuchen.

La reunión bilateral entre los enviados de Trump y el equipo de Umerov se centró en tres cosas: el paquete de reconstrucción de 800 mil millones de dólares, futuros canjes de prisioneros y la preparación de la próxima ronda trilateral, que según Zelensky tendría lugar a principios de marzo, probablemente en Abu Dhabi. Nueve días antes, la tercera ronda trilateral en Ginebra había terminado sin avances en lo que importa: territorio y alto el fuego. El nudo sigue siendo el Donbás. Moscú exige el control total de la óblast de Donetsk, incluyendo el cuarto que todavía controla Ucrania. Kiev rechaza cualquier cesión territorial y pide garantías de seguridad lo suficientemente sólidas como para disuadir una futura invasión. Las posiciones no se han movido.

Lo que sí se mueve es el reloj, y ahí está la asimetría que define todo el proceso. Lavrov lo dijo ayer con una claridad que merece ser leída textual: "¿Escucharon algo de nosotros sobre plazos? No tenemos plazos, tenemos tareas. Y las estamos cumpliendo". Peskov agregó que era "demasiado temprano" para hacer pronósticos sobre el estado del proceso. La postura rusa es coherente y no es nueva: negociar sin apuro, avanzar en el terreno, dejar que el tiempo erosione la posición del otro. Es lo que hicieron en Siria, en Georgia, en la primera fase de esta misma guerra. Rusia no tiene elecciones competitivas, no tiene opinión pública que discipline su calendario, y Putin no necesita un acuerdo para legitimarse. Su mandato no depende de un resultado en Ucrania. Depende de no perder.

Trump, en cambio, tiene un reloj que corre. Según reportó Axios a principios de febrero, Zelensky reveló que la administración estadounidense quiere un acuerdo antes de junio, cuando la Casa Blanca pivotea hacia las elecciones de medio término. "Las elecciones son, para ellos, definitivamente más importantes. No seamos ingenuos", dijo Zelensky. Es una lectura correcta. Un presidente que prometió terminar la guerra en 24 horas, que después lo estiró a seis meses, que después dijo que estaba siendo "un poco sarcástico", necesita algo que mostrar. No necesariamente la paz, pero sí un gesto lo suficientemente grande como para venderlo en campaña. Y los gestos en política exterior tienen fecha de vencimiento: después de junio, Ucrania compite con el Congreso por la atención de la Casa Blanca.

La pregunta que nadie en Ginebra puede responder es simple: ¿qué pasa si junio llega sin acuerdo? Las anteriores fechas límite de Trump vinieron y se fueron sin consecuencias visibles. Pero la presión sobre Kiev es real y creciente. The New York Times reportó que la administración está empujando a Ucrania a hacer concesiones, mientras que del lado ruso no hay indicios de flexibilidad. Funcionarios estadounidenses le dijeron a Politico que esperan que Kiev "acepte el acuerdo" o se arriesgue a perder apoyo militar e inteligencia. Es una ecuación brutal pero lógica para Washington: el costo político de un conflicto sin resolver es mayor que el costo moral de un acuerdo imperfecto.

Las negociaciones, vistas desde Moscú, son performativas. Rusia participa porque negarse sería costoso diplomáticamente, pero no tiene ningún incentivo para cerrar rápido. Cada semana que pasa, sus fuerzas avanzan milímetro a milímetro en el Donbás. Cada ronda sin resultado desgasta la posición ucraniana y frustra a Washington. Medinsky, el jefe de la delegación rusa, es lo que un analista británico describió como un "títere de Putin", alguien que transmite posiciones sin negociar realmente. No es un interlocutor, es un buzón.

Vistas desde Kiev, las negociaciones son existenciales. Ucrania no tiene el lujo del tiempo. Su infraestructura energética se degrada con cada oleada de misiles, su economía depende del apoyo occidental, y su posición negociadora se debilita con cada kilómetro perdido. Zelensky insiste en una cumbre directa con Putin, pero el Kremlin la condiciona a que sea la última etapa, solo para firmar lo que ya esté resuelto. Es decir: primero capitulá, después nos damos la mano.

El patrón histórico es conocido. Las guerras no se terminan cuando alguien quiere la paz. Se terminan cuando alguien no puede seguir peleando, o cuando el costo de continuar supera al de ceder. En Ucrania, ninguna de las dos partes ha llegado a ese punto. Pero hay una tercera variable, que es la que realmente importa: quién tiene más tiempo. Y en eso, la respuesta de Lavrov fue la más honesta que se escuchó en todo el día.