Venezuela dos meses después: el Pottery Barn de Trump
27 de febrero de 2026Estados Unidos capturó a un presidente sentado en su propia casa y lo sacó del país en cuatro horas. Ahora tiene que decidir qué hacer con lo que queda. La Operación Absolute Resolve del 3 de enero fue, en términos estrictamente militares, un despliegue impecable: CIA en terreno desde agosto, Delta Force ejecutando la extracción, 150 aeronaves lanzadas desde 20 bases, Maduro y Cilia Flores en el USS Iwo Jima antes del amanecer y en un tribunal de Manhattan dos días después. Murieron 83 personas, 47 soldados venezolanos y 32 cubanos de seguridad, según cifras oficiales de Caracas y La Habana. Cero bajas estadounidenses. Como demostración de capacidad militar, no hay discusión posible: nadie más en el planeta puede hacer algo así.
El problema empieza cuando Trump dice "vamos a manejar el país" hasta que haya una transición. Ahí se activa lo que Colin Powell llamó la regla del Pottery Barn: si lo rompés, es tuyo. Dos meses después, el cuadro es el siguiente. Delcy Rodríguez juró como presidenta interina el 5 de enero ante la Asamblea Nacional, recibió la espada y el bastón de mando de Bolívar a fines de ese mes, y tanto Cabello como Padrino López le juraron lealtad. La estructura chavista sigue intacta, con otra cara al frente. Un ex embajador de EE.UU. en Venezuela lo describió con precisión: Rodríguez se mueve lo más lento posible, hace lo mínimo para parecer que coopera, y apuesta a que el ciclo electoral americano diluya la presión.
María Corina Machado, la líder opositora que Washington debería estar poniendo en el centro de cualquier transición, quedó marginada. Según The Washington Post, cometió el "pecado imperdonable" de aceptar el Nobel de la Paz en vez de rechazarlo a favor de Trump. No la invitaron a la mesa. Machado dijo que Rodríguez es "una de las principales arquitectas de la represión" y que "nadie le tiene fe." Tiene razón en ambas cosas, pero en la realpolitik eso importa menos que tener al ejército de tu lado, y Rodríguez lo tiene.
El hemisferio se partió por líneas ideológicas previsibles. Milei celebró que "avanza la libertad". Noboa en Ecuador la llamó una derrota de los "narco-chavistas". Del otro lado, Lula dijo que la operación "cruza una línea inaceptable" y evocó "los peores momentos de interferencia" en la región. Petro rechazó "la agresión contra la soberanía de Venezuela y de América Latina" y pidió una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad, que se celebró el 5 de enero con apoyo de Rusia y China. Brasil, Colombia, México, Chile, Uruguay y España firmaron un comunicado conjunto rechazando la acción unilateral.
La comparación inevitable es Panamá 1989 versus Irak 2003. En Panamá, EE.UU. capturó a Noriega, instaló al presidente electo que Noriega había desconocido, y se fue. Funcionó porque había un gobierno legítimo esperando. En Irak, EE.UU. destruyó al régimen y descubrió que no tenía nada con qué reemplazarlo. Venezuela está en el medio: hay una oposición real pero desarticulada, un aparato chavista que sobrevive, y un Washington que no parece tener un plan para el día después que vaya más allá de mandar petroleras. La capacidad americana para proyectar fuerza es obscena. La pregunta de siempre es la misma: ¿y después qué?