Hay un viejo chiste entre oficiales de inteligencia occidentales: los afganos tienen algo que ningún ejército invasor puede comprar: tiempo. Los británicos lo descubrieron en 1842, los soviéticos en 1989, los americanos en 2021. Tres imperios, tres fracasos, y un país que sigue siendo esencialmente el mismo que era antes de que cualquiera de ellos llegara.

La frase "cementerio de imperios" ya es un lugar común, casi un cliché periodístico. Pero como todo cliché, esconde una verdad que vale la pena desmenuzar. No porque Afganistán tenga algo mágico en su geografía, sino porque el patrón que se repite ahí revela una lección estructural sobre los límites del poder militar convencional frente a una insurgencia que no tiene apuro por ganar.

Los británicos: la primera lección que nadie escuchó

El Gran Juego entre Gran Bretaña y Rusia por la influencia en Asia Central llevó al Imperio Británico a invadir Afganistán en 1839. La lógica era simple, casi geométrica: si Rusia avanzaba hacia el sur desde Asia Central, podía amenazar la India británica. Había que interponer un gobierno amigo en Kabul.

La invasión fue un éxito inmediato. Un ejército de unos 20.000 hombres cruzó los pasos de montaña, tomó Kandahar sin pelear, asaltó la fortaleza de Ghazni y entró en Kabul en agosto. Instalaron a Shah Shuja en el trono y dieron la misión por cumplida. El Duque de Wellington, que algo sabía de guerras, advirtió desde Londres que las dificultades reales empezarían después de la victoria militar. Nadie le prestó atención.

Lo que siguió fue un deterioro lento, casi imperceptible. Los británicos recortaron subsidios a los jefes tribales, sus oficiales se instalaron con sus familias en Kabul como si fuera un cantonment de la India, y los clérigos locales empezaron a predicar la jihad contra los ocupantes infieles. En noviembre de 1841 estalló una insurrección. Para enero de 1842, la guarnición británica negoció una retirada hacia Jalalabad, a unos 140 kilómetros. De los 4.500 soldados y 12.000 civiles que salieron de Kabul, llegó un solo hombre: el doctor William Brydon. El resto fue aniquilado en las montañas y los desfiladeros por guerreros tribales que conocían cada piedra del terreno.

Los británicos mandaron después un "ejército de retribución" que arrasó el bazar de Kabul y recuperó prisioneros, pero no se quedaron. Se fueron, y Dost Mohammad, el emir que habían sacado del poder, volvió al trono como si nada hubiera pasado. Tres años de ocupación, miles de muertos, vuelta al punto de partida.

Volverían dos veces más, en 1878 y en 1919. En la segunda guerra lograron imponer un protectorado que controlaba la política exterior afgana, pero jamás el interior del país. En la tercera, Afganistán obtuvo su independencia plena. El patrón era siempre el mismo: victoria militar inicial, incapacidad para gobernar, desgaste, retirada.

Los soviéticos: brutalidad sin resultado

En diciembre de 1979, la Unión Soviética invadió Afganistán para sostener un gobierno comunista que se desmoronaba bajo el peso de sus propias purgas y reformas impopulares. El Ejército Rojo entró con unos 30.000 hombres, que eventualmente subirían a más de 100.000.

A diferencia de los británicos, los soviéticos no tuvieron reparos en aplicar una fuerza devastadora. Bombardearon aldeas enteras, minaron el campo, destruyeron infraestructura agrícola y desplazaron millones de civiles. La estrategia era crear un vacío alrededor de la insurgencia, despojar a los muyahidines de su base de apoyo popular. La guerra produjo entre uno y dos millones de muertos afganos y generó cinco millones de refugiados, un cuarto de la población del país.

Los soviéticos controlaban las ciudades y las carreteras principales. Los muyahidines controlaban el campo y las montañas. El conflicto se estancó en esa dinámica durante años, con el ejército soviético incapaz de erradicar una guerrilla que se mimetizaba con la población y conocía el terreno con una intimidad que ningún mapa podía replicar.

El punto de inflexión fue la introducción de los misiles antiaéreos Stinger, suministrados por Estados Unidos a través de Pakistán como parte de la Operación Ciclón. Los Stinger neutralizaron la ventaja aérea soviética, que era la única superioridad que realmente importaba en ese terreno. Pero sería un error atribuir la derrota soviética exclusivamente a los Stinger. La verdad es más prosaica: los soviéticos no podían permitirse una guerra eterna en un país que no les daba nada a cambio. Gorbachov la llamó una "herida sangrante". En febrero de 1989, el último soldado soviético cruzó el puente sobre el Amu Darya de vuelta a territorio soviético. Las cifras oficiales hablan de unos 15.000 soldados soviéticos muertos y casi 50.000 heridos. El gobierno afgano que dejaron atrás sobrevivió tres años más antes de caer en 1992.

El paralelo con Vietnam es obvio y fue señalado desde el primer día de la invasión. Pero hay una diferencia clave: en Vietnam, los norvietnamitas tenían un Estado, un ejército convencional, una cadena de mando unificada y el respaldo directo de China y la Unión Soviética. En Afganistán, los muyahidines eran una confederación dispersa de grupos tribales, étnicos y religiosos que a menudo se detestaban entre sí. Y aun así ganaron. O mejor dicho, no perdieron, que en una guerra de insurgencia es lo mismo.

Los americanos: la guerra que se olvidó de sí misma

Cuando Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de 2001, la operación tenía un objetivo claro y limitado: destruir al-Qaeda y derrocar al régimen talibán que le daba refugio. En las primeras semanas, un puñado de operativos de la CIA y fuerzas especiales, apoyados por un poder aéreo aplastante y aliados locales de la Alianza del Norte, desmantelaron al gobierno talibán con una velocidad que sorprendió al mundo. Kabul cayó en noviembre. El régimen talibán se deshizo como una estructura de arena.

El problema, como siempre en Afganistán, empezó después. Lo que había sido una operación quirúrgica de contraterrorismo se transformó gradualmente en un proyecto de construcción estatal. Democratizar Afganistán. Educar a las niñas. Crear un ejército nacional. Redactar una constitución. Construir carreteras, hospitales, instituciones. El alcance de la misión se expandió sin que nadie lo decidiera explícitamente, por acumulación de objetivos bien intencionados que nadie quería abandonar.

Mientras tanto, los talibán hicieron lo que cualquier insurgencia inteligente hace cuando enfrenta un enemigo con una superioridad militar abrumadora: se replegaron. Cruzaron la frontera hacia Pakistán, se refugiaron en las áreas tribales, esperaron. Mantuvieron sus redes, sus contactos con jefes tribales pastunes, su capacidad de reclutamiento. No necesitaban ganar batallas. Necesitaban sobrevivir.

Y el tiempo jugaba a su favor. Cada año que pasaba, la voluntad política americana se erosionaba un poco más. Irak absorbió atención y recursos a partir de 2003. La opinión pública se cansó. Los ciclos electorales cambiaron prioridades. Obama aumentó las tropas en 2009 con un "surge" que llegó a casi 100.000 soldados americanos en el país, el pico de la presencia militar, pero al mismo tiempo anunció una fecha de retiro. Esa contradicción, escalar y anunciar que te vas al mismo tiempo, fue quizás el error estratégico más grave de toda la guerra. Los talibán leyeron el mensaje con total claridad.

Contrainsurgencia: por qué el débil gana

Hay una asimetría fundamental en cualquier conflicto de contrainsurgencia que favorece al insurgente. Mao la formuló con su característica concisión: el guerrillero gana si no pierde; el ejército convencional pierde si no gana. No es un juego de espejos retórico, es una descripción precisa de la dinámica.

El ejército convencional necesita resultados. Necesita justificar su presencia, su costo, sus bajas. Necesita convencer a su propia opinión pública, a su congreso, a sus contribuyentes. Opera bajo presión temporal constante. El insurgente no tiene ninguna de esas restricciones. No rinde cuentas a nadie, no tiene elecciones, no tiene prensa libre que lo cuestione. Puede perder cien batallas y seguir existiendo. Puede esperar cinco años, diez, veinte.

Los talibán entendieron esto con una claridad que los analistas occidentales tardaron años en reconocer. Su estrategia no era militar en el sentido clásico. Era política. Mantenían una presencia constante en el campo afgano, cobraban impuestos, impartían justicia, ofrecían un orden alternativo. Corrupto y brutal, sin duda, pero un orden al fin. Frente a un gobierno en Kabul plagado de corrupción, alejado de las realidades tribales del país y sostenido por bayonetas extranjeras, los talibán ofrecían algo que ningún programa de desarrollo de USAID podía ofrecer: permanencia.

Hay un dato que lo dice todo: según el inspector especial para la reconstrucción de Afganistán (SIGAR), Estados Unidos gastó 88.000 millones de dólares en entrenar y equipar al ejército nacional afgano. Ese ejército existía sobre todo en el papel. Soldados fantasma que cobraban sueldo sin presentarse. Oficiales que vendían el combustible y las municiones en el mercado negro. Unidades enteras que se rendían sin pelear cuando los talibán avanzaban. Cuando llegó la hora de la verdad, todo se evaporó en días.

20 años, 2,3 billones, vuelta al punto de partida

Las cifras son casi obscenas en su desproporción. Según el Costs of War Project de la Universidad de Brown, Estados Unidos gastó aproximadamente 2,3 billones de dólares en Afganistán entre 2001 y 2022, incluyendo operaciones militares, reconstrucción, intereses de la deuda contraída para financiar la guerra y atención médica a veteranos. Unos 2.460 militares americanos murieron. Del lado afgano, las estimaciones hablan de más de 47.000 civiles muertos y entre 66.000 y 69.000 miembros de las fuerzas de seguridad.

Y el resultado fue este: el 15 de agosto de 2021, los talibán entraron en Kabul sin disparar un tiro. El presidente Ashraf Ghani huyó del país. El ejército nacional se disolvió. Inteligencia americana había estimado cinco días antes que Kabul podía aguantar entre 30 y 90 días. Cayó en horas. En diez días, los talibán habían tomado todas las capitales provinciales. Veinte años de inversión en construcción estatal desaparecieron con una rapidez que dejó atónitos incluso a los propios talibán.

Las imágenes del aeropuerto de Kabul, con afganos desesperados colgándose de los aviones que despegaban, son el epitafio visual de todo el proyecto. Hay algo profundamente perturbador en esas imágenes que va más allá de la tragedia humanitaria inmediata: es la evidencia de que todo aquello en lo que se había invertido, las escuelas, los derechos, las instituciones, no tenía raíces. Era una construcción sostenida enteramente desde afuera. Cuando se fue el sostén, se fue todo.

La lógica del fracaso

¿Por qué tres potencias tan distintas, separadas por más de un siglo, cometieron errores tan parecidos? La respuesta no está en Afganistán sino en la naturaleza del poder imperial, que tiende a confundir capacidad militar con capacidad política.

Los tres, británicos, soviéticos y americanos, ganaron la guerra militar y perdieron la guerra política. Los tres subestimaron la resistencia de una sociedad tribal, descentralizada, acostumbrada a la guerra y profundamente hostil a cualquier forma de gobierno externo. Los tres intentaron imponer modelos políticos ajenos: un monarca títere, un Estado comunista, una democracia liberal. Y los tres se toparon con la misma realidad: Afganistán no es un Estado en el sentido westfaliano del término. Es un mosaico de lealtades étnicas, tribales y locales donde el poder central siempre ha sido débil, cuando existió.

Hay algo más que rara vez se dice con la claridad necesaria: Afganistán no tiene nada que los invasores necesiten. No hay petróleo, no hay recursos minerales explotados a escala significativa, no hay una posición estratégica que justifique un costo indefinido. Los británicos buscaban un buffer contra Rusia. Los soviéticos buscaban un satélite ideológico. Los americanos buscaban eliminar una amenaza terrorista. Ninguno tenía un interés material permanente en el país. Y sin un interés permanente, ningún imperio puede sostener una ocupación indefinida. El insurgente local sí tiene un interés permanente: es su casa.

Lo que esto le dice al poder americano

Nada de esto implica que Estados Unidos sea débil. Al contrario: es la potencia militar más formidable de la historia. Su capacidad de proyección de fuerza no tiene paralelo. Puede destruir cualquier ejército convencional del planeta en semanas. Esa capacidad es la que sostiene el orden internacional, la que disuade a potencias revisionistas, la que mantiene abiertas las rutas comerciales y las garantías de seguridad que hacen funcionar al mundo.

Pero esa misma capacidad tiene un límite preciso: no puede transformar sociedades. No puede convertir una federación tribal del siglo XII en una democracia liberal del siglo XXI por la fuerza. El poder militar puede romper cosas; construir cosas es otro asunto. Y confundir una cosa con la otra es el error que se repite en Afganistán con la regularidad de una ley natural.

La lección de Afganistán no es que la fuerza no sirve. La lección es que la fuerza sirve para objetivos limitados. Destruir al-Qaeda en 2001 fue un éxito. Quedarse veinte años para construir un Estado fue el error. Kissinger, que entendía estas cosas mejor que la mayoría, solía decir que la guerrilla gana si no pierde, el ejército convencional pierde si no gana. Es la misma fórmula de Mao, dicha con acento alemán. Y nadie parece capaz de internalizarla.

Hay una tentación, especialmente en Washington, de pensar que cada problema tiene una solución militar. Afganistán demuestra que algunos problemas simplemente no la tienen. Y que la sabiduría estratégica no consiste solo en saber cuándo pelear, sino en saber cuándo parar.