Hay guerras que definen épocas y guerras que las épocas prefieren olvidar. La Guerra de Corea es ambas cosas. Entre 1950 y 1953, en una península que la mayoría de los norteamericanos no hubiera podido ubicar en un mapa, murieron más de dos millones de personas, se enfrentaron las dos superpotencias nucleares del planeta y se estableció un orden geopolítico que, setenta años después, sigue vigente. No se firmó ninguna paz. No hubo victoria. No hubo rendición. Solo un armisticio, una línea en el mapa y un silencio incómodo que dura hasta hoy.
A la Guerra de Corea se la llama "la guerra olvidada" porque quedó aplastada entre la épica de la Segunda Guerra Mundial y el trauma de Vietnam. No tuvo su Spielberg ni su Coppola. No generó un movimiento contracultural ni una crisis de identidad nacional. Fue una guerra feroz, sangrienta e inconclusa que Estados Unidos prefirió archivar y que el resto del mundo apenas registró. Y sin embargo, pocas guerras del siglo XX moldearon tanto el tablero estratégico global como esta.
De Inchon a la frontera china: MacArthur y la soberbia
Todo empezó el 25 de junio de 1950, cuando el ejército norcoreano cruzó el paralelo 38 con unos noventa mil soldados equipados por la Unión Soviética. La invasión fue fulminante. Seúl cayó en tres días. Las fuerzas surcoreanas, mal armadas y peor entrenadas, se desbandaron hacia el sur. Estados Unidos, que había reducido drásticamente su presencia militar en Asia después de 1945, se encontró de golpe ante una crisis que no esperaba.
Truman reaccionó rápido. Consiguió una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, posible porque la Unión Soviética estaba boicoteando las sesiones y no ejerció su veto, y despachó tropas bajo bandera de las Naciones Unidas. El comando recayó sobre Douglas MacArthur, héroe de la Guerra del Pacífico, virrey de facto del Japón ocupado, un personaje de proporciones casi mitológicas cuyo ego solo era superado por su talento militar. O eso se creía.
Para agosto de 1950 la situación era desesperada. Las fuerzas de la ONU y lo que quedaba del ejército surcoreano estaban acorraladas en el perímetro de Pusán, una franja costera en el sureste de la península, resistiendo oleadas de ataques norcoreanos. La guerra parecía perdida.
Entonces MacArthur jugó su carta. El 15 de septiembre de 1950 lanzó un desembarco anfibio en Inchón, a unos ciento sesenta kilómetros detrás de las líneas enemigas y a veinticinco kilómetros de Seúl. La operación era un disparate desde el punto de vista técnico: las mareas de Inchón eran de las más extremas del mundo, el canal de acceso era estrecho y fácil de minar, y los Marines tendrían que desembarcar directamente contra los muros del puerto. Los Jefes de Estado Mayor se opusieron. Omar Bradley la calificó como el peor lugar jamás elegido para un desembarco anfibio. MacArthur insistió. "Desembarcaremos en Inchón y los aplastaré", les dijo.
Tenía razón. La Operación Chromite fue un éxito rotundo. Los norcoreanos, tomados por sorpresa, no pudieron reaccionar. Seúl fue recapturada el 26 de septiembre. Las líneas de suministro enemigas quedaron cortadas. El ejército norcoreano, atrapado entre Inchón y Pusán, se desintegró. En cuestión de semanas, de los cerca de doscientos mil soldados que habían invadido el Sur, apenas veinticinco mil lograron retirarse al norte del paralelo 38.
Inchón fue una genialidad militar. También fue el principio del desastre, porque convenció a MacArthur de que era infalible.
Envalentonado por la victoria, MacArthur presionó para cruzar el paralelo 38 y destruir al régimen norcoreano de una vez por todas. Washington, eufórico con el éxito, cedió. El 27 de septiembre los Jefes de Estado Mayor autorizaron el avance hacia el norte. Pyongyang cayó el 19 de octubre. Las tropas de la ONU avanzaron hacia el río Yalu, la frontera con China, como si la guerra ya estuviera ganada.
Pero China había advertido, a través de su embajada en India, que intervendría si las fuerzas de la ONU cruzaban el paralelo 38. MacArthur desestimó la amenaza. Del mismo modo en que había ignorado los riesgos de Inchón, ahora ignoraba las señales que llegaban desde Pekín. En la reunión de Wake Island con Truman, el 15 de octubre, MacArthur aseguró que la posibilidad de intervención china era mínima. Semanas después, cientos de miles de soldados chinos cruzaron el Yalu en silencio, sin ser detectados, y cayeron sobre las columnas de la ONU como una avalancha.
Intervención china y guerra de trincheras
Lo que siguió fue una de las debacles militares más brutales de la historia norteamericana. A finales de noviembre de 1950, cerca de doscientos cincuenta mil soldados chinos lanzaron una ofensiva masiva a lo largo de todo el frente. Las fuerzas de la ONU, dispersas en columnas separadas por kilómetros de montañas heladas, fueron golpeadas en múltiples puntos simultáneamente. La temperatura descendía a treinta grados bajo cero. Los soldados morían congelados en sus posiciones.
La batalla del embalse de Chosin se convirtió en el símbolo de esos días. Unos quince mil Marines y soldados del ejército se encontraron rodeados por fuerzas chinas que los superaban en número de manera abrumadora. La retirada hacia el puerto de Hungnam, a través de montañas heladas y bajo fuego constante, fue una de las operaciones más duras de la guerra. Los Marines lograron salir, pero el costo fue enorme, y el mito de la victoria rápida murió en la nieve de Corea del Norte.
En cuestión de semanas, todo lo ganado después de Inchón se perdió. Las fuerzas de la ONU retrocedieron por debajo del paralelo 38. Seúl volvió a caer en manos comunistas en enero de 1951. MacArthur, que semanas antes hablaba de llegar al Yalu, ahora pedía autorización para bombardear las bases chinas en Manchuria e incluso consideraba, según algunos testimonios, el uso de armas nucleares.
Truman dijo que no. La lógica era impecable desde el punto de vista estratégico: una guerra abierta con China podría arrastrar a la Unión Soviética al conflicto y provocar una tercera guerra mundial. MacArthur, que nunca tuvo especial consideración por las sutilezas de la política civil, comenzó a criticar públicamente la política de "guerra limitada" de la Casa Blanca. En marzo de 1951 emitió un comunicado en el que contradecía abiertamente la estrategia de Truman. Era un desafío directo a la autoridad civil sobre el poder militar, un principio fundacional de la república norteamericana.
El 11 de abril de 1951, Truman lo relevó del mando. La decisión provocó una tormenta política. MacArthur regresó a Estados Unidos como un héroe, pronunció su célebre discurso ante el Congreso, "los viejos soldados nunca mueren, simplemente se desvanecen", y durante unas semanas pareció que podía desafiar al propio presidente. Pero Truman tenía razón: la guerra limitada, por frustrante que fuera, era preferible a una escalada nuclear. MacArthur se desvaneció, como había prometido. Truman preservó un principio que vale más que cualquier victoria: el control civil de las fuerzas armadas.
Mientras tanto, la guerra continuó. Para mayo de 1951, las fuerzas de la ONU, ahora bajo el mando del general Matthew Ridgway, habían estabilizado el frente cerca del paralelo 38. Lo que siguió fueron dos años de guerra de posiciones, trincheras y desgaste que recuerdan más a la Primera Guerra Mundial que a la Segunda. Colinas sin nombre fueron tomadas y retomadas a un costo espantoso. El cuarenta y cinco por ciento de las bajas norteamericanas se produjo después de que comenzaran las negociaciones de armisticio, en julio de 1951. Se peleaba para ganar una posición negociadora, no para ganar la guerra. Es difícil encontrar un uso más cínico del sacrificio humano.
Armisticio sin paz: 70 años de tensión congelada
El armisticio se firmó el 27 de julio de 1953 en Panmunjom. No lo firmó Syngman Rhee, el dictador surcoreano, que se negó a aceptar cualquier acuerdo que no reunificara la península bajo su gobierno. Se estableció una zona desmilitarizada de unos cuatro kilómetros de ancho a lo largo del paralelo 38, que le concedía a Corea del Sur algo más de territorio del que tenía antes de la guerra. Después de tres años de combate, millones de muertos y la destrucción casi total de ambas Coreas, la situación geográfica era esencialmente la misma que al inicio.
Las cifras de bajas son imprecisas, como suele ocurrir en estos casos, pero las estimaciones más aceptadas hablan de alrededor de 36.500 soldados norteamericanos muertos, más de cien mil surcoreanos, entre trescientos mil y medio millón de norcoreanos, y una cifra de soldados chinos que varía enormemente según la fuente, desde los 183.000 que reconoció Pekín en 2010 hasta cifras mucho mayores. Las muertes civiles, como siempre, son las más difíciles de contar: las estimaciones más citadas oscilan entre un millón y medio y tres millones. El porcentaje de civiles entre las víctimas totales fue superior al de la Segunda Guerra Mundial y al de Vietnam. Corea fue destruida de un extremo a otro.
Lo que distingue al armisticio de Corea de otros acuerdos de cese al fuego es que nunca se transformó en paz. Técnicamente, las dos Coreas siguen en guerra. La zona desmilitarizada es la frontera más militarizada del planeta. Estados Unidos mantiene cerca de 28.500 soldados en Corea del Sur. Pyongyang desarrolló armas nucleares. Seúl se convirtió en una de las ciudades más ricas y dinámicas del mundo, a treinta y cinco kilómetros de una frontera donde un millón de soldados norcoreanos apuntan hacia el sur.
Estuve en Corea del Sur y esa cercanía se siente. Seúl es una metrópolis de veinticinco millones de personas en su área metropolitana, vibrante, moderna, con una energía que recuerda a Tokio, y sin embargo basta mirar un mapa para entender lo absurdo de su situación: la frontera más militarizada del mundo está a menos de una hora en auto. No es algo que domine la vida cotidiana de los surcoreanos, que llevan décadas conviviendo con esa realidad, pero hay una tensión de fondo, una especie de normalidad forzada que se percibe si uno presta atención. Corea del Sur construyó una de las economías más impresionantes del planeta literalmente al alcance de la artillería norcoreana.
El armisticio de 1953 no resolvió nada. Congeló un conflicto. Y los conflictos congelados, como demostró Rusia en Georgia, en Crimea y en el Donbás, tienen la desagradable tendencia de descongelarse en el peor momento posible.
Corea del Norte: el Estado imposible nacido de este conflicto
Corea del Norte es, probablemente, la creación política más extraña del siglo XX. Un Estado estalinista congelado en el tiempo, gobernado desde 1948 por una misma familia dinástica, los Kim, con un culto a la personalidad que haría ruborizar a los faraones. Un país de veinticinco millones de personas que destina una proporción grotesca de su economía al mantenimiento de un ejército de más de un millón de soldados mientras su población pasa hambre.
Lo que sostiene a Corea del Norte no es su ideología, ni su economía, ni la lealtad de su pueblo. Es la geografía y la geopolítica. El régimen de Pyongyang sobrevive porque a China le conviene que sobreviva. Un colapso norcoreano significaría una Corea reunificada bajo el modelo surcoreano, aliada de Estados Unidos, con tropas norteamericanas directamente en la frontera china. Para Pekín, Corea del Norte funciona como un Estado tapón, una molestia manejable que es preferible a la alternativa.
El programa nuclear norcoreano, que llevó a Pyongyang a realizar su primera prueba atómica en 2006, cambió la ecuación de manera fundamental. Un régimen que antes era una rareza geopolítica pasó a ser una amenaza existencial. Corea del Norte posee hoy un arsenal nuclear estimado en varias decenas de ojivas y misiles balísticos intercontinentales que, al menos en teoría, pueden alcanzar territorio continental norteamericano. Es la demostración más cruda de un principio que todo analista de defensa conoce: las armas nucleares son el gran ecualizador. No importa lo pobre que seas, no importa lo disfuncional que sea tu Estado. Si tenés la bomba, nadie te invade.
El reciente envío de tropas norcoreanas a Rusia para combatir en Ucrania añade una capa de complejidad adicional. Desde el otoño de 2024, Corea del Norte desplegó entre diez y doce mil soldados en la región rusa de Kursk, donde combatieron junto a las fuerzas rusas para recuperar territorio capturado por Ucrania. A cambio, Pyongyang recibe tecnología militar, petróleo y una relación estratégica que le permite modernizar su arsenal. La cooperación incluye también el envío de millones de proyectiles de artillería y decenas de misiles balísticos. Para un ejército que no había participado en un conflicto importante desde la propia Guerra de Corea, la experiencia en Ucrania, con drones, guerra electrónica y trincheras, es invaluable.
Es un dato que merece atención: soldados norcoreanos combatiendo en Europa, en una guerra entre Rusia y Ucrania, setenta años después de que sus abuelos pelearan contra los norteamericanos en el paralelo 38. Los hilos de la historia son más largos de lo que parecen.
Implicaciones para Taiwán y conflictos congelados
La Guerra de Corea estableció un patrón que se repite en toda la geopolítica de la Guerra Fría y de la posguerra fría: el conflicto congelado. Dos entidades políticas separadas por una línea de armisticio, sin tratado de paz, mantenidas en suspenso por el equilibrio de poder entre grandes potencias. Corea es el ejemplo más antiguo y más extremo, pero no el único.
Taiwán es la analogía más obvia y la más peligrosa. La isla, gobernada por el gobierno de la República de China desde 1949, existe en un limbo legal y estratégico que se parece mucho al de Corea antes de 1950. China reclama la isla como propia. Estados Unidos mantiene una posición de "ambigüedad estratégica" respecto a su defensa. Taiwán no es formalmente un Estado reconocido por la ONU ni por la mayoría de los países del mundo, pero funciona como una democracia próspera con una economía altamente sofisticada, y su industria de semiconductores es vital para la economía global.
La lección de Corea para Taiwán es doble. Primero, que los conflictos congelados pueden calentarse sin aviso. En junio de 1950, nadie esperaba una guerra en Corea. El propio secretario de Estado Dean Acheson, meses antes, había dejado a Corea fuera del perímetro defensivo norteamericano en Asia en un discurso público. Es posible que esa señal haya sido interpretada por Stalin y Kim Il-sung como una luz verde. Las ambigüedades estratégicas son útiles hasta que dejan de serlo.
Segundo, que el compromiso de Estados Unidos es el factor decisivo. Corea del Sur existe hoy como una democracia libre y una potencia económica porque Estados Unidos decidió pelear por ella en 1950 y mantuvo tropas en su territorio durante siete décadas. Sin esa presencia, sin esa garantía, Corea del Sur probablemente no existiría. La misma lógica aplica a Taiwán. La cuestión no es si China tiene la capacidad militar para invadir la isla. La cuestión es si Estados Unidos tiene la voluntad de defenderla. Mientras esa voluntad exista, o mientras Pekín crea que existe, la paz se mantiene.
Hay una verdad incómoda que la Guerra de Corea ilustra con brutal claridad: la paz no se mantiene con buenas intenciones ni con organismos multilaterales. Se mantiene con poder militar y con la disposición a usarlo. El Consejo de Seguridad de la ONU pudo autorizar la intervención en Corea solo porque la Unión Soviética no estaba presente para vetarla, un accidente que no se repitió. La arquitectura de seguridad que protege a Corea del Sur, a Taiwán, a Japón y a buena parte del mundo libre no descansa sobre el derecho internacional. Descansa sobre la capacidad bélica norteamericana y sobre la red de alianzas que Washington construyó después de 1945.
La Guerra de Corea fue la primera demostración de esa lógica en la era nuclear. Fue también la primera guerra en la que Estados Unidos peleó no para ganar, sino para no perder, para contener, para mantener un equilibrio. Fue una guerra sin desfile de la victoria, sin rendición en la cubierta de un acorazado. Fue, en cierto sentido, la primera guerra moderna: ambigua, limitada, políticamente frustrante, militarmente inconclusa.
Setenta años después, esa guerra sigue sin terminar. La frontera sigue ahí. Los soldados siguen ahí. Las armas nucleares están ahí. Y la pregunta que nadie puede responder es la misma que en 1950: ¿qué pasa cuando un conflicto congelado se descongela?