Carl von Clausewitz murió en 1831, a los cincuenta y un años, sin terminar su libro. De la guerra se publicó póstumamente, editado por su esposa Marie, y durante casi dos siglos ha sido el texto más citado, más discutido y más malinterpretado de la teoría militar occidental. Todo el mundo conoce la frase: "La guerra es la continuación de la política por otros medios". Casi nadie la entiende del todo. Y sin embargo, doscientos años después, no existe un marco teórico mejor para analizar por qué los Estados pelean, cómo pelean y, sobre todo, por qué tantas veces pelean mal.

Clausewitz no escribió un manual de tácticas. No le interesaba enseñar a los generales cómo desplegar tropas en un campo de batalla. Lo que intentó fue algo más ambicioso y más raro: construir una teoría de la naturaleza de la guerra. No de una guerra en particular, sino de la guerra como fenómeno humano. Y lo hizo desde la experiencia. Clausewitz se alistó en el ejército prusiano a los doce años, combatió en las guerras revolucionarias francesas, fue prisionero de Napoleón después del desastre de Jena en 1806, sirvió en el ejército ruso durante la campaña de 1812 y volvió a las filas prusianas para pelear en Waterloo. Veintidós años de guerra casi continua. De ese crisol salió De la guerra, un libro denso, incompleto, a veces contradictorio, pero que contiene intuiciones sobre la naturaleza del conflicto armado que ningún autor posterior ha superado.

La pregunta obvia es si un oficial prusiano del siglo XIX tiene algo que decirle al siglo XXI, a la era de los drones, la guerra cibernética, los misiles hipersónicos y las operaciones de información. La respuesta, que cualquier oficial profesional de cualquier ejército serio del mundo confirmará, es que sí. Y la razón es que Clausewitz no escribió sobre tecnología. Escribió sobre la lógica política de la violencia organizada, y esa lógica no cambió.

Conceptos clave: fricción, niebla de guerra, centro de gravedad

De la guerra es un libro largo y no siempre fácil, pero sus ideas centrales se pueden resumir en un puñado de conceptos que cualquier persona interesada en geopolítica debería conocer.

El primero y más importante es la subordinación de la guerra a la política. "La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios." Esto no es una descripción de cómo debería ser la guerra. Es una descripción de lo que la guerra es. Todo conflicto armado, por caótico que parezca, tiene un objetivo político. Si no lo tiene, no es guerra: es violencia sin sentido. Y si el objetivo político se pierde de vista, la guerra se desvía hacia el desastre. La historia militar está llena de casos donde los medios militares consumieron al fin político, donde la lógica de la batalla devoró la lógica de la política. Vietnam es un ejemplo. Afganistán es otro. Clausewitz diría que en ambos casos el problema no fue militar sino político: nunca se definió con claridad qué se quería lograr.

El segundo concepto es la fricción. En la teoría, un ejército se mueve según lo planificado, los suministros llegan a tiempo, las órdenes se transmiten sin error y las unidades ejecutan lo que se les pide. En la práctica, nada de eso ocurre. Todo es más lento, más complicado y más confuso de lo previsto. Clausewitz usó la metáfora de caminar en el agua: cada movimiento que en tierra firme es sencillo, en el agua requiere un esfuerzo desproporcionado. La fricción es la acumulación de pequeños obstáculos, errores, malentendidos, fallas de comunicación, problemas logísticos, clima adverso, que convierten un plan elegante en un caos. La fricción explica por qué la guerra nunca se desarrolla como se planifica. Y explica por qué la capacidad de improvisar, de adaptarse al desorden, es más importante que la capacidad de diseñar planes perfectos.

El tercero es la niebla de guerra. En cualquier conflicto, la información es incompleta, contradictoria y muchas veces falsa. Los comandantes toman decisiones con datos parciales sobre la posición del enemigo, sus intenciones, sus fuerzas. Clausewitz entendió que esta incertidumbre no es un defecto de la guerra que pueda corregirse con mejor inteligencia. Es parte constitutiva de la guerra. Es lo que la distingue de un ejercicio matemático. La guerra es el reino de la incertidumbre, escribió, y tres cuartas partes de lo que sirve de base para actuar está envuelto en una niebla más o menos espesa.

El cuarto concepto es el centro de gravedad: el punto del cual depende la capacidad del enemigo para sostener la guerra. Puede ser su ejército principal, puede ser su capital, puede ser su alianza con una potencia exterior, puede ser la voluntad de su población. Identificar correctamente el centro de gravedad del enemigo y dirigir el esfuerzo principal contra él es, para Clausewitz, la decisión estratégica fundamental. Equivocarse en esto significa desperdiciar recursos atacando objetivos secundarios mientras el enemigo conserva lo que realmente le importa.

Y finalmente, la trinidad. Clausewitz describió la guerra como una interacción entre tres fuerzas: la pasión y la violencia, que corresponden al pueblo; el azar y la probabilidad, que corresponden al comandante y al ejército; y la razón política, que corresponde al gobierno. Una guerra exitosa requiere que estas tres fuerzas estén alineadas. Cuando se desalinean, cuando el pueblo pierde la voluntad de pelear, cuando el ejército no puede traducir la pasión popular en capacidad militar, cuando el gobierno pierde de vista el objetivo político, la guerra fracasa.

Aplicación en conflictos modernos

La guerra en Ucrania es, probablemente, el mejor laboratorio clausewitziano del siglo XXI. Casi todos sus conceptos centrales se pueden observar en tiempo real.

Empecemos por la subordinación de la guerra a la política. Putin invadió Ucrania con un objetivo político que fue cambiando a medida que la realidad militar lo contradecía. El objetivo inicial parece haber sido el colapso rápido del gobierno de Zelensky y su reemplazo por un régimen afín a Moscú. Cuando eso fracasó en las primeras semanas, el objetivo mutó hacia la captura del este y el sur del país. Y cuando la contraofensiva ucraniana de 2022 recuperó Jersón y parte de Járkov, el objetivo se redujo aún más. El problema es que los objetivos políticos de Putin nunca se articularon con claridad, ni se ajustaron formalmente a la realidad militar. Clausewitz hubiera diagnosticado esto como el pecado original de la campaña: lanzar una guerra sin una definición precisa de lo que constituiría una paz aceptable.

La fricción es omnipresente. La ofensiva rusa de febrero de 2022 fue un catálogo de fricciones: columnas de blindados que se quedaron sin combustible en las rutas hacia Kiev, comunicaciones no encriptadas que fueron interceptadas por los ucranianos, unidades que no sabían que iban a una guerra hasta que cruzaron la frontera. La logística rusa, que dependía del ferrocarril y no podía sostener un avance por carretera a cientos de kilómetros de sus bases, fue la manifestación más visible de la fricción clausewitziana a escala industrial. Del lado ucraniano, la contraofensiva de 2023 tropezó con su propia fricción: campos minados rusos de una densidad sin precedentes, falta de superioridad aérea y una doctrina ofensiva aprendida de la OTAN que no podía ejecutarse sin los medios de la OTAN.

La niebla de guerra se manifiesta en la dificultad de establecer incluso los hechos más básicos del conflicto. Las cifras de bajas rusas varían enormemente según la fuente. Las intenciones estratégicas de ambos bandos se infieren, no se conocen. La información pública está contaminada por la propaganda de ambas partes y por el ruido de las redes sociales. En un conflicto donde un video de TikTok puede tener más impacto que un parte de inteligencia, la niebla de guerra no se disipó con la tecnología: se densificó.

Y el centro de gravedad es el tema más debatido. ¿Cuál es el centro de gravedad de Rusia? ¿Su ejército? ¿La voluntad de Putin? ¿La economía rusa? ¿Cuál es el de Ucrania? ¿Su ejército? ¿El apoyo occidental? Si el apoyo de Estados Unidos y Europa es el verdadero centro de gravedad ucraniano, entonces la estrategia rusa de alargar la guerra hasta que Occidente se canse tiene una lógica clausewitziana impecable. Y si la voluntad de Putin es el centro de gravedad ruso, entonces ninguna victoria en el campo de batalla ucraniano resuelve la guerra mientras Putin siga en el poder.

En Medio Oriente, la lógica clausewitziana opera de forma distinta pero igualmente visible. Israel posee una superioridad militar aplastante sobre todos sus adversarios. Pero la superioridad militar no se traduce automáticamente en victoria política. La capacidad de destruir a Hamás como organización militar no equivale a resolver el problema político que Hamás representa. Clausewitz habría observado que Israel gana las guerras pero no consigue la paz, precisamente porque el objetivo político, una solución estable al conflicto, no puede alcanzarse por medios exclusivamente militares. La guerra es la continuación de la política, pero cuando no hay política, la guerra gira en el vacío.

Por qué los estrategas militares aún lo estudian

De la guerra es lectura obligatoria en prácticamente todas las academias militares del mundo occidental. West Point, Sandhurst, Saint-Cyr, la Escuela Superior de Guerra de Francia, la Führungsakademie alemana. También se estudia en China y en Rusia, donde la tradición de lectura clausewitziana es larga. Lenin, que no era tonto, leyó a Clausewitz con atención y anotó De la guerra profusamente. Mao aplicó varios de sus principios, especialmente la primacía de lo político sobre lo militar, en la guerra revolucionaria china.

La razón por la que se sigue estudiando no es nostalgia ni inercia institucional. Es que Clausewitz ofrece algo que ningún otro teórico militar ofrece con la misma profundidad: un marco para pensar sobre la guerra que no depende de la tecnología. Sun Tzu es útil pero aforístico, más una colección de máximas que una teoría. Jomini, contemporáneo y rival de Clausewitz, ofreció una visión más sistemática pero más rígida, centrada en principios geométricos que la guerra moderna dejó atrás. Clausewitz, por el contrario, insistió en que la guerra es un fenómeno dominado por la incertidumbre, el azar y las pasiones humanas, y que cualquier teoría que intente reducirla a un conjunto de reglas fijas está condenada al fracaso.

Esto lo hace particularmente relevante en un momento donde la tentación tecnológica es enorme. Cada nueva tecnología militar, desde el avión hasta el misil nuclear, desde el dron hasta la inteligencia artificial, genera una ola de predicciones sobre cómo va a transformar la guerra de manera fundamental. Clausewitz es el antídoto contra ese determinismo tecnológico. La tecnología cambia los medios, pero no cambia la naturaleza. La guerra sigue siendo un acto de violencia para imponer la voluntad propia al adversario, sigue estando dominada por la fricción y la incertidumbre, y sigue siendo, en última instancia, un instrumento de la política.

Límites de la doctrina en guerras asimétricas

Dicho esto, Clausewitz tiene límites, y es importante ser honesto sobre ellos.

El más evidente es que Clausewitz pensó la guerra como un conflicto entre Estados. Su modelo es la guerra interestatal europea: dos gobiernos, dos ejércitos, un campo de batalla definido, objetivos políticos claros de ambos lados. Este modelo describe bien la guerra entre Rusia y Ucrania, describe razonablemente bien la guerra entre Israel y sus adversarios estatales, pero se queda corto ante la guerra asimétrica, la insurgencia y el terrorismo.

Cuando uno de los bandos no es un Estado sino una red descentralizada, como Al Qaeda o el Estado Islámico, la trinidad clausewitziana se deforma. ¿Dónde está el gobierno que define el objetivo político? ¿Dónde está el ejército que ejecuta la campaña? ¿Dónde está el pueblo cuya pasión sostiene la guerra? En una insurgencia, las tres funciones se confunden. El guerrillero es simultáneamente soldado, político y pueblo. El centro de gravedad no es un ejército que pueda ser destruido en batalla sino una idea que se propaga, una identidad que se defiende, una red que se reconstituye cada vez que se la corta.

Estados Unidos aprendió esto por las malas en Irak y en Afganistán. Ganó todas las batallas convencionales de forma aplastante. Destruyó al ejército iraquí en semanas, derrocó al Talibán en meses. Y sin embargo, perdió ambas guerras, o al menos no las ganó, porque la victoria militar no produjo la paz política que se buscaba. En Afganistán, veinte años de ocupación, un billón de dólares gastado y miles de vidas perdidas terminaron con el Talibán de vuelta en el poder, como si nada hubiera ocurrido. Clausewitz habría diagnosticado el problema con precisión: se confundió la destrucción del enemigo con el logro del objetivo político. Se ganaron las batallas y se perdió la guerra.

Otro límite es la cuestión nuclear. Clausewitz habló de la tendencia de la guerra a escalar hacia los extremos, lo que llamó la guerra absoluta. En la teoría, la lógica de la guerra empuja hacia la máxima aplicación de fuerza. En la práctica, la política limita esa escalada. Pero en la era nuclear, la escalada hacia los extremos tiene un significado literal que Clausewitz no podía imaginar. La destrucción mutua asegurada invierte la lógica clausewitziana: la guerra nuclear no puede ser continuación de ninguna política porque no deja política que continuar. La existencia del arma nuclear ha creado una categoría de conflicto que escapa al marco clausewitziano, o más bien lo confirma por la negativa: precisamente porque la guerra nuclear no puede servir a ningún fin político racional, funciona como disuasión.

Política y guerra: inseparables

El error más común al leer a Clausewitz es interpretar "la guerra es la continuación de la política" como una descripción cínica del comportamiento de los Estados. Como si Clausewitz estuviera diciendo que la guerra es un instrumento aceptable de la política, que está bien pelear cuando la diplomacia fracasa, que la violencia es simplemente otro canal de negociación. No es eso lo que dice, o al menos no es solo eso.

Lo que Clausewitz dice, y esto es lo realmente profundo, es que la guerra no puede entenderse fuera de la política. Que la guerra no tiene lógica propia. Que cada vez que un militar o un político intenta separar la guerra de su contexto político, comete un error que puede ser fatal. MacArthur en Corea quería ganar la guerra sin importar las consecuencias políticas. Truman entendió que la guerra sin dirección política es una fuerza ciega. Los generales norteamericanos en Vietnam creían que con suficiente potencia de fuego podían ganar la guerra. No podían, porque la guerra no era un problema militar: era un problema político que no tenía solución militar.

Esta insistencia en la primacía de lo político es, paradójicamente, la idea más subversiva de Clausewitz. Porque implica que la responsabilidad última de la guerra recae sobre los políticos, no sobre los militares. Implica que un gobierno que lanza una guerra sin un objetivo político claro, sin una definición de qué constituye una paz aceptable, sin una estrategia para pasar de la victoria militar a la estabilidad política, no está haciendo la guerra: está generando violencia sin propósito. Implica, también, que los militares que operan sin dirección política clara están condenados a ganar batallas que no resuelven nada.

Hay una tentación, en cierto tipo de pensamiento contemporáneo, de creer que la guerra es un anacronismo, que el comercio global, las instituciones multilaterales y la interdependencia económica la han vuelto obsoleta. Esta idea, atractiva en abstracto, se estrella contra la realidad cada pocos años. Ucrania, Gaza, el Sahel, Myanmar, Sudán. La guerra no desapareció. Se transformó, se fragmentó, se volvió más compleja, pero sigue ahí. Y mientras siga ahí, Clausewitz sigue siendo relevante.

La paz, como entendía Clausewitz y como entiende cualquier persona con una visión realista del mundo, no es el estado natural de las cosas. Es un logro, frágil y temporal, que se sostiene sobre el equilibrio de poder, la disuasión y la voluntad de los Estados de defender sus intereses. La guerra no es lo opuesto de la política. Es su sombra. Y quien no entienda eso, no entiende ni la guerra ni la paz.

Clausewitz, un oficial prusiano que murió de cólera en 1831 sin terminar su libro, entendió esto mejor que la mayoría de los analistas que escriben hoy. No porque fuera un genio abstracto sino porque pasó veintidós años en campos de batalla y aprendió, de la manera más directa posible, que la guerra es una actividad humana gobernada por la política, deformada por el azar y sostenida por la pasión. Eso no cambió en doscientos años. No va a cambiar.