En septiembre de 2020, mientras el mundo miraba para otro lado, ocupado con la pandemia y la campaña electoral estadounidense, Azerbaiyán lanzó una ofensiva militar contra las fuerzas armenias en Nagorno-Karabaj. La guerra duró 44 días. Cuando terminó, Armenia había perdido el control de un territorio que ocupaba desde los años noventa, miles de soldados habían muerto, y los analistas militares del mundo entero tenían que reescribir un par de capítulos de sus manuales.
Lo que pasó en el sur del Cáucaso no fue solo una guerra regional entre dos países pequeños con un conflicto enquistado desde la disolución soviética. Fue un laboratorio. El primer conflicto convencional entre dos ejércitos regulares donde los vehículos aéreos no tripulados, los drones, demostraron que podían definir el resultado. No como complemento, no como herramienta auxiliar: como factor decisivo.
Un conflicto congelado que se descongeló
Para entender lo que pasó hay que retroceder un poco. Nagorno-Karabaj es un enclave montañoso, de mayoría étnica armenia, que pertenece formalmente a Azerbaiyán. A principios de los noventa, tras una guerra sangrienta que dejó unos 30.000 muertos, Armenia tomó el control del territorio y de siete distritos azerbaiyanos circundantes. Un alto el fuego congeló la situación en 1994. Durante más de dos décadas, la línea de contacto se mantuvo más o menos estable, con escaramuzas periódicas y negociaciones que no iban a ningún lado.
Armenia, respaldada por Rusia, confiaba en la disuasión clásica: trincheras, artillería, tanques T-72 heredados de la Unión Soviética, y un sistema de defensa aérea que en el papel parecía respetable. Azerbaiyán, enriquecido por el petróleo del Caspio, dedicó años a modernizar su ejército. Compró armas rusas, turcas e israelíes. Pero sobre todo hizo algo que nadie vio venir, o que muchos prefirieron no ver: apostó fuerte por los drones.
En junio de 2020, apenas tres meses antes de la guerra, Azerbaiyán completó la compra de los Bayraktar TB2, el drone táctico turco que ya había demostrado su eficacia en Siria y Libia. A eso le sumó un arsenal considerable de municiones de merodeo israelíes, los llamados "drones suicidas": el IAI Harop, el Orbiter 1K y el SkyStriker. Plataformas diseñadas para vagar sobre un área de operaciones hasta detectar un objetivo y estrellarse contra él con una carga explosiva.
44 días
La ofensiva azerbaiyana comenzó el 27 de septiembre. Los primeros días mostraron un patrón que se repetiría hasta el final: los drones TB2, volando a altitudes donde las defensas antiaéreas armenias no podían alcanzarlos, identificaban posiciones, guiaban artillería y lanzaban municiones guiadas por láser. En paralelo, los Harop israelíes se lanzaban como misiles inteligentes contra radares y sistemas de defensa aérea.
Los armenios tenían, en teoría, un paraguas defensivo: sistemas Strela-10, Osa, Kub, Krug, y los más capaces S-300 y Tor. Pero esos sistemas fueron diseñados en la era soviética para enfrentar amenazas muy distintas, aviones rápidos volando alto, no aparatos pequeños y lentos operando a altitudes intermedias. Los Strela y los Osa no tenían alcance suficiente contra los TB2. Los S-300 y los Krug estaban optimizados para blancos más grandes y veloces: para sus radares, los drones eran prácticamente invisibles. Solo el Tor representaba una amenaza real para el TB2, pero Armenia tenía apenas un puñado de unidades, quizás seis, una cantidad insuficiente para cubrir el frente.
Azerbaiyán, además, tuvo una idea ingeniosa y brutal: modificó viejos biplanos soviéticos An-2 con sistemas de control remoto y los envió como señuelos. Los armenios, al intentar derribarlos, revelaban la posición de sus baterías antiaéreas. Los drones israelíes hacían el resto.
Según los datos verificados por el grupo holandés Oryx, que documenta pérdidas militares con evidencia fotográfica, Armenia perdió más de 240 tanques, cerca de 80 vehículos blindados, decenas de sistemas de artillería y lanzacohetes múltiples, y una cantidad significativa de camiones y vehículos logísticos. La asimetría fue brutal: Azerbaiyán, según las mismas fuentes, perdió unas 60 unidades blindadas. La diferencia se explica, en buena medida, por la capacidad aérea no tripulada.
El presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, afirmó que sus fuerzas destruyeron equipamiento armenio por un valor superior a los mil millones de dólares con los drones que había comprado a Turquía. Hay que tomar las cifras con pinzas, como toda declaración de un mandatario en contexto bélico, pero la proporción general no se discute seriamente.
Lo que hicieron los drones
Conviene ser preciso sobre qué hicieron exactamente los drones y qué no. La narrativa dominante después de la guerra, amplificada por los videos espectaculares que Azerbaiyán publicó en redes sociales y en pantallas gigantes en Bakú, fue que los TB2 habían ganado la guerra solos. Eso es una simplificación.
Lo que los drones hicieron fue destruir la capacidad armenia de operar con blindados y artillería al descubierto. Cada vez que una columna de tanques se movía, cada vez que una batería de artillería se reposicionaba, había un drone mirando desde arriba. El reconocimiento era permanente, las 24 horas, los 7 días. Y la respuesta era inmediata: una munición guiada desde el TB2, un Harop en picada, o coordenadas transmitidas a la artillería de cohetes azerbaiyana.
Esto obligó a los armenios a esconderse. Y un ejército que se esconde no puede maniobrar, no puede contraatacar, no puede sostener una línea defensiva dinámica. Las trincheras estáticas se convirtieron en trampas.
Lo que los drones no hicieron fue tomar territorio. Eso lo hizo la infantería azerbaiyana, que avanzó por el sur, por las zonas menos montañosas, combinando fuego de artillería con movimientos terrestres. La toma de Shusha, la ciudad estratégica cuya caída precipitó el alto el fuego del 10 de noviembre, fue una operación de fuerzas especiales por terreno montañoso, no un ataque con drones.
La guerra fue un ejercicio de armas combinadas, no un espectáculo aéreo. Pero sin los drones, Azerbaiyán no habría podido neutralizar las defensas armenias con la velocidad y la economía de fuerza que lo hizo. Esa es la lección central.
Turquía no solamente exportó drones: exportó doctrina
Un detalle que suele pasar inadvertido es que Turquía no vendió solamente hardware. Proporcionó operadores, entrenamiento, doctrina operativa y, crucialmente, sistemas de guerra electrónica. El sistema turco KORAL se utilizó para interferir los radares armenios, cegando sus defensas antiaéreas justo antes de que los drones las atacaran. Es decir: no fue solo el drone, sino el ecosistema completo de detección, interferencia y ataque lo que marcó la diferencia.
También se reportó la presencia de F-16 turcos en bases azerbaiyanas, desplegados oficialmente para ejercicios conjuntos justo antes de la guerra y que convenientemente nunca volvieron a casa. Su función probable no era combatir sino disuadir a la fuerza aérea armenia de intervenir.
Para Turquía, la guerra de Nagorno-Karabaj fue el evento publicitario definitivo. Antes de 2020, el TB2 ya había operado en Siria contra las fuerzas del régimen de Assad y en Libia contra las tropas de Haftar. Pero Nagorno-Karabaj fue el caso donde todo salió bien, donde el drone demostró que un país con recursos limitados podía anular las ventajas de un ejército convencional equipado con material soviético.
El impacto comercial fue inmediato. Baykar, la empresa fabricante del TB2, dirigida por Selçuk Bayraktar (yerno del presidente Erdogan), pasó de ser un fabricante modesto a convertirse en el mayor exportador de drones de combate del mundo. Sus exportaciones alcanzaron 1.800 millones de dólares en 2023 y 2024, y 2.200 millones en 2025. La empresa tiene contratos con 36 países para el TB2 y 16 para su drone pesado, el Akıncı. Turquía controla, según estimaciones del Center for a New American Security, alrededor del 65% del mercado mundial de exportación de drones de combate.
Lo que hace al TB2 tan atractivo no es que sea el mejor drone del mundo. No lo es. Su alcance es limitado, su carga útil modesta, su velocidad la de una avioneta. Frente a defensas antiaéreas modernas y bien integradas, es vulnerable. Lo que lo hace atractivo es su precio. Un paquete de seis TB2 con estación de control, armas, equipamiento y entrenamiento costaba alrededor de 67 millones de dólares según el contrato turco-polaco de 2021. Para comparar: doce MQ-9B Protector estadounidenses se vendieron a Australia por 1.600 millones. Es una relación de costos que cambia las reglas del juego para cualquier país con presupuesto acotado.
Lo que los ejércitos convencionales no quisieron ver
La reacción de los grandes ejércitos del mundo a la guerra de 2020 fue curiosa. Hubo análisis, reportes, conferencias, papers académicos. Y después, en muchos casos, nada. El problema es que reconocer las implicaciones de Nagorno-Karabaj exige cuestionar inversiones multimillonarias en plataformas convencionales.
Si un drone de seis millones de dólares puede destruir un tanque de cincuenta millones, ¿cuál es el sentido de seguir comprando tanques en las cantidades tradicionales? Si un enjambre de municiones de merodeo puede neutralizar un sistema de defensa aérea de varios cientos de millones, ¿cuánto sentido tiene construir toda tu doctrina defensiva alrededor de esos sistemas?
Son preguntas incómodas. Y como toda pregunta incómoda, fue más fácil minimizarla que responderla. Se dijo que Armenia tenía defensas obsoletas (cierto), que no había operado sus sistemas correctamente (probable), que el terreno era peculiar (discutible), que una guerra entre potencias serias sería diferente (quizás). Todo eso es parcialmente válido. Pero eludir el punto central: que plataformas aéreas baratas, prescindibles y de fácil producción pueden anular ventajas de material pesado.
Rusia, que debería haber prestado más atención que nadie, ya que Armenia era su aliado y muchos de los sistemas destruidos eran de fabricación rusa, no aprendió la lección. Cuando invadió Ucrania en febrero de 2022, mandó columnas de blindados por rutas predecibles, con escasa cobertura antidrone, y sufrió pérdidas catastróficas en las primeras semanas. Los mismos TB2 que habían demolido armenios en el Cáucaso aparecieron sobre columnas rusas en Ucrania, y el resultado fue parecido. Hasta que Moscú adaptó sus tácticas, incorporó guerra electrónica a gran escala y obligó a los TB2 a un papel más marginal, la lección costó miles de vidas y equipos.
Taiwán, Corea y lo que viene
Si Nagorno-Karabaj demostró algo que trasciende la especificidad del Cáucaso, es que los drones democratizan la capacidad de ataque aéreo. Ya no hace falta una fuerza aérea de cazas de quinta generación para proyectar poder desde el aire. Un país pequeño con dinero suficiente puede comprar capacidades que hace veinte años eran exclusivas de las grandes potencias.
Esto tiene implicaciones directas para los escenarios que más preocupan a los planificadores militares en Washington.
Taiwán lo entendió rápido. Desde 2022, la isla aceleró un programa masivo de producción de drones domésticos. El gobierno lanzó el "Drone National Team", una iniciativa para integrar fabricantes privados en la base industrial de defensa. En 2024, Taiwán producía unas 10.000 unidades al año. El objetivo para 2028 es 180.000 anuales. En 2025, el Ministerio de Defensa anunció la adquisición de casi 50.000 drones en dos años, con un presupuesto de 1.500 millones de dólares.
La lógica es directa: ante un ejército de invasión chino que cruzara el estrecho, Taiwán no puede competir en cantidad de barcos, aviones o soldados. Pero si puede producir drones baratos en masa, drones que ataquen lanchas de desembarco, que localicen posiciones anfibias, que saturen las defensas aéreas del invasor, la ecuación cambia. Un drone de algunos cientos de miles de dólares hundiendo una lancha de desembarco con cientos de soldados es una asimetría que cualquier planificador militar entiende.
La filosofía que está adoptando Taipei, tratar a los drones como munición descartable, no como plataformas preciadas, es directamente heredera de lo que se vio en Nagorno-Karabaj y después en Ucrania. La idea es que en un conflicto de alta intensidad se van a consumir miles de drones por día. Lo que importa no es la sofisticación individual de cada aparato sino la capacidad industrial de producirlos más rápido de lo que el enemigo puede destruirlos.
En la península coreana, el cálculo es similar aunque el contexto difiere. Corea del Norte tiene la mayor concentración de artillería convencional del mundo apuntando a Seúl. La capacidad de identificar y destruir esas posiciones con drones, antes de que disparen o inmediatamente después, es un multiplicador de fuerza que Corea del Sur no puede ignorar.
La verdadera lección
Nagorno-Karabaj no anunció el fin de los tanques ni el fin de la artillería, como algunos entusiastas proclamaron apresuradamente. Lo que anunció fue el fin de la impunidad del movimiento terrestre sin superioridad aérea. En el pasado, un ejército podía mover blindados y artillería con cierto grado de protección si el cielo estaba disputado. Hoy, si el adversario tiene drones, el cielo nunca está vacío. Siempre hay algo mirando.
La consecuencia más profunda es económica. Los drones comprimen el costo del poder aéreo de una forma que altera la lógica estratégica. Un F-35 cuesta más de cien millones de dólares. Un TB2 cuesta una fracción. Obviamente no son equivalentes, el F-35 puede hacer cosas que el TB2 no puede ni soñar. Pero para destruir un tanque en un campo de batalla, muchas veces alcanza con el drone barato. Y si te derriban el drone, perdiste unos pocos millones. Si te derriban el caza, perdiste una fortuna y un piloto entrenado durante años.
Esto no significa que los aviones de combate tripulados vayan a desaparecer. Significa que la composición de las fuerzas armadas va a cambiar: menos plataformas exquisitas, más plataformas prescindibles. Menos concentración, más distribución. La guerra del futuro se parece menos a una partida de ajedrez con piezas valiosas y más a una inundación de peones descartables, cada uno con una carga explosiva y un ojo electrónico.
Nagorno-Karabaj fue la primera demostración a gran escala de este principio. Ucrania fue la confirmación. Lo que venga después, si es que viene, será la consecuencia lógica de un cambio que empezó en las montañas del Cáucaso, en otoño de 2020, mientras el mundo miraba para otro lado.