La frase la dice Frodo, citando a Bilbo, en el camino a Crickhollow, al principio de todo: "It's a dangerous business, Frodo, going out your door. You step onto the road, and if you don't keep your feet, there's no knowing where you might be swept off to." Es una de esas líneas que Tolkien tira como al pasar, sin énfasis, metida en una conversación entre hobbits que van caminando por la Comarca, y que sin embargo contiene la tesis entera de su obra.
Salir de tu casa es peligroso. No salir es peor.
Los hobbits son las criaturas más domésticas de la Tierra Media. Comen seis veces al día. Fuman pipa en el jardín. No les interesan las aventuras, las consideran molestas, impuntuales, cosas que te hacen llegar tarde a cenar. Su ideal de vida es una casa cómoda con buena despensa y ninguna sorpresa. Tolkien los describe con cariño evidente, porque Tolkien era, en muchos sentidos, un hobbit: un tipo de costumbres fijas, que amaba su jardín, su pipa, su cerveza, su rutina académica en Oxford, y que miraba el mundo moderno con una mezcla de desconfianza y tristeza.
Pero Tolkien, que era un hobbit, escribió libros sobre hobbits que salen de su casa. Esa es la tensión fundamental. No escribió sobre elfos que buscan aventuras, lo cual habría sido fácil, porque los elfos son inmortales y curiosos y no tienen nada que perder. Escribió sobre hobbits, sobre criaturas para las cuales la aventura es la cosa menos natural del mundo, la más costosa, la más contraria a todo lo que son. Y precisamente por eso, la más necesaria.
Bilbo no quiere ir con los enanos. El primer capítulo de El Hobbit es la historia de un tipo que intenta con todas sus fuerzas no ser arrastrado a una aventura. Gandalf aparece, los enanos invaden su casa, le comen toda la comida, le cantan una canción sobre una montaña lejana, y Bilbo dice que no, que a él no le interesan estas cosas, que es un Bolsón respetable. Y al día siguiente sale corriendo detrás de ellos sin ni siquiera llevarse un pañuelo. ¿Por qué? Tolkien no da una razón psicológica clara. Dice que algo se despertó en Bilbo, algo Tuk, algo que venía de la rama aventurera de su familia, y que ese algo fue más fuerte que la comodidad.
Es tentador leer eso como un tropo narrativo: el héroe reticente que acepta el llamado. Campbell lo sistematizó, Hollywood lo convirtió en fórmula. Pero en Tolkien es otra cosa. En Tolkien la aventura no es un arco dramático. Es una necesidad espiritual. Bilbo no sale de su casa para volverse un héroe. Sale porque quedarse sería una forma de muerte, una muerte cómoda, calentita, bien alimentada, pero muerte al fin. La Comarca sin aventura es un paraíso que se convierte en cárcel. Tolkien lo muestra al final de El Señor de los Anillos, cuando los hobbits vuelven y descubren que la Comarca fue tomada por Saruman: el lugar seguro dejó de ser seguro porque la seguridad absoluta no existe, y los que creyeron que podían ignorar el mundo de afuera descubrieron que el mundo de afuera no los ignoraba a ellos.
Frodo repite el patrón de Bilbo pero en un registro más oscuro. Bilbo sale de aventura y vuelve más rico y más sabio, con un anillo mágico en el bolsillo y buenas historias para contar. Frodo sale y no vuelve realmente. Vuelve a la Comarca, sí, pero ya no puede vivir ahí. Está roto. El Anillo lo dañó de maneras que no se curan, y al final se va a los Puertos Grises con los elfos, hacia el Oeste, hacia algo que no es exactamente la muerte pero que tampoco es la vida como la conocía. La aventura le costó todo. Y Tolkien, que no era ingenuo, no pretende que el costo sea menor del que es. No hay recompensa proporcional. No hay final feliz en el sentido convencional. Hay un tipo que hizo lo que tenía que hacer y que pagó el precio.
Esto es lo que separa a Tolkien de la fantasía genérica que vino después. En la fantasía genérica, la aventura es deseable. Es divertida, es emocionante, tiene recompensas. El héroe sale, pelea, gana, vuelve con gloria. En Tolkien, la aventura es necesaria pero no deseable. Es algo que te rompe. Que te cambia de maneras que no elegiste. Que te aleja de las cosas que amabas y que no te deja volver del todo. Sam puede volver a la Comarca y plantar su jardín y criar a sus hijos. Frodo no. La aventura afecta distinto a cada uno, y a algunos los afecta de maneras que no tienen arreglo.
Hay algo profundamente católico en esta visión, y creo que no se puede entender a Tolkien sin entender esto. En el catolicismo, la vocación no es una elección de carrera. Es un llamado. Algo que viene de afuera, que te pide algo que no querés dar, que te saca de tu comodidad y te pone en un camino que no diseñaste. La respuesta correcta al llamado no es entusiasmo sino obediencia, y la obediencia tiene un costo que nadie te puede anticipar. Los santos no son tipos que la pasaron bien. Son tipos que dijeron que sí a algo que los destruyó y los reconstruyó en otra cosa. Frodo es una versión laica de eso: alguien que dijo que sí y que fue destruido y reconstruido, y que la versión reconstruida ya no encaja en el mundo donde vivía antes.
En un mundo como el nuestro, que optimiza la comodidad con una eficiencia sin precedentes en la historia humana, la idea de que la comodidad es insuficiente suena casi ofensiva. Tenemos comida a domicilio, entretenimiento infinito, temperatura controlada, riesgo minimizado. Podemos vivir vidas enteras sin salir de nuestra Comarca particular. Y sin embargo, algo falla. Las tasas de depresión y ansiedad en el mundo desarrollado son las más altas de la historia. La gente tiene todo lo que necesita y se siente vacía. Se medica, se distrae, se anestesia, y el vacío sigue ahí.
Tolkien diagnosticó esto en 1937, antes de los smartphones, antes de internet, antes de que la comodidad industrial alcanzara su forma actual. Lo diagnosticó porque era un medievalista que conocía un mundo donde la comodidad no existía y donde la vida tenía una intensidad que la modernidad sacrificó en el altar de la seguridad. No idealizaba la Edad Media, no era un reaccionario ingenuo que quisiera volver a las plagas y a la servidumbre. Pero entendía que algo se perdió en la transacción, algo que tiene que ver con el riesgo, con la exposición a lo desconocido, con la posibilidad real de fracasar, de sufrir, de no volver.
La aventura, para Tolkien, no es turismo. No es un gap year. No es hacer paracaidismo o recorrer el Sudeste Asiático con una mochila. La aventura es la disposición a ser transformado por algo que no controlás. Es decirle que sí a un camino cuyo final no podés ver. Es salir de tu puerta sabiendo que lo que hay del otro lado puede destruirte, y salir igual, no por valentía sino por la intuición de que quedarte te destruiría de una manera peor: lenta, silenciosa, por acumulación de días iguales.
"It's a dangerous business, going out your door." Sí. Y no salir es el negocio más peligroso de todos.