"Pierre Menard, autor del Quijote" se publicó en 1939 en la revista Sur. Borges tenía treinta y nueve años. Todavía no era ciego, todavía no era famoso, todavía era un escritor argentino que publicaba en revistas locales y que pocos leían fuera de Buenos Aires. Y escribió, en un cuento de pocas páginas disfrazado de nota necrológica, una de las ideas más radicales que alguien haya tenido sobre lo que significa leer.
La premisa hay que tomarla con cuidado porque parece un chiste y lo es, pero no solamente. Pierre Menard es un escritor francés del siglo XX, simbolista menor, autor de una obra visible que el narrador enumera con la meticulosidad pedante de un académico que confunde la exhaustividad con la importancia. Monografías sobre Leibniz, sobre el juego de ajedrez, sobre la métrica, sobre Valéry. Una producción decorosa y olvidable. Pero Menard tiene una obra invisible, que es la que importa: los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, y un fragmento del capítulo veintidós.
No los copió. No los transcribió. No los parafraseó. Los escribió. Llegó, por su propia experiencia vital, por su propia acumulación de lecturas y reflexiones, a las mismas palabras exactas que Cervantes había escrito tres siglos antes. Palabra por palabra. Coma por coma.
Y Borges, con una cara de póker que se sostiene de principio a fin del cuento sin quebrarse ni una vez, argumenta que el texto de Menard es superior al de Cervantes.
El ejemplo es célebre. Borges compara un fragmento del capítulo noveno del Quijote. En la versión de Cervantes, el narrador habla de la historia como madre de la verdad. Borges señala que en boca de Cervantes, un ingenio lego del siglo XVII, la idea es un elogio retórico de la historia, casi un lugar común. Pero en boca de Menard, un contemporáneo de William James y Bertrand Russell, la misma frase se convierte en otra cosa. Después del pragmatismo, después de la crisis de la verdad objetiva, decir que la historia es madre de la verdad ya no es un elogio convencional. Es una afirmación filosófica audaz, casi irónica, cargada de un escepticismo que Cervantes no podía tener porque las condiciones intelectuales de ese escepticismo no existían todavía.
Las mismas palabras. Significado distinto. No porque las palabras cambien sino porque el que las escribe es otro.
Eso es lo que el cuento dice, y es una idea que cuando la entendés cambia la forma en que leés todo lo demás.
Hay que detenerse un momento en lo que Borges no hace, porque lo que no hace es parte de la genialidad del cuento.
No explica la idea. No la formula como tesis. No dice "el significado de un texto depende de su contexto de producción y recepción", que es la versión académica de lo que está diciendo y que es mortalmente aburrida. Lo que hace es crear una situación ficticia donde la idea se demuestra sola, sin necesidad de argumentación. El lector no recibe una proposición. Recibe una experiencia: la experiencia de leer el mismo texto dos veces, atribuido a dos autores distintos, y descubrir que efectivamente suena distinto. No necesitás que nadie te convenza. Lo sentís.
Esa es la ventaja de Borges sobre los teóricos que llegaron después a conclusiones similares. La estética de la recepción, la escuela de Constanza, Hans Robert Jauss, Wolfgang Iser, todo eso vino décadas más tarde y dice, en esencia, que el sentido de un texto no está fijado por el autor sino que se actualiza en cada acto de lectura, que el lector es co-creador del significado, que un texto es una partitura que cada época ejecuta de manera distinta. Es correcto. Y es lo que Borges dijo en 1939, en un cuento que además es gracioso, que es algo que no se puede decir de ningún artículo de la escuela de Constanza.
Lo que "Pierre Menard" descubre, o inventa, o demuestra, según cómo quieras verlo, es que la lectura es una forma de la creación. No en el sentido blando y halagador de "cada lector interpreta a su manera", que es una banalidad. En un sentido fuerte: cada lectura produce un texto nuevo. El Quijote que lee un español del siglo XVII no es el mismo Quijote que lee un argentino del siglo XX. No metafóricamente. Literalmente. Porque el significado no está en las palabras. Está en la relación entre las palabras y la mente que las recibe, y como ninguna mente es igual a otra y ninguna época es igual a otra, ningún texto es igual a sí mismo.
Esto tiene una consecuencia que es vertiginosa si la pensás hasta el final: no existe un texto. Existen tantos textos como lecturas. El Quijote de Cervantes no es uno sino millones, tantos como personas lo leyeron, y cada uno de esos millones es legítimo, y ninguno es definitivo, y el propio Cervantes no tiene privilegio interpretativo sobre su obra, porque Cervantes, cuando releía su propio texto, ya era otro que el que lo escribió.
Borges no dice todo esto explícitamente en "Pierre Menard". No necesita. El cuento lo implica, y las implicaciones son más poderosas que las declaraciones porque el lector las descubre solo, que es siempre la mejor manera de descubrir algo.
Hay otro nivel del cuento que se pierde si uno se concentra solo en la idea filosófica, y es el nivel cómico. "Pierre Menard" es muy gracioso. Es gracioso de una manera seca, contenida, perfectamente calibrada, que es la manera en que Borges es gracioso cuando decide serlo.
El narrador es un pedante. Un tipo que escribe la nota necrológica de Menard con la solemnidad de quien está seguro de estar haciendo historia literaria y que no se da cuenta de que lo que describe es absurdo. Enumera la obra visible de Menard con una seriedad que es cómica precisamente por su seriedad: artículos sobre Descartes, sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando un peón, sobre un poema en alejandrinos que invierte el orden cronológico. Son títulos que suenan plausibles y que son delicadamente ridículos, y el narrador los presenta como si fueran contribuciones importantes al pensamiento humano.
Ese tono, el tono del erudito que no sabe que es cómico, es una de las invenciones formales más brillantes de Borges. Le permite decir cosas radicales con cara de nada. Le permite ser profundo sin parecer solemne. Y le permite al lector la experiencia, que es una de las mejores experiencias de la lectura, de darse cuenta de que está leyendo algo más inteligente de lo que parece.
La ironía de "Pierre Menard" opera en múltiples niveles simultáneos. Es una parodia de la crítica literaria académica, con su tendencia a encontrar profundidad donde no la hay y a perderse la que sí la hay. Es una broma sobre la noción de originalidad, porque Menard produce algo absolutamente original, un texto que nadie escribió antes, que resulta ser palabra por palabra idéntico a un texto que ya existía. Es una reflexión sobre la vanidad literaria, sobre la diferencia entre la obra y la reputación, sobre la posibilidad de que la obra más importante de un escritor sea algo que nadie reconoce como suyo.
Todo eso convive en un cuento de pocas páginas sin que ningún nivel interfiera con los demás. Es como uno de esos mecanismos de relojería donde cada pieza cumple varias funciones: el chiste es la filosofía, la filosofía es la parodia, la parodia es la confesión, y la confesión es el chiste.
Cada vez que leés algo, sos Pierre Menard. El texto es el mismo. Vos no. El libro que leíste a los veinte y que releés a los cuarenta es el mismo libro y es otro libro, porque vos sos otro, y tu otredad transforma las palabras que no cambiaron. El Quijote que lee alguien que no sabe nada de caballería andante es un libro distinto del que lee alguien que conoce los libros que Cervantes parodia. La Biblia que lee un creyente es un libro distinto de la que lee un ateo. No mejor ni peor. Distinto. Porque el significado no está en la tinta. Está en el espacio entre la tinta y los ojos.
Borges inventó esa idea en 1939, en una revista de Buenos Aires, disfrazada de nota necrológica sobre un escritor que no existió. Los alemanes tardaron treinta años en llegar a lo mismo por otro camino, con aparato teórico, con terminología especializada, con congresos y publicaciones académicas. Borges lo hizo en un cuento que además te hace reír. Hay algo en eso que confirma la tesis del propio cuento: a veces, el mismo contenido expresado de distinta manera por distinta gente en distinto momento produce resultados radicalmente diferentes. La estética de la recepción como disciplina académica es una contribución respetable al pensamiento literario. "Pierre Menard, autor del Quijote" es una obra maestra. Dicen lo mismo. No son lo mismo.