Logan Roy muere en el tercer episodio de la cuarta temporada, en un avión sobre el Atlántico, y lo que pasa después es exactamente lo que pasó siempre que un monarca murió sin haber resuelto la sucesión: caos, traición, alianzas de conveniencia y la revelación brutal de que todo lo que parecía sólido dependía de una sola persona.
No es una exageración. Succession es, debajo de todo, una serie sobre el problema político más antiguo del mundo. No sobre medios, no sobre el capitalismo tardío, no sobre la familia disfuncional como género televisivo. Sobre sucesión dinástica. Sobre esa pregunta que ningún fundador de nada, desde Augusto hasta Rupert Murdoch, logró responder de manera satisfactoria: ¿qué pasa cuando yo me muero?
El monarca que no puede soltar
Logan Roy es un tipo que construyó un imperio de la nada. Inmigrante, infancia miserable en Dundee, golpes, pobreza, todo el catálogo. Llegó a Estados Unidos y levantó Waystar Royco hasta convertirla en un conglomerado que compra elecciones y fabrica consenso. Es, en la tradición americana, un self-made man en su versión más pura y más terrible.
El problema de Logan no es que no quiera retirarse. El problema es que no puede. Y no puede por una razón que tiene menos que ver con la psicología y más con la lógica interna del poder: en un sistema construido alrededor de una sola persona, la persona y el sistema se vuelven indistinguibles. Logan no dirige Waystar. Logan es Waystar. Cada relación, cada contrato, cada alianza política, cada amenaza implícita que mantiene la empresa funcionando pasa por él. Sacarlo es como sacarle la columna vertebral a un cuerpo y esperar que siga caminando.
Esto no es ficción. Es el patrón estándar de las empresas fundacionales. El fundador centraliza porque centralizar es eficiente cuando estás construyendo algo desde cero. Las decisiones rápidas, la visión unitaria, la capacidad de girar en cualquier momento sin consultar a nadie, todo eso es ventaja competitiva en la fase de construcción. El problema es que lo que funciona para construir no funciona para perpetuar. La centralización que te hizo grande es la misma que te hace insustituible, y ser insustituible es la definición exacta de un sistema frágil.
Carlos V lo entendió. Cuando abdicó en 1556, dividió el imperio entre su hijo Felipe y su hermano Fernando porque sabía que nadie podía gobernar todo eso solo. Fue una decisión racional, fría, estratégica. Logan Roy es incapaz de una decisión así, no porque sea menos inteligente que Carlos V, sino porque la naturaleza de su poder es distinta. Carlos era un monarca hereditario; su legitimidad venía de la sangre, no de la capacidad personal. Logan es un fundador; su legitimidad es él mismo. Repartir el imperio es admitir que el imperio puede existir sin él, y eso es lo único que Logan no puede admitir, porque equivale a admitir que puede morir.
La serie entiende esto con una precisión casi cruel. Cada vez que Logan amaga con retirarse, con ceder, con soltar algo, lo que sigue es un acto de reconquista. Los hijos se ilusionan, empiezan a moverse, forman alianzas, y Logan los aplasta. No porque sea malvado, o no solamente por eso, sino porque cada intento de sucesión es percibido como una declaración de muerte. Los hijos queriendo heredar es, para Logan, los hijos queriendo que se muera. Y contra eso no hay racionalidad empresarial que valga.
Los hijos del fundador
Hay un patrón que se repite en todas las dinastías, políticas o empresariales, y que Ibn Jaldún describió en el siglo XIV con más claridad que cualquier consultor de McKinsey. La primera generación construye. La segunda administra. La tercera dilapida. Es una simplificación, por supuesto, pero como todas las buenas simplificaciones, captura algo real.
Los hijos de Logan son la segunda generación, y el drama de la serie es que ninguno de ellos logra resolver la contradicción fundamental de su posición: necesitan demostrar que merecen heredar, pero todo lo que tienen lo recibieron del hombre cuya aprobación necesitan. Es circular. Es una trampa. Y lo más brutal es que Logan diseñó la trampa, tal vez sin proponérselo, simplemente siendo lo que es.
Kendall es el primogénito espiritual, el que más quiere el trono y el que más se destruye persiguiéndolo. Kendall tiene todo lo que debería funcionar: educación, inteligencia, ambición, incluso cierto instinto para los negocios. Lo que no tiene es una identidad que no dependa de su padre. Cada movimiento de Kendall, incluidas las traiciones, incluidos los golpes de estado corporativos, está dirigido finalmente a una audiencia de una sola persona. Quiere ganar, sí, pero quiere que Logan lo vea ganar. Y eso lo condena, porque no podés derrocar a alguien cuya aprobación seguís necesitando.
En la historia dinástica hay un paralelo obvio: los príncipes que se rebelan contra el rey pero no pueden sostener la rebelión porque su propia legitimidad depende del trono que atacan. Kendall es el Príncipe Carlos de las corporaciones, esperando un turno que no llega, envejeciendo en la sala de espera, volviéndose cada vez más errático a medida que la espera se extiende.
Siobhan es el caso más interesante y más triste. Es la más inteligente de los cuatro, o al menos la más analítica, y al principio de la serie parece haber encontrado la salida: se fue. Trabaja en política, tiene su propia vida, mantiene una distancia irónica con el negocio familiar. Pero la distancia es falsa. Shiv vuelve, siempre vuelve, porque la órbita gravitacional de Logan es demasiado fuerte y porque, en el fondo, ella también quiere demostrar que puede. Su tragedia es que eligió definirse en oposición a su padre y eso sigue siendo definirse en relación a él. La rebeldía como forma de dependencia.
Roman es el que más se parece a Logan y el que menos quiere admitirlo. Tiene el instinto, tiene la crueldad, tiene la capacidad de leer una habitación. Lo que no tiene es la seriedad. Roman convirtió la ironía en un mecanismo de defensa tan perfecto que ya no sabe cómo sacárselo. Es gracioso, es ácido, es perceptivo, pero no puede sostener nada porque sostener algo requiere creer en algo, y Roman no se permite creer en nada. En la taxonomía dinástica, Roman es el hijo menor que habría funcionado como consejero o como cardenal, alguien con influencia lateral pero sin la carga del trono.
Y después está Connor, el mayor, el hijo del primer matrimonio, al que nadie toma en serio y que por eso es quizás el más libre de los cuatro. Connor quiere ser presidente de Estados Unidos, lo que es ridículo, pero al menos su ridiculez es propia. No está compitiendo por la aprobación de Logan porque hace mucho que renunció a obtenerla.
El problema irresoluble
¿Por qué la sucesión es el problema más difícil del poder? Porque combina dos cosas que son incompatibles: la necesidad de continuidad y la imposibilidad de replicar al fundador.
Todo sistema de poder quiere perpetuarse. Eso es casi una ley física. La empresa quiere seguir existiendo, el partido quiere seguir gobernando, la dinastía quiere seguir reinando. Pero el sistema fue construido por alguien específico, con talentos específicos, en circunstancias específicas que no se van a repetir. El sucesor hereda la estructura pero no las condiciones que la crearon. Es como heredar un barco diseñado para una tormenta particular: funciona perfecto mientras dure esa tormenta, pero cuando el clima cambia, las mismas características que eran ventajas se convierten en problemas.
La historia está llena de intentos de resolver esto, y todos fracasan de una manera u otra. El modelo hereditario, que es el más viejo, tiene la ventaja de la previsibilidad y la desventaja obvia de que la genética no garantiza competencia. El modelo electivo, como el del Sacro Imperio Romano, resuelve el problema de la competencia pero introduce el de la inestabilidad, porque cada sucesión se convierte en una negociación entre facciones. El modelo meritocrático, que es el que en teoría usan las corporaciones modernas, suena bien en los manuales pero en la práctica depende de que el fundador acepte que alguien de afuera puede hacer su trabajo, lo cual casi nunca pasa.
Lo que Succession muestra, y lo muestra mejor que cualquier texto de governance corporativo que haya leído, es que el problema no tiene solución técnica. No es una cuestión de encontrar el mecanismo correcto. Es una cuestión de naturaleza humana. El fundador no quiere irse porque irse es morir. Los herederos no pueden prepararse de verdad porque la presencia del fundador los infantiliza. Y el sistema no puede adaptarse porque fue diseñado para una persona que ya no va a estar.
Los manuales de governance corporativo hablan de planificación sucesoria, de comités independientes, de transiciones ordenadas. Todo eso existe y todo eso funciona en empresas donde el fundador es un ejecutivo más, reemplazable por diseño. Pero en las empresas donde el fundador es el alma del sistema, donde la empresa es una extensión de su personalidad, la planificación sucesoria es un eufemismo para una conversación que nadie quiere tener: señor, usted se va a morir, y necesitamos prepararnos para eso. Intente decirle eso a Logan Roy. Intente decírselo a Rupert Murdoch, o a Silvio Berlusconi, o a Amancio Ortega, o a cualquier fundador que haya construido algo lo suficientemente grande como para confundirlo con su propia identidad.
Shakespeare, por supuesto
Es imposible hablar de Succession sin hablar de King Lear. Jesse Armstrong, el creador de la serie, nunca ocultó la referencia. Logan es Lear, los hijos son las hijas de Lear, el reino es la empresa. Pero la diferencia importa.
Lear reparte el reino. Esa es la premisa de la obra: un rey viejo que decide dividir su territorio entre sus tres hijas en función de quién lo quiere más, que es la peor metodología de governance sucesoria concebible. Lear suelta el poder y el mundo se derrumba.
Logan no reparte nada. Logan amenaza con repartir, amaga, tantea, usa la posibilidad de la sucesión como mecanismo de control. La diferencia es enorme. Lear es un monarca pre-moderno cuyo error es la generosidad mal entendida. Logan es un monarca moderno cuyo error es la incapacidad total de generosidad. Lear destruye su reino por soltar. Logan destruye a sus hijos por no soltar.
Lo que ambos comparten es algo más profundo: la confusión entre el amor y el poder. Lear quiere que sus hijas le digan que lo quieren antes de darles el reino. Logan quiere que sus hijos le demuestren que son dignos antes de darles la empresa. En ambos casos, lo que realmente están pidiendo es imposible. Están pidiendo que los quieran por lo que son y no por lo que tienen, pero hicieron todo lo posible para que lo único visible sea lo que tienen. Construyeron identidades tan fusionadas con su poder que no queda nada debajo. ¿Cómo vas a querer a Logan Roy separado de Waystar Royco? ¿Cómo vas a querer a Lear separado de la corona? No hay nada ahí. Ellos se aseguraron de que no hubiera nada ahí.
El final como tesis
El final de Succession es perfecto porque es exactamente lo que la lógica de la serie exigía, y exactamente lo que ninguno de los personajes quería.
Los hijos pierden. No heredan. La empresa pasa a manos de un extraño, Lukas Matsson, un tech bro sueco que no tiene ningún vínculo emocional con Waystar y que la quiere por lo que vale, no por lo que significa. Los Roy quedan afuera, ricos pero irrelevantes, que es el peor destino posible para gente que se definió toda su vida por la relevancia.
Y la escena final, Kendall mirando el agua, es la imagen perfecta del heredero derrotado. No perdió una empresa. Perdió la única identidad que conocía. Sin Waystar, Kendall no sabe quién es. Nunca lo supo. Ese era el problema desde el principio.
Lo que Succession enseña, al final, es algo que la ciencia política conoce desde hace siglos pero que cada generación tiene que aprender de nuevo: los imperios personales no sobreviven a las personas que los crearon. Las instituciones sobreviven. Las dinastías sobreviven, a veces, un par de generaciones. Pero las creaciones de un solo hombre mueren con ese hombre, o poco después. Es la lección de Alejandro, cuyo imperio se fragmentó antes de que su cuerpo se enfriara. Es la lección de Napoleón, cuya segunda abdicación destruyó todo lo que la primera no había destruido. Y es la lección de Logan Roy, que construyó algo tan grande y tan personal que no podía sobrevivirlo.
Los manuales de governance siguen buscando la fórmula para evitar esto. Succession sugiere, con la elegancia fría de las tragedias bien escritas, que no hay fórmula. Que el problema de la sucesión es irresoluble porque no es un problema técnico sino un problema humano, y los problemas humanos no se resuelven, se padecen.