Hay una escena en la segunda temporada de Mad Men que resume todo. Don Draper entra a una reunión con un cliente difícil, no dice casi nada durante veinte minutos, y cuando finalmente habla, todos en la sala reconfiguran sus posiciones. No porque lo que diga sea particularmente brillante. Sino porque el silencio previo creó las condiciones para que cualquier cosa que dijera sonara como un veredicto. Eso es poder. No lo que decís, sino desde dónde lo decís.

Mad Men es muchas cosas. Es una serie sobre publicidad, sobre los años sesenta, sobre el matrimonio, sobre la identidad, sobre el alcohol como sistema operativo de una generación profesional. Pero si uno le saca todas las capas, lo que queda en el centro es un tratado sobre el poder en espacios cerrados. Sterling Cooper no es una agencia de publicidad. Es una ciudad-estado renacentista con whisky y ceniceros.

Las reglas del juego

Lo primero que uno nota al mirar Sterling Cooper con ojos políticos es que las reglas formales no significan nada. Existe un organigrama, por supuesto. Hay socios, hay directores, hay ejecutivos de cuentas, hay creativos, hay secretarias. Pero el organigrama es lo que la Constitución es para muchos países: un documento decorativo que todos respetan en teoría y nadie consulta en la práctica.

El poder real en Sterling Cooper circula por otros canales. Circula por los almuerzos, por quién va a jugar al golf con quién, por las conversaciones en el bar del hotel Roosevelt, por las miradas que se cruzan durante una presentación cuando un ejecutivo dice algo estúpido. El poder real es relacional, no jerárquico. Y Matthew Weiner, el creador de la serie, entendió eso con una precisión que la mayoría de las escuelas de negocios no logran articular.

En la ciencia política existe un concepto útil: la diferencia entre poder formal y poder efectivo. El poder formal es el que figura en los estatutos. El poder efectivo es el que se ejerce. En la mayoría de las organizaciones humanas, desde el Senado romano hasta una multinacional contemporánea, la distancia entre ambos es enorme. Sterling Cooper es un caso de estudio perfecto.

Bert Cooper es, formalmente, el socio fundador. El patriarca. Pero Bert Cooper hace años que no ejerce el poder de manera directa. Su función es otra: es el árbitro, el que legitima. Cuando una decisión importante necesita peso institucional, alguien va a la oficina de Bert, que está descalzo leyendo a Ayn Rand, y le pide su bendición. Bert casi siempre la da, no porque le importe particularmente el asunto, sino porque entendió hace tiempo que el poder del que legitima depende de no negarse demasiado seguido. Es el equivalente corporativo de una monarquía constitucional. Reina pero no gobierna. Y como toda monarquía constitucional que funciona, su valor está precisamente en esa abstención.

Roger Sterling, o el peso de la herencia

Roger Sterling es el personaje más interesante de Mad Men desde una perspectiva política, y lo es justamente porque parece no serlo. Roger es gracioso, superficial, alcohólico, mujeriego, y dice las mejores líneas de la serie. Es fácil verlo como alivio cómico. Pero Roger es mucho más que eso.

Roger es un heredero. Su padre fundó la agencia con Cooper. Él llegó a socio no porque fuera particularmente bueno en publicidad, sino porque su apellido está en la puerta. Y lo notable es que Roger lo sabe. No se engaña. Esa es su forma de inteligencia: una lucidez total sobre su propia condición.

El humor de Roger no es decorativo. Es estratégico. Es la manera en que un aristócrata administra la incomodidad de saberse inmerecido. Cada chiste de Roger es una pequeña confesión envuelta en cinismo, y al mismo tiempo es un arma. Porque el que hace reír controla el tono de la conversación, y el que controla el tono controla más de lo que parece. Roger no gana las discusiones con argumentos. Las gana cambiando el registro, haciendo que el otro se sienta pesado y solemne por insistir.

Hay algo profundamente político en eso. Los herederos de verdad, los que duran, nunca compiten en el terreno del mérito porque saben que ahí pierden. Compiten en el terreno del estilo, de la pertenencia, del capital social acumulado por generaciones. Roger no necesita traer clientes nuevos. Roger es la relación con los clientes viejos. Su presencia en un almuerzo vale más que cualquier campaña creativa, porque lo que vende no es publicidad sino acceso a un mundo, una clase, un código. En términos de relaciones internacionales, Roger es Gran Bretaña después de Suez: el imperio se terminó, pero los modales y las conexiones todavía abren puertas.

Lo que hace Weiner con Roger es algo que pocos escritores logran: mostrar que la frivolidad puede ser una forma de poder, y que el encanto puede ser una forma de violencia. Cuando Roger le dice algo devastador a alguien mientras sonríe con un vaso de vodka en la mano, lo que está haciendo es recordarle al otro que él puede darse el lujo de no tomarse nada en serio. Y eso, en un ambiente donde todos están desesperados por ser tomados en serio, es una ventaja letal.

Pete Campbell y la tragedia del mérito

Si Roger es la aristocracia, Pete Campbell es la meritocracia frustrada. O más exactamente: Pete es lo que pasa cuando alguien entiende las reglas del poder antes que nadie pero no tiene el talento natural para aplicarlas.

Pete llega a Sterling Cooper joven, ambicioso, y con una lectura sorprendentemente precisa de cómo funciona el lugar. Desde la primera temporada, Pete ve cosas que los demás no ven. Entiende antes que nadie que el mercado afroamericano es un segmento sin explotar. Entiende que la televisión va a cambiar la publicidad para siempre. Entiende que Don Draper es vulnerable. En términos de análisis estratégico puro, Pete es probablemente el más inteligente de la oficina.

El problema de Pete es que la inteligencia estratégica no alcanza si no viene acompañada de algo más difícil de definir. Llamémoslo gracia, o carisma, o simplemente la capacidad de que los demás te banquen. Pete no tiene eso. Pete es tenso, ansioso, transparente en sus maniobras, y genuinamente antipático en el sentido más mundano del término. Cada vez que Pete hace un movimiento político en la oficina, el movimiento es correcto pero la ejecución es torpe. Es como un ajedrecista que ve la jugada ganadora pero tumba las piezas al mover la mano.

Hay una crueldad específica en eso que la serie captura muy bien. Pete viene de una familia de vieja plata neoyorquina, los Dykman, pero una familia en decadencia. Tiene el pedigree pero no tiene el dinero, y tampoco tiene la soltura de los que nacieron realmente seguros. Es un aristocrático venido a menos que intenta jugar el juego del mérito, y no termina de encajar en ninguno de los dos mundos. En la taxonomía política, Pete es el reformista impaciente: ve los problemas del sistema con claridad, propone soluciones correctas, pero las propone de una manera que irrita a todos, incluidos los que se beneficiarían de esas soluciones.

Lo notable es que la serie nunca lo redime por completo ni lo condena por completo. Pete es desagradable, sí. Pero también tiene razón la mayoría de las veces. Y Mad Men es lo suficientemente honesta para mostrar que tener razón no sirve de mucho si no tenés la habilidad de hacerle creer al otro que la idea fue suya.

Lane Pryce y el costo de la decencia

El arco de Lane Pryce es el más triste de la serie, y posiblemente el más político.

Lane llega a Sterling Cooper como interventor. La agencia fue comprada por una firma británica, Putnam, Powell and Lowe, y Lane es el hombre que mandan para poner orden en las cuentas. Es un tipo correcto, formal, competente. Un contador en un mundo de vendedores. Y lo que le pasa a Lane es lo que le pasa a toda persona decente que entra en un sistema que no fue diseñado para premiar la decencia.

Lane hace todo bien. Administra los números con rigor. Se gana el respeto profesional de sus colegas. Cuando llega el momento de la ruptura con la firma británica y la fundación de Sterling Cooper Draper Pryce, Lane es el que hace posible la maniobra legal y financiera. Sin él, la nueva agencia no existe. Y sin embargo, Lane nunca termina de pertenecer. Es el extranjero útil al que todos necesitan pero nadie adopta. Come con ellos pero no es uno de ellos.

La tragedia de Lane es fiscal, literalmente. Cuando problemas personales lo llevan a cometer un fraude menor contra la agencia, la reacción de Don Draper es implacable. Don, que construyó toda su vida sobre una mentira de identidad, que es probablemente la persona menos autorizada del edificio para juzgar la deshonestidad ajena, le pide a Lane que renuncie. Y Lane, que no tiene la flexibilidad moral de Don ni el cinismo de Roger ni la astucia de Pete, no puede procesar la caída. Su suicidio es el momento más oscuro de la serie, y funciona como una tesis política: los sistemas de poder no destruyen a los peores, destruyen a los que no saben adaptarse. La moralidad es un lujo que el sistema tolera mientras no estorbe, y cuando estorba, el sistema no tiene piedad.

Lo de Lane es, si uno lo piensa con frialdad, una versión corporativa de algo que pasa en la política real todo el tiempo. El funcionario honesto que cae por un error menor mientras a su alrededor tipos con prontuarios mucho más graves prosperan sin consecuencias. La diferencia entre Lane y Don no es que uno sea más honesto que el otro. La diferencia es que Don sabe operar en la zona gris y Lane no.

Don Draper como soberano

Y después está Don. Don es el centro de la serie y el centro del sistema de poder de Sterling Cooper, pero su poder es de una naturaleza completamente distinta al de los demás.

Don no tiene capital social heredado como Roger. No tiene astucia política como Pete. No tiene competencia técnica como Lane. Lo que Don tiene es algo más raro y más difícil de replicar: aura. Don entra a una habitación y la habitación cambia. No por lo que dice, no por lo que hizo, sino por algo intangible que tiene que ver con la manera en que ocupa el espacio.

En términos políticos, Don es un soberano carismático en el sentido weberiano. Su autoridad no viene de la tradición, como la de Roger, ni de la estructura institucional, como la de Lane. Viene de sí mismo, de una cualidad personal que los demás reconocen y a la que se someten sin que nadie los obligue. Eso lo hace enormemente poderoso y enormemente frágil al mismo tiempo, porque el poder carismático depende de la percepción, y la percepción es la cosa más volátil del mundo.

La genialidad de Mad Men es mostrar que Don, el hombre más poderoso de la agencia, es también el más precario. Toda su identidad es una construcción. Dick Whitman, un don nadie de pueblo, se convirtió en Don Draper mediante una mentira que sostiene con la disciplina de un espía durante toda su vida adulta. Y esa fragilidad secreta es, paradójicamente, la fuente de su poder creativo. Don entiende la publicidad mejor que nadie porque entiende la ficción mejor que nadie, porque él mismo es una ficción. Sabe lo que la gente quiere escuchar porque toda su vida dependió de saber qué es lo que la gente quiere escuchar.

Hay algo casi teológico en la condición de Don. Un hombre que se inventó a sí mismo de la nada, que mantiene su creación mediante un acto de voluntad permanente, y que vive con el terror constante de que todo se derrumbe si alguien descubre la verdad. Es una versión secular del Dios cartesiano, sosteniendo la realidad en cada instante con puro esfuerzo.

La oficina como sistema internacional

Si uno mira Sterling Cooper como un sistema internacional en miniatura, las analogías funcionan con una precisión incómoda.

Don es Estados Unidos: el actor más poderoso, el que define las reglas del juego sin admitir que las define, el que puede darse el lujo de parecer desinteresado porque todos saben lo que pasa cuando se enoja. Roger es Europa occidental: relevante por herencia, encantador, cada vez más decorativo, sobreviviendo gracias a una alianza implícita con el poder dominante. Pete es una potencia emergente, China o India, que ve las oportunidades que los demás ignoran y crece a pesar de que nadie lo quiere en la mesa. Lane es el funcionario internacional, el que pone orden en las cuentas y hace posible que el sistema funcione, pero al que nadie defiende cuando las cosas se ponen difíciles.

Y Bert Cooper, descalzo en su oficina, leyendo filosofía mientras el mundo se mueve a su alrededor, se parece mas a la Santa Sede que a otra cosa.

Lo que hace que Mad Men sea una obra de arte y no solo una buena serie de televisión es que entiende algo que la mayoría de las ficciones sobre poder no entienden: que el poder no es un recurso que se tiene o no se tiene. El poder es una relación. Existe en el espacio entre las personas, no dentro de ellas. Don es poderoso porque los demás deciden que es poderoso. Roger es relevante porque los demás aceptan que es relevante. Pete es marginado porque los demás eligen marginarlo. Y Lane muere porque, cuando más lo necesitaba, nadie eligió protegerlo.

Esa es la mayor lección de Sterling Cooper, y es la misma lección que uno aprende mirando cualquier sistema político real, desde el Congreso de Viena hasta una junta de directorio en Manhattan: el poder no es lo que tenés, es lo que los demás creen que tenés. Y mantener esa creencia es un trabajo de tiempo completo que no admite descansos, ni errores, ni, sobre todo, decencia.