Annie Hall ganó el Oscar a la Mejor Película en 1977, le ganó a Star Wars, y eso es probablemente lo último que hay que decir sobre los Oscar como indicador de algo. No porque Annie Hall no mereciera ganar. Lo merecía, definitivamente. Sino porque las razones por las que la Academia la premió son casi con certeza las razones equivocadas. La premiaron porque era sofisticada, neoyorquina, intelectual, porque parecía una película seria sobre sentimientos adultos. Todo eso es cierto y todo eso es superficial. Lo que hace que Annie Hall sea la mejor comedia romántica jamás filmada no es su sofisticación. Es su honestidad. Y la honestidad, en el cine y en la vida, rara vez gana premios por las razones correctas.

La película cuenta una historia simple. Alvy Singer, un comediante neurótico de Nueva York, conoce a Annie Hall, una chica de medio pelo del midwest que quiere ser cantante. Se enamoran, conviven, se pelean, se separan, intentan volver, no funciona. Fin. Eso es todo. No hay giro, no hay revelación, no hay momento en el que uno de los dos cambia y salva la relación. Se quieren y no se entienden, y las dos cosas son igual de ciertas al mismo tiempo.

Lo que Allen hizo con esa premisa, con esos materiales que en otras manos habrían dado una película menor o una película convencional, es algo que cambió las reglas del género para siempre. Y las cambió de una manera particular: no las mejoró, las arruinó. Después de Annie Hall ya no se puede hacer una comedia romántica honesta sin que parezca una imitación, y no se puede hacer una comedia romántica convencional sin que parezca una mentira.

Lo que no hace

Para entender lo que Annie Hall hace hay que empezar por lo que no hace, porque lo que no hace es lo que todas las demás comedias románticas hacían antes y siguieron haciendo después.

No tiene un tercer acto redentor. En la comedia romántica clásica, la estructura es: se conocen, se enamoran, surge un conflicto, el conflicto se resuelve, terminan juntos. Es la estructura de Shakespeare en sus comedias, es la estructura de las screwball comedies de los treinta y cuarenta, es la estructura de cada película de Nora Ephron y de cada película de Richard Curtis. El conflicto existe para ser superado. El amor triunfa. El público sale del cine sintiéndose bien.

Annie Hall tiene el conflicto pero no la resolución. Alvy y Annie se separan y no vuelven. No hay escena en el aeropuerto, no hay carrera bajo la lluvia, no hay declaración final que arregle todo. Hay una escena donde se encuentran por casualidad en la calle, años después, almuerzan juntos, se ríen, se despiden. Y ya. La vida sigue. Las personas que se quisieron siguen existiendo por separado, en la misma ciudad, y eso no es trágico ni feliz. Es lo que es.

No asigna culpas. En la mayoría de las películas sobre relaciones que fracasan, hay un culpable. Alguien engañó, alguien mintió, alguien no estuvo a la altura. El público necesita saber quién tenía razón para poder procesar la historia. Allen no da esa satisfacción. Alvy es neurótico, celoso, absorbente, incapaz de dejar que Annie crezca sin sentirse amenazado. Annie es insegura, dispersa, eventualmente descubre que hay un mundo fuera de Alvy y que ese mundo le interesa más. Los dos tienen razón. Los dos están equivocados. La relación no fracasa porque alguien hizo algo mal. Fracasa porque las personas cambian a velocidades distintas y en direcciones distintas, y el amor no es suficiente para compensar eso. Que es, si uno lo piensa con frialdad, la razón por la que fracasan la mayoría de las relaciones en la vida real.

No ofrece moraleja. Esto es lo más raro. Las películas, incluso las buenas, incluso las que se consideran a sí mismas complejas, suelen cerrar con algo parecido a una lección. El protagonista aprendió algo. El público se lleva algo. Hay un sentido. Annie Hall termina con un chiste. Alvy cuenta la historia de un tipo que va al psiquiatra y le dice que su hermano está loco, que se cree una gallina. El psiquiatra le pregunta por qué no lo interna. El tipo responde que lo haría, pero necesita los huevos. Y Alvy dice que eso es lo que piensa de las relaciones: son irracionales, absurdas, imposibles, pero seguimos buscándolas porque necesitamos los huevos.

Es la conclusión más honesta y más devastadora que el cine produjo sobre el amor. No dice que el amor vale la pena. No dice que el amor es hermoso. Dice que el amor es una locura que no podemos dejar de cometer porque somos criaturas que necesitan esa locura para funcionar. Es una conclusión sin consuelo y sin cinismo, que es una combinación casi imposible de lograr.

Allen en el 77

Hay que ubicar la película en su momento para entender por qué fue posible. 1977. El Nuevo Hollywood estaba en su apogeo. Coppola había hecho The Godfather y The Conversation. Scorsese acababa de hacer Taxi Driver. Altman había hecho Nashville. Había una ventana, breve, donde Hollywood permitía que directores con visión personal hicieran películas que no seguían las reglas del entretenimiento industrial. Annie Hall pasó por esa ventana.

Allen venía de hacer comedias puras, películas como Bananas, Sleeper, Love and Death, que eran básicamente vehículos de chistes con una trama mínima. Eran graciosas, algunas muy graciosas, pero eran comedias en el sentido más directo del término. Con Annie Hall hizo algo distinto. No dejó de ser gracioso, la película tiene algunos de los mejores gags de su carrera, pero subordinó lo gracioso a algo más grande. Usó la comedia como herramienta para decir cosas serias sobre las relaciones, sobre la identidad, sobre Nueva York, sobre la diferencia entre lo que queremos y lo que podemos tener.

La película originalmente se llamaba Anhedonia, que es el término psiquiátrico para la incapacidad de sentir placer. Allen filmó una cosa enorme, desordenada, llena de digresiones, que era tanto una película sobre una relación como una película sobre la mente de Alvy Singer, sus obsesiones, sus miedos, su relación con la muerte. El editor Ralph Rosenblum la cortó hasta encontrar la historia de amor adentro de todo ese material, y lo que quedó es la película que conocemos. Pero los restos de la versión original están ahí: las rupturas de la cuarta pared, los subtítulos que muestran lo que los personajes realmente piensan mientras dicen otra cosa, la escena de la fila del cine donde Alvy trae a Marshall McLuhan para ganar una discusión, la animación. Son recursos que en otra película serían trucos. En Annie Hall son la textura de una mente que no puede dejar de analizarse a sí misma ni siquiera cuando está enamorada.

Diane Keaton

Hay que hablar de Diane Keaton, porque sin ella la película no funciona.

El personaje de Annie Hall podría haber sido un satélite de Alvy, un objeto para que el protagonista proyecte sus neurosis. Eso es lo que pasa en muchas películas de Allen posteriores, donde las mujeres existen en función del hombre, como espejos o como problemas a resolver. Pero Annie no es eso. Annie es un personaje completo, con su propio arco, su propia transformación, su propia autonomía. Y eso es mérito de Keaton tanto como de Allen.

Keaton hace algo muy difícil en esta película: interpreta a una mujer que está descubriéndose a sí misma en tiempo real. Annie al principio es torpe, insegura, dice "la la la" cuando no sabe qué decir, se ríe nerviosa, se disculpa por todo. Alvy la encuentra encantadora, y el público también, porque la torpeza de Keaton es genuinamente magnética. Pero a medida que la película avanza, Annie cambia. Se vuelve más segura. Empieza a tener opiniones propias sobre las cosas, opiniones que no coinciden con las de Alvy. Descubre que puede cantar. Descubre que le interesa Los Ángeles, que Alvy desprecia. Descubre, en definitiva, que no necesita a Alvy para ser quien es. Y eso es lo que destruye la relación: no un conflicto externo sino el crecimiento interno de Annie, que la lleva a un lugar donde Alvy no puede seguirla.

La ironía es perfecta y es cruel. Alvy, que se considera un intelectual progresista, que va al psicoanalista, que lee a Kierkegaard, que se cree sofisticado, no puede manejar que la mujer que él formó, a la que él le regaló libros y la mandó a terapia, se convierta en alguien que ya no lo necesita. Es la paradoja del Pigmalión: creás a tu compañera ideal y tu compañera ideal descubre que puede existir sin vos.

Keaton ganó el Oscar por este papel, y se lo merecía. Lo que hizo es sutil de una manera que no llama la atención: no hay escenas de gritos, no hay monólogos dramáticos, no hay un momento donde Annie confronte a Alvy y le diga sus verdades. El cambio es gradual, orgánico, casi imperceptible. Es la forma en que la gente cambia de verdad, no con revelaciones súbitas sino con una acumulación lenta de pequeñas diferencias que un día se vuelven una distancia insalvable.

Por qué hoy sería imposible

Hay una pregunta que me interesa más que el análisis de la película en sí: ¿se podría hacer Annie Hall hoy?

Creo que no, y no solo por las razones obvias que tienen que ver con Allen y con su vida personal, que cada uno procesa como quiere. Creo que no se podría hacer por razones que tienen que ver con lo que la cultura contemporánea le exige al arte.

Annie Hall no toma partido. No dice quién tiene razón. No castiga a nadie por sus errores. No ofrece una lección sobre cómo ser mejor persona o tener mejores relaciones. Es una película que observa y que presenta, y que confía en que el espectador es lo suficientemente adulto para sacar sus propias conclusiones. Eso, en 2026, es casi impensable.

La cultura contemporánea necesita que el arte tome posición. Necesita saber si Alvy es tóxico. Necesita saber si Annie es víctima. Necesita una lectura moral clara que le diga al público cómo sentirse. El cine actual, incluso el cine supuestamente independiente, opera bajo una presión constante de legibilidad moral: los personajes tienen que ser clasificables como buenos o malos, las situaciones tienen que tener una interpretación correcta, las películas tienen que dejar claro de qué lado están.

Annie Hall no está de ningún lado. Alvy es brillante y es insoportable. Annie es encantadora y es frustrante. La relación es hermosa y es disfuncional. Allen mantiene todas esas contradicciones en el aire al mismo tiempo, sin resolver ninguna, y esa es la fuente de la honestidad de la película. Resolver las contradicciones habría sido más cómodo para el público pero habría sido mentir, porque las relaciones reales no se resuelven. Se viven.

Hay otra razón por la que Annie Hall sería imposible hoy, y es más prosaica. Las comedias románticas como género están muertas, o al menos en estado terminal. Las que se hacen son productos de streaming diseñados por algoritmos, con actores intercambiables y tramas que siguen una plantilla que no cambió desde los noventa. La ventana que permitió Annie Hall, esa breve confluencia de libertad creativa y talento individual, se cerró. Hollywood hoy no haría una comedia romántica donde la pareja no termina junta, donde no hay villano, donde el conflicto es interno y sutil, donde la conclusión es un chiste sobre huevos. No es rentable. No es algoritmo-friendly. No se puede resumir en un pitch de una línea.

El chiste final

Vuelvo al chiste porque el chiste es la película.

Un tipo va al psiquiatra y dice que su hermano se cree una gallina. El psiquiatra dice que lo interne. El tipo dice que lo haría, pero necesita los huevos.

Es un chiste sobre la irracionalidad. Sobre saber que algo no funciona y seguir haciéndolo porque la alternativa, la racionalidad pura, la vida sin la locura del amor, es peor. Es la defensa más elegante y más triste del amor que yo conozca, porque no defiende al amor por lo que da sino por lo que somos sin él: personas racionales, lúcidas, solas.

Allen puso ese chiste al final de la película como si fuera un remate cómico, pero es una declaración filosófica. Dice que el amor no tiene sentido. Dice que lo sabemos. Dice que no nos importa. Y dice que eso, la decisión de seguir buscando algo que sabemos que no va a funcionar, no es estupidez sino la cosa más humana que hacemos.

Después de Annie Hall, cada comedia romántica que promete un final feliz es, en cierto sentido, una mentira piadosa. Puede ser una mentira bien hecha, puede ser encantadora, puede ser exactamente lo que el público necesita en un viernes a la noche. Pero es una mentira. Y todos lo sabemos. Porque Allen, en 1977, dijo la verdad, y la verdad, una vez dicha, no se puede desdecir. Solo se puede ignorar. Y necesitar los huevos.