Cada mañana en Tokio, un hombre de mediana edad abre la puerta de su pequeño apartamento, levanta la mirada al cielo con una sonrisa serena, compra un café en una maquina expendedora, y se dispone a repetir lo que hace todos los días. Perfect Days comienza así, presentándonos a Hirayama, un limpiador de baños públicos que vive inmerso en una rutina sencilla y ritualizada. Le vemos limpiar con meticulosidad esos baños de paredes de cristal situados en parques de la ciudad, como si puliera un objeto precioso, siempre con sobrada calma y dedicación. A primera vista, parece que no pasa nada: Wenders nos muestra simplemente el discurrir de la vida de un hombre bueno y tranquilo, pero en esa sencillez va surgiendo una profunda poesía cotidiana. Perfect Days es, en palabras del propio director, “un acto puro de optimismo” que contrasta con la ansiedad del mundo actual. La película compone una oda contemplativa a la belleza de lo ordinario y a la plenitud escondida en cada gesto habitual.

La rutina de Hirayama estructura la narración como una partitura de gestos repetidos con ligera variación. Cada día se asemeja al anterior, pero nunca es idéntico: la luz del sol filtrándose entre las ramas (ese komorebi japonés que el protagonista aprecia en demasía) nunca dibuja el mismo patrón dos veces, ni las hojas que él fotografía son copias exactas de las del día previo. La película nos enseña a percibir esas variaciones mínimas y significativas de un día a otro, subrayando que si aprendemos a vivir plenamente el presente, no existe la rutina sino una cadena de momentos únicos. Hirayama disfruta de cada uno de esos instantes cotidianos con humilde gratitud: riega sus plantas, se toma un respiro para contemplar el viento entre las hojas, lee unas páginas de una novela cada noche antes de dormir. Su vida modesta se revela así colmada de placeres sencillos, de una espiritualidad silenciosa. En este sentido, Perfect Days propone una defensa de la belleza oculta en la cotidianidad, dignificando incluso el trabajo más humilde y celebrando la paz interior que nace de abrazar lo simple. Hirayama, en la intimidad de su pequeño apartamento, rodeado de sus libros y cintas de música, encuentra sosiego en los rituales nocturnos de su rutina.

La idiosincrasia japonesa atraviesa la película de manera sutil pero esencial. Hirayama realiza su labor con metódica devoción, no como quien cumple una tarea ingrata, sino casi como quien practica un arte o un acto de fe cotidiano. Su actitud serena convierte esos baños impolutos en pequeños santuarios urbanos, y mediante su ejemplo entendemos que la dignidad del oficio no proviene del prestigio externo, sino del cuidado y respeto con que se ejerce. Wenders, desde su mirada extranjera, admiradora de la cultura nipona, capta también la armonía particular de Tokio: una megápolis donde el individuo halla significado al contribuir al orden colectivo. Lejos de la postal turística llena de neones estridentes, Perfect Days nos pasea por parques silenciosos, calles habituales y rincones de sosiego en medio de la urbe, poniendo en valor la belleza inadvertida de los espacios comunes. La cámara observa sin prisa, reflejando una sociedad que sabe convivir en calma y cortesía. En este poema visual, Tokio no es solo un escenario, sino un personaje tácito: un espacio donde la modernidad y la tradición coexisten, y donde un hombre sencillo puede encontrar su paraíso privado entre la multitud.

Aunque Perfect Days se centra en la soledad elegida de su protagonista, también explora las conexiones humanas que rozan su vida de forma delicada. Las relaciones aquí se presentan con la misma sutileza que el resto del film, insinuadas más que declaradas. Hirayama es parco en palabras pero atento en sus gestos: trata con paciencia y bondad a un compañero de trabajo más joven y despistado, saluda con cortesía a los desconocidos que utilizan los baños, y cuando su sobrina adolescente aparece inesperadamente en su puerta, la acoge sin alboroto, ofreciéndole refugio y comprensión. Con esta sobrina —una hija de espíritu que huye de un hogar infeliz—, Hirayama establece un vínculo silencioso: comparten libros, música y miradas cómplices que dicen más que las palabras. Cada personaje que cruza el camino de Hirayama desempeña un rol sutil en su historia, revelando una arista del sentido que él otorga a sus días. Sin recurrir a explicaciones obvias, la película deja entrever que tras la placidez del protagonista existen ausencias y renuncias del pasado; pero esas sombras se expresan únicamente en la elipsis de una fotografía familiar oculta o en una lágrima furtiva al volante. Las relaciones humanas en Perfect Days son como notas breves de una melodía: discretas pero profundamente resonantes, capaces de conmovernos sin estridencias. Y cuando la película parece que no iba a decir mucho mas, en la segunda mitad profundiza en temas que evita en la primera. Esa seguidilla de conexiones humanas que atraviesa son fundamentales para entender el final. Primero con su sobrina, después con el ex-esposo de la dueña del restaurant que el habitúa. Hirayama se encuentra con la importancia de esas conexiones, siente empatía, dolor, felicidad. Todo esto queda reflejado en la ultima escena.

La música ocupa un lugar privilegiado en Perfect Days: es el eco del mundo interior de Hirayama y un contrapunto emocional a la austeridad de su día a día. Durante largos pasajes solo escuchamos los sonidos ambientales —el agua al fregar, el susurro del viento entre los árboles, el tráfico distante—el filme rehúye los diálogos innecesarios y nos sumerge en un silencio elocuente. Pero en medio de esa quietud emergen las canciones de la vieja colección de casetes que Hirayama atesora en su kei car. Son temas de los años setenta que suenan en su reproductor: The Kinks, Van Morrison, Otis Redding, Patti Smith... piezas seleccionadas con delicadeza que acompañan momentos precisos de su jornada. Estas melodías no son un mero fondo sonoro, sino parte de la narración misma; al integrarse dentro del mundo diegético del filme, revelan matices del protagonista sin necesidad de palabras. Así, cuando escuchamos “Perfect Day” de Lou Reed comprendemos la sincera ironía con que Hirayama vive su día perfecto, tejido de rutinas plácidas y pequeñas alegrías. Del mismo modo, en cierto amanecer, “House of the Rising Sun” irrumpe desde la radio de su vehículo con un crescendo vibrante que llena la pantalla de energía, hasta que al llegar al trabajo la música cesa abruptamente y regresan los sonidos reales del agua y el cepillo sobre el suelo. Momentos como ese iluminan fugazmente la vida interior del personaje —“I feel good”, parece susurrarnos la selección musical— y nos permiten vislumbrar emociones profundas allí donde la cámara solo muestra un rostro imperturbable.

Al concluir Perfect Days, uno siente que ha recorrido una travesía espiritual humilde pero intensa. Wenders logra, sin didactismos ni excesos, que apreciemos la plenitud de la sencillez y la dignidad intrínseca de una vida común. La película fluye como un diario íntimo en imágenes: nos hace partícipes de la felicidad discreta de Hirayama, una felicidad hecha de rutinas compartidas con los árboles, los libros y la música. En su contemplación lírica, Perfect Days nos invita a repensar qué es verdaderamente un “día perfecto”. Tal vez, parece sugerir Wenders, la perfección se halle en la mirada atenta que posa Hirayama sobre cada amanecer ordinario; en esa capacidad de encontrar lo extraordinario en lo cotidiano. Al salir de este filme, queda la resonancia de su sonrisa matutina y de un Tokio recién despertado, recordándonos que incluso la más modesta de las jornadas contiene la promesa de una belleza inesperada.