El mejor argumento a favor de Abbey Road como el mejor disco de la historia de la música popular dura dieciséis minutos y ocupa la segunda mitad del vinilo. No es una canción. No es un conjunto de canciones. Es otra cosa.
Entre You Never Give Me Your Money y The End, o Her Majesty, hay ocho fragmentos que por separado no serían canciones completas. Son bocetos, ideas a medio terminar, pedazos de melodías que cualquier banda habría descartado o guardado para después. McCartney los tomó, los ordenó, los conectó, y construyó con ellos algo que funciona como una catedral funciona: cada pieza es modesta, el conjunto es abrumador.
La idea fue suya. Esto es importante porque suele perderse en la narrativa colectiva de los Beatles, donde todo es colaboración y genio grupal. El medley del lado B de Abbey Road es un proyecto de McCartney. Él propuso la estructura, él diseñó las transiciones, él convenció a los demás. Lennon, que para esa altura quería lo contrario, canciones separadas, directas, sin artificios, aceptó con reticencias. Harrison contribuyó Here Comes the Sun y Something al lado A, que son dos de las mejores canciones del disco, pero el medley no es territorio Harrison. Y Ringo hizo lo que Ringo siempre hizo: exactamente lo que la canción necesitaba, ni una nota más, incluyendo el único solo de batería extendido de toda la discografía de los Beatles, justo antes de The End.
Lo que McCartney hizo con el medley es esencialmente lo que un director de cine hace con el montaje. Eisenstein lo teorizó en los años veinte: la yuxtaposición de dos imágenes crea un significado que no está en ninguna de las dos por separado. McCartney hizo lo mismo con fragmentos musicales. Sun King, que es un Lennon soñoliento cantando en un italiano inventado sobre acordes de bossa nova, no significa nada por sí sola. Mean Mr. Mustard y Polythene Pam son viñetas menores, casi chistes. She Came in Through the Bathroom Window es una anécdota convertida en canción. Ninguna de estas piezas, aislada, entraría en una lista de grandes canciones de los Beatles. Pero en secuencia, con las transiciones que McCartney diseñó, producen algo que es más que la suma de las partes de una manera que no es metáfora sino descripción literal.
La secuencia final es donde todo converge.
Golden Slumbers empieza con McCartney tocando el piano y cantando "Once there was a way to get back homeward". La melodía tiene un origen preciso: McCartney estaba en la casa de su padre en Liverpool, vio una partitura de una canción de cuna del siglo XVI de Thomas Dekker en el piano, no sabía leer música lo suficiente como para tocar la melodía original, así que compuso una nueva sobre la misma letra. Eso es McCartney en estado puro: tomar algo ajeno y convertirlo en algo propio con una naturalidad que borra la frontera entre invención y hallazgo. La melodía que escribió es devastadora, una de esas melodías que suenan como si hubieran existido siempre, como si él simplemente la hubiera desenterrado.
Golden Slumbers se funde sin pausa en Carry That Weight, donde la banda entera canta "Boy, you're gonna carry that weight a long time". En 1969, cuando la grabaron, era una canción sobre las tensiones del grupo, sobre los contratos, sobre Apple Corps desmoronándose, sobre el peso de ser los Beatles. Pero las grandes canciones trascienden su contexto, y Carry That Weight se convirtió en algo mucho más amplio: una canción sobre el precio de cualquier cosa que valga la pena, sobre el hecho de que las decisiones importantes no terminan cuando las tomás sino que las cargás para siempre. Hay una razón por la que McCartney la sigue tocando en vivo a los ochenta y pico años y la gente llora. No llora por nostalgia. Llora porque la canción dice una verdad sobre la vida adulta que no necesita explicación.
Y después The End. Ringo hace su solo de batería. Lennon, McCartney y Harrison se turnan solos de guitarra, dos compases cada uno, tres rondas, como una conversación entre tres personas que ya no se hablan pero que todavía saben cómo tocarse. Es la última vez que los tres tocaron guitarra juntos con ese nivel de intención. Y después, el silencio. Y después, McCartney canta: "And in the end, the love you take is equal to the love you make."
Es un pareado. Trece palabras. McCartney dijo que le llevó mucho esfuerzo porque quería que la última línea de los Beatles fuera algo digno, algo que estuviera a la altura. Es una de esas frases que parece un proverbio antiguo, como si la hubiera dicho Marco Aurelio o la hubieran bordado en un tapiz medieval, pero la escribió un tipo de Liverpool que tenía veintisiete años.
Después de eso, un minuto de silencio, y aparece Her Majesty, un fragmento de veintitrés segundos que McCartney había descartado del medley y que un ingeniero pegó al final de la cinta por accidente. Es el chiste perfecto después del sermón, el guiño que impide que la solemnidad se vuelva insoportable. Los Beatles siempre supieron cuándo aliviar la presión, incluso cuando no lo hacían a propósito.
Hay algo que quiero decir sobre el medley que no tiene que ver con la música sino con lo que representa como forma de pensar. McCartney, al diseñar esa estructura, estaba haciendo una apuesta: que el fragmento es más poderoso que la totalidad. Que un boceto de treinta segundos bien colocado vale más que una canción completa de cuatro minutos. Que el arte no es solo escribir cosas buenas sino saber en qué orden ponerlas. Es una idea de editor, de montajista, de arquitecto. Y es una idea que va en contra de todo lo que el rock valoraba en 1969, que era la expresión individual, la canción como unidad autónoma, la autoría como acto solitario.
Lennon no pensaba así. Lennon creía en la canción como gesto directo: algo que sentís, lo grabás, no le ponés capas encima. Es una filosofía válida y produjo cosas extraordinarias. Pero el medley de Abbey Road no habría existido bajo esa filosofía. Existe porque McCartney pensaba como un compositor clásico, como alguien que entiende la forma grande, el arco, la manera en que las partes sirven al todo. Y esa diferencia, esa tensión entre la inmediatez de Lennon y la arquitectura de McCartney, es lo que define a los Beatles más que cualquier otra cosa. Sin Lennon, McCartney habría construido catedrales perfectas y algo frías. Sin McCartney, Lennon habría dejado bocetos brillantes y dispersos. Juntos hicieron Abbey Road, que tiene las dos cosas.
El medley del lado B es, creo, lo mejor que los Beatles hicieron. No la mejor canción, porque no es una canción. No el mejor disco, porque es medio disco. Es lo mejor en un sentido más amplio: es el momento donde todo lo que sabían hacer, todo lo que habían aprendido en siete años de grabar juntos, se condensa en dieciséis minutos que no se parecen a nada que existiera antes ni a nada que haya existido después. Es el testamento de una banda que sabía que se estaba terminando y que decidió, por última vez, hacer algo a la altura de lo que había sido.
Y es, fundamentalmente, obra de McCartney. Que es algo que debería decirse más seguido.